LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: Veranos de piscina

  Manuel Palacios   A partir del día en que, por primera vez, conocimos  aquel nuevo sitio… los veranos empezaron a ser de otra manera. Era más fácil encontrar, bañándose o sin bañarse, a mucha más gente en la Piscina que en el Río. Aunque costaba dinero, no era mucho, y además, cabía la posibilidad de comprar un carnet que valía desde menos de cien pesetas, a ciento y algo, al principio (menos de un euro), para ir siempre que quisieras. Abría a las diez o las once, y cerraba a las ocho o las nueve de la tarde.

   Había dos “plantas”, en dos niveles diferentes, separadas por un muro, con seto, comunicadas por una escalera de cuatro o cinco peldaños, sobre esa escalera, un arco muy arreglado, igual que los que había en el jardín de la Plaza. En la zona del Sur, la más elevada, se encontraba la piscina para niños, azul, con forma de habichuela, y, a un lado, a escala infantil, un tobogán blanco, ducha y fuente, en la que el agua salía por la boca de una rana pequeña, de unos veinte centímetros de altura. Un desagüe cercano, con la rejilla siempre plagada de insectos varios, parecía que había más avispas en la zona infantil, casi, que en la piscina grande. Ya es decir.

 piscina_3   En la zona norte, los reyes eran los cipreses…..y la cafetería, claro, no hay piscina que se precie sin una cafetería en la que haya, por lo menos, helados. Si que creo recordar que, ni los helados, ni los refrescos que se vendían en la Piscina, eran de fabricación “Palacios”…algo que se puede pensar natural. La publicidad de la Tele, y lo que se le antojaba, tanto a niños, como a adultos, es lo que veían en la televisión, pues bien: la “tele” no hablaba nunca de esos helados, los helados “Palacios”, completa, y absolutamente artesanales, y fabricados en Logrosán. Era el comienzo del fin de las pequeñas empresas familiares, en aras del desarrollo de las antropófagas empresas de diferentes tamaños, incluso supranacionales, y más allá del bien y del mal. A ese fin, el final de la pequeña y mediana empresa, más con corazón, sentimiento y cerebro que con acritud, obstinadamente, nos seguimos resistiendo unos cuantos, que somos muy conscientes de lo que quedará, el día en que esas pequeñas y medianas empresas desaparezcan de este país… y de todos los demás. Y la gente, tan inteligente para tantas cosas, no es capaz de darse cuenta de otras muchas, con las que nos dan el timo del “tocomocho” o “la estampita”, a diario. Habiendo en Logrosán familias que fabricaban helados y refrescos caseros….se empezaron a traer y consumir “industriales”, que venían de fuera y sí salían en la Tele, esa tele que nos andaba robando poco a poco el tesoro del cine. No sigo.

     Teniendo separadas, la piscina grande y el revolcadero de patos infantil, las señoras, con sus bebés, no eran, normalmente, molestadas, por algunas fieras de dos patas, que, de vez en cuando, también acudían a la piscina pequeñita …daba gusto bañarse en ella, porque el agua estaba especialmente caldorra, perita en dulce… para frioleros. Digo “normalmente”, porque, a veces, las fieras gamberras….la tomaban por pura diversión, molestando a los auténticos destinatarios, hasta que aparecía el señor Gregorio, para reparar el entuerto con unas cuantas voces y alguna expulsión fulminante.

    Gregorio era, además, la misma persona que trabajaba el resto del año, como bedel, en el Colegio (Instituto). De estatura mediana, corpulento, pelo cano, abundante y lacio, repeinado siempre hacia atrás, normalmente vestido con pantalón gris y camisa blanca, llevaba unas aparatosas gafas de “concha” grandes, permanentemente puestas. Tenía una voz de tenor de “desparramada a abierta”, con cierta propensión a ser alzada. Se encontraba encargado de casi todo: estado del agua, limpieza, socorrismo, auxilio, dar cariño, cobrar entradas, arreglar lo que se podía, instaurar orden, echar broncas, poner de patitas en la calle a los que no respetaban las mínimas normas de educación, o convivencia, y un largo etcétera de multitareas ….

     Muy pocos chicos, muy pocos, pueden presumir de no haber sido expulsados del recinto, por él, en alguna ocasión, y yo no soy, de ninguna manera, una excepción. El señor Gregorio  debía estar bastante acostumbrado a niños, y adolescentes, cosa mucho peor. Bendita, y necesaria, adolescencia, que lo cuestiona todo y baila su vida por peteneras, sin importarle un bledo el resultado. A veces, a Gregorio, se le subía la bilirrubina (como a cualquiera) y agarraba una crisis de cabreo. Por ejemplo: el día en que alguien, de los que estudiaban en Cáceres, pasó una hoja para ser firmada por todos los bañistas, siendo aquella, la primera vez que veía yo algo semejante…cuando ya no iba a terminar de verlo, porque, con este internet, firmo unas cuantas de esas, a la semana. Lo que no sé nunca es… si el organismo, o persona, que recibe la petición firmadísima, el que tiene que atenderla, hace siempre el caso que los firmantes esperan que haga. El texto venía a decir, más o menos, que la Piscina no andaba muy limpia, y que, por favor, se cambiara el agua. Por aquel tiempo se analizaba, creo que a diario. Venía quien fuera, cogía dos tubos de ensayo, y se los llevaba. Parece que era Doña Emilia, la farmacéutica, la que realizaba el análisis. Como no había depuradora, el agua se tenía que cambiar entre dos y tres veces en todo el verano. Para ello, se cerraba un día entero. Después de ser cambiada, se quedaba fría, fría, casi una semana, amén de seguir recibiendo, insisto,  de aquella goma roja (los años que duró), ese chorro grande y continuo del agua más fría y rica que imaginar se pueda.

     El señor Gregorio, que tenía que andar todo el día de acá para allá, que si consolando a un niño mientras le curaba una  herida porque se hubiera caído, que si solucionando una picadura de avispa….de tantas y tantísimas como había, encima, para más befa y escarnio, veía en aquella carta, que comenzaba “Los abajo firmantes…”, una posible crítica a su labor. Aquello debió ser  muy duro de soportar, así se comprende que el pobre no parara de repetir, profundamente enojado, entre despectivo, despreciativo y completamente “sarcáustico”….”Los abajo firmantes…”,….”Los abajo firmantes…”, al final se cambió el agua.

     La piscina era el sitio ideal para los que no tenían nada que hacer en verano, yo procuraba estudiar como un cerdo todo el año para poder pasar el verano sin dar palo al agua. Lo mismo se podía decir para los niños de mediana edad, que quedaban “encerrados en el recinto”, cual guardería gratis, sin posibilidad de escaparse hasta que vinieran a buscarlos. Las bicicletas se dejaban en el Alcornocal, sin candado, con lo cual, los aficionados a las ajenas, las podían probar todas, mientras sus dueños se bañaban. Nunca supe de alguna robada, si que las hubo que cambiaron demasiado de sitio, pero siempre se terminaban encontrando, porque casi todo el mundo sabía a quién pertenecía determinada bicicleta.

     Hallándose los adultos trabajando por las mañanas, y siendo, eso de las vacaciones de verano, algo que no se estilara, por aquel entonces, en los pueblos, supongo que, cuando había vacaciones, la gente cesaba de realizar su trabajo habitual para hacer otra cosa diferente, ocuparse más de su huerto, de sus animales, o de su familia. Sea la razón que fuere, gente mayor se veía poca…a no ser los del bar, y, evidentemente, el señor Gregorio. Ya hemos dicho, que a él le tocaban todos los problemas sociales, hasta actuar de improvisado juez y verdugo: niño llorando…..”Me ha pegado aquel….”, o “me ha quitado…”..y el señor Gregorio lo tomaba de la mano y se ponía en marcha …”¿Quién ha sido?, ¡que vamos ahora mismo a comérnoslo!”. Jovencita para quejarse de que había gamberros “jugando” en la Piscina grande y no dejaban de salpicarla. Un partido de waterpolo en la zona somera, que duraba unos escasos minutos, antes de que apareciera el señor Gregorio, fundido en improperios, disolviendo inmediatamente tan molesto y perturbador evento.

     Pero fuera de la Piscina, sobre el césped, entre los dos pisos separados por una escalera, el jolgorio estaba aún más garantizado. Jugar a “la madre de los peligros” o “tú la llevas”, incluyendo el trampolín, con su estructura de barras. Los había que trepaban, mucho más rápido por fuera, o por dentro…que por las escaleras mismas….persiguiéndose por el entramado, subiendo o bajando….Nunca podré olvidar a Simbi, menudo, renegrío, fibroso, gracioso hasta perder el sentido, fuerte y ágil, parecía una araña, el tío. Una agilidad tremenda. Yo no entendía como podía hacerlo, trepaba hasta el trampolín de arriba en menos de cinco segundos….y sin usar las escaleras, que debían ser, más bien, un obstáculo para su velocidad.

    El trampolín, consistía en una estructura de tubos de diferente sección, soldados entre sí, formando un conjunto muy  sólido, imposible de colapsar. Los tubos estaban pintados de amarillo, azul, blanco y rojo, tenía dos alturas, a la primera se llegaba trepando una escalera ancha de barrotes con pasamanos, por la que podían subir, perfectamente, dos o tres niños a la vez, las  plataformas estaban formadas por tablones tochos, todos muy anchos, de madera, provistas de barandillas, con lo cual, el, discretamente amplio, primer piso estaba, casi siempre, lleno de chicos y chicas, algunos de los cuales ni se tiraban….es que no se estaba nada mal allí. De ese primer piso  salían  los dos trampolines bajos, uno a cada lado, simétricos de forma y posición. Del centro de la plataforma, se subía, por una escalerita más estrecha y empinada, también provista de pasamanos a su medida, al superior, con  barandilla mucho más “esquemática”. Allí arriba no cabían más de tres personas. Desde aquel puesto de observación privilegiado, a cuatro, o cinco metros  del agua, se divisaba todo el recinto, y… todo el recinto te podía divisar a ti, que he llegado a ver, de lejos, a uno, sin ningún tipo de complejo, salir del vestuario y subir, para tirarse, al trampolín más alto, luciendo un muy visible y considerable empalme, era temprano, había muy poca gente y creo que pocos se dieron cuenta, a lo mejor quería hacer publicidad de instrumento a su manera.

    Mirabas al agua desde los trampolines bajos y sentías un poco de repelús. El trampolín alto daba más miedo. Si caías mal, te podías hacer bastante daño. Recuerdos imborrables son, por ejemplo, Braulio haciendo una bomba desde el alto, o, hablando de bombas, la progresión de adolescentes, que al grito de “bomba…bomba” se tiraban, juntos o alternantes, a toda velocidad, procurando no caer en el mismo sitio para no herirse mutuamente. Sensación gloriosa, sin duda, era coger carrerilla y saltar, hacia arriba y adelante lo más lejos posible, haciendo el ángel, abrir grande los brazos, subir, alargarse, sentirse en ingravidez un par de segundos….y ya estabas en el agua….y otra, y otra, y otra más, mientras la máquina tocadiscos, al lado del bar, machacaba y machacaba alguna de las cuarenta canciones (cuarenta discos) que se podían escuchar, previo pago de un duro. Cuando no había “duro” no había música. “Oh, Oh, July…”, Demis Roussos, con su “Triki, triki…”, te comentaban que había adelgazado no sé cuantos kilos….y, cuando tú te quedabas extrañado, te daban la explicación: había sido de  tanto “triki, triki…”. Pasaron Abba, y muchos grupos españoles, Formula V, los Diablos, las Grecas, los últimos de Antonio Molina, Manolo Escobar, los Chichos, los Chunguitos, Peret, Rumba Tres….y un largo etcétera. Como hubiese un forofo de determinada canción, con el bolsillo bien repleto, eras capaz de escuchar la genial “We shall dance..” docenas de veces el mismo día. La música era la misma que en la discoteca, pero en la discoteca (habrá para ella) te la ponían una o dos veces, como mucho. La piscina era saturación “límite”. Curiosamente pocos se quejaban de aquella matraca reiterada, genial intoxicación acústica, además, se oía, perfectamente, en la pista de baloncesto y en la de tenis, procurándote a veces un extraordinario ánimo, cuando te gustaba la canción. Ahora creo que no lo habría soportado….¿y la gente que trabajaba todo el día allí dentro?….Deberían terminar el verano “bien jartitos” de cualquier tema….al imaginarme en su lugar, me estremezco. Aquellos años vimos pasar, al frente de aquel bar, a los Costa, y a los Colorines.

     La piscina se cerraba por las noches y permanecía cerrada hasta el día siguiente. En la terraza de fuera, siempre una de las más frescas de la noche almorranera, se aguantaba, perfectamente hasta más allá de la una de la madrugada. A partir del cierre, extinguida totalmente la iluminación de las farolas del parque, dejaba paso a  fantasmales sombras nocturnas, bultos desdibujados y deformes. Apenas se veía nada con la poca luz que llegaba desde la carretera….es decir: ideal para gamberradas cometidas con “nocturnidad y alevosía”….De niños adolescentes….trepar el muro para ir a darse un baño nocturno, solamente por el “morbo” de incumplir la norma. El baño tenía que ser en pelota picada, y muchas veces tenia “aderezos picantes”, da igual que hubiese alguna chica más atrevida, es que no se veía absolutamente nada, y, además, evidentemente, todo se hacía sin ruido.  Excepto aquella noche, creo que éramos seis o siete, en la que Simbi, muy sigilosamente, se subió al trampolín alto, y se tiró en bomba… sin avisar, lo que provocó una inmediata desbandada de todos los bañistas….con el jolgorio siempre, eso sí, lo menos ruidoso posible, por cierto: en esas ocasiones, se oyen más los chisteos “ssschsss”, que las conversaciones en voz baja sin timbrar la voz, si la timbras un poquito, parece como si la noche misma la amplificase. En cierta ocasión, la Guardia Civil cogió dentro a otra pandilla de chicos, mayores que nosotros…y se los llevaron al cuartelillo, llamaron a sus padres, y el asunto trascendió….no mucho, claro, supongo que era, más que nada, para asustar, porque eso de saltar a la piscina, de noche empezaba a ser una especie de deporte adolescente, y te llevabas alguna sorpresa…¿cómo?…¿tú por aquí….?….¡pues anda, que tú…!…más o menos…como el metro en la hora punta, eso sí, en casi absoluto silencio. La verdad es que la Piscina, por la noche, era un lugar muy atractivo, igual para un bañito lunero, que para tener un desliz caliente con la pareja, en un sitio donde pensabas que nadie te podía molestar.

     De excursiones nocturnas, tipo “vamos a robar peras”, y el que dice peras, dice naranjas, berenjenas, tomates, pimientos o pepinos de huerta, también saben mucho todos los gamberros de pueblo. A mí nunca me gustó, pensaba que la fruta era del particular que sembró y cuidó el árbol. Mucho más flagrante, era, en el caso de verduras y hortalizas, que llevan bastante más mano de obra. Debe sentar como un tiro, ver cómo algunos aprendices de despabilados las roban, sólo por morbo, ya que tampoco las necesitan para comer, hasta el punto de tirarlas con un solo mordisco…tras  aprovecharse de tu trabajo y tu esfuerzo. De ahí, que, cuando los robos eran reiterados, el dueño de la huerta tuviera a bien, prudentemente, pasar la noche en el lugar, por si aparecía alguien….buscando algo. Una noche, un cabreado dueño, que estaba esperando la llegada de los indeseados rateros, salió corriendo detrás de algunos “bultos”, y, mientras los bultos huían, perseguidos, muy de cerca, por el dueño, siempre sin dejar de correr, se escuchó con voz alta y clara, dicción impecable, en alto, aunque, con toda seguridad, entrecortada por la agitación, la voz de Simbi, que decía: “me llamo Jacinto Sánchez Perdigón….”, ese era el nombre de un bulto “colega” que corría a su lado… y que, suponemos, desde ese momento, siempre sin dejar de avanzar….bastante cabreado en su carrera. No fueron cogidos.

     Veranos de piscina, tuve… hasta que terminé los estudios. Siempre me gusta escaparme por allí…para ver  cómo cambia el sitio y las personas que allí se bañan. Aquel fue siempre el  centro de reunión de mi pandilla de adolescentes, con la que tan bien lo  hemos pasado.  Bendita sea la Piscina de Logrosán.

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