… FRIYENDO BOTONES: CAPÍTULO 1 (2 de 2)

SEIS MENOS CUATRO?

… … … …

Al cruzar el jardín de la plaza en diagonal encuentro al Parrina chico echando agua con un cubo al pilón. Su madre era seguro quien le llamaba a gritos. Las madres llaman a gritos a sus hijos por el nombre, pasados unos segundos por el nombre y primer apellido y al cabo otros tantos segundos nombre y dos apellidos. En cada repetición suben el tono y alargan la sílaba final. Era la madre, no hay duda.

Sobreponiéndome a la adversidad y haciéndome el mayor le digo: “¿Qué haces muchachino?, ¿Eres tú el que llena el pilón de agua?”.

Muy seco me contesta: “De agua no, de peces que traigo del Ginjal.”

En eso, alertado por los gritos de su nuera, llega su abuelo el municipal y con voz severa le grita: “Tira pal bar y si vuelves a traer peces al pilón te meto un brazo por una manga.” 

El renacuajo echó a correr con el cubo en la mano y el abuelo detrás hasta que, casi cayéndose escaleras arriba, le echó la uña antes de cruzar la carretera. Agarrado de la oreja le cruzó hasta los escalones del Bar Victoria Bocadillos donde esperaba la madre de la criatura.

Yo había presenciado toda la escena y todavía, cuando pasaba a su altura, le oí al municipal decirle al oído al nieto: ”Tú trae peces cuando quieras, estaríamos buenos.”

Sabía con certeza que, de encontrar los botones, sería junto al muro al lado de las verjas de la ermita. Me esperaba pues un eterno camino hasta llegar, …, si es que llegaba.

Pensé que era el momento de rezar cuando iniciaba la subida de la Calle del Consuelo. Yo le daba valor a la letanía del rosario. La primera parte era repetitiva y siempre tenía la tentación de rezar los padrenuestros y los glorias todos juntos. Esa rutina me hacía perder interés y devoción. Sin embargo la letanía era variada y, en latín, resultaba extrañamente enigmática y atractiva. Pero no me la sabía de memoria. No hay problema grande si hay solución a mano. Cada casa o negocio por el que pasaba se convirtió aquella tarde en parte de mi rosario un tanto irreverente y laico:

Centralita de ti mi tía María, ora pro nobis!

Casa del Sr. Heladero, ora pro nobis!

Consultorio de Don Alfonso, ora pro nobis!

Bar y cine Capitol, ora pro nobis!

Puerta en la que tiramos del llamador con un hilo, parce nobis domine!. 

Cuando llegué al renovado comercio de Agustín Arroyo me vino a la cabeza la pelota verde que regalaban con las botas Gorila.

Qué diferencia con los zapatos Bonanza del año anterior, feos y blandengues para jugar al fútbol y que salieron todos rozados en la foto oficial de niño bueno con la cartera en la escuela.

Tan ensimismado iba con la pelota verde que casi me trago a una niña con trenzas de la mano de su abuelo (suponía yo) y que, pizpireta ella, le iba diciendo: “¿Seguro que los besos los haces tú por la noche y no los vende el señor Agustín Arroyo?”.

El abuelo y la nieta me despistaron y cuando tiraban para la Calle la Oliva me vuelvo casi a tragar la esquina de la Calle la Fuente. En un par de rosarios más, con su letanía callejera, había llegado al pozo de la Cerquilla. Desde el abuelo y la nieta había desaparecido toda señal de vida. Que lástima no haber visto a la niña de las trenzas en otro momento.

Me habían hablado del Capitán de la Cerquilla y yo lo imaginaba con 40 de los suyos detrás acechando para caer todos a una sobre mí. Cuando descubrí quien era el tal Capitán resultó que se había convertido en mi admirado defensa del Logrosán: Agustín. Nunca me atreví a llamarle Chispa, ni cuando los seguíamos por los campos de tierra de los otros pueblos, incluido el infierno de La Cumbre y Valdivia.

Pero ninguno de esos pensamientos distraía mis canguelos.

En esas estaba, cuando el que apareció de la oscuridad fue Emilio y, la verdad, visto de noche, no sé si me quedé más tranquilo. Le pregunté con angustia: “¿Donde están todos los de aquí?”.

Me contó que cuando se fue la procesión calle abajo había subido una panda de la Fuente a columpiarse en las verjas de la cuesta de la ermita antes de que las cerraran. Como no podía ser de otra manera, tal afrenta se había resuelto desafiándose a un parchepredrá donde empieza el camino de San Martín junto al Alcornocal.

 – Y tú. ¿Por qué no has ido? le pregunté: “Porque yo soy un poco de los dos sitios y, conociendo a la tropa, el parchepedrá se habría convertido en el tiro de todos a Todon; menudos son!”.

 – Y tú, ¿Qué haces por aquí a estas horas? 

Le conté lo más rápidamente posible la historia de los botones y, casi sin dejarme acabarla, me dijo mirándome fijamente: “Yo me afío de ti”.

 – Qué quieres decir? le contesté.

Él no respondió, pero comenzó a explicarme:

 – Mira, me dijo poniéndome la mano en el hombro: “yo tengo un impermeable igual que ese. Me lo compró mi padre en el Cristo cuando vendió los últimos melones del Río por si llovía en las fiestas. Está todo roto, pero tiene los seis botones. Yo te doy los botones que te faltan y los otros pa recambio. Cuando pasen las lluvias tú me das el impermeable que todavía estará casi nuevo y a ti seguro que el año que viene te compran otro.

Vi la luz donde antes sólo veía oscuridad y es que andando habíamos llegado a la parada de caballos percherones y relucía la bombilla del final de la escalera.

Abracé a Emilio y cuando ya tiraba corriendo de vuelta Calle del Consuelo abajo, me gritó:

  • “Y Manolo y tú a ver si me sopláis con Don Victoriano, que me salve de alguna repiqueteá.”

El silencio fue sonoro cuando aparecí en casa con el impermeable y todos sus botones. Cené solo leche migá y un yugú caducao que ya no se podía vender, … … … … , con cinco cucharadas de azúcar.

Cuando ya acostado apagué la luz con la pera, recé un rosario laico de la Plaza al Altozano por Emilio, pero creo que sólo llegué al loro de la escuela de los cagones.

La noche siguiente esa ‘no sé quien´ se convertía en nuestra maravillosa Massiel que ganó Eurovisión; y yo lloré por primera vez delante de la tele, pero mis padres no me vieron.

Nunca se volvió a hablar del episodio de los botones, pero desde entonces, además de a San Cristóbal y a la Virgen del Consuelo, se le encendía también una vela a la Dolorosa.

Hoy todavía, más de cincuenta años después cuando paso por el centro de salud me repito: ¿Cuantos impermeables de seis botones debemos a personas que andan recto sobre caminos torcidos?.

JMGOL60 (SEPTIEMBRE 2019)

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