CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana.

EL INSTITUTO

Manuel Palacios  

Se acercaba, inexorable, el momento de decir adios definitivamente a la escuela,  para ir al Instituto.  Nos cupo el honor de ser los primeros que cambiaron de aquel local pequeño, pero con toda la solera que pueda uno imaginar,  llamado «La Academia», por el flamante edificio del «COLEGIO LIBRE ADOPTADO DE LOGROSÁN»,  Ahora INSTITUTO DE ENSEÑANZA MEDIA MARIO ROSO DE LUNA. Siempre he sentido ese edificio un muy plausible  logro de los que pudieron hacerlo realidad, al menos para Logrosán, que así pasaba a ser foco importantísimo para la educación y la cultura de toda la zona.

plaza60     Existía entonces un famoso examen de ingreso al pasar de la escuela al colegio. Era el primer «coco» al que me afrontaba,  la primera vez que me puse medio nervioso, y creo que ni eso, porque llevaba tres años repitiendo el mismo curso. Toda la infancia con mi amigo Tomás y lo perdí en ese cambio. Él no vino al Colegio, yo hice nuevos amigos, cosas de esa vida  que empezábamos a saborear. De todas formas siempre está ahí la relación, y como si nunca hubieran pasado los años. Siempre  seguimos  ahí las personas. Ventajas de nacer y crecer en un pueblo.  

    En el primero de Bachillerato coincidimos la generación de alumnos que, durante cuatro años, ataría fuertemente amistades para toda la vida, y ya antes de la adolescencia.  Llegamos a la Academia, al lado de la Iglesia, donde había estado la Biblioteca municipal. El primer día de algo nuevo siempre hay expectación. Los niños de diez años no tienen aún armas sociales para comunicarse y desenvolverse bien entre ellos. Sensación  indefinible, medio intriga, medio comezón y una parte muy importante de «sentir más responsabilidad». Como si nos diésemos cuenta todos y cada uno de que la aparente facilidad o sensación de intrascendencia de la escuela se fuera a transformar en una etapa de estudio más exigente  y trabajo más tedioso, difícil de superar y  mucho más importante que lo que habíamos hecho como escolares.

    Era la primera vez que asistíamos en la misma clase con muchachas, es decir: empezaba el jolgorio preadolescente desde ese momento, bien que se imponga decir que ellas estaban con ellas y nosotros con nosotros, pero poco a poco y muy lentamente, con el tiempo nos fuimos acercando, siempre con mucha diplomacia y desconfianza. La batalla de sexos también estaba servida, y yo descubrí muy rápidamente que a las niñas se les daba todo lo que es estudiar mucho mejor que a nosotros, los niños. En la escuela no me costaba mucho ser de los primeros, pero en el Colegio empecé a tener que forzar la máquina . Tampoco era la misma clase para todo, ahora  pasábamos del aula de un profesor al aula de otro hora tras hora.  El primer día , para empezar, Juan Luis, desde el banco de atrás,  estaba incordiando a José González, sentado en el de delante. Éste se hartó, hizo una bola de papel, y, mientras la profesora  miraba hacia otro lado,  levantóse,   volvióse, y  tirósela al trasto del provocador, todo …como de bastante buen rollete, y justo en el  momento en que Doña Antonia se volvía para presenciarlo tranquilamente en directo. La reacción no se hizo esperar: «¡Tú!: ¡A la calle!». Siempre me he sentido solidario con la gente que lo pasa mal, y en aquel momento me puse instantáneamente en la piel de ese chico que había compartido conmigo dos años de escuela y  que terminaría siendo un gran amigo. No podía dejar de imaginarme que si me hubiese pasado a mí, me habrían dado retortijones de miedo y culpabilidad durante semanas, pero parece que a él no le afectó demasiado. El asunto no tuvo la mínima trascendencia.

     De los pocos días que estuvimos en ese edificio solamente me vienen a la mente una clase de Religión con Don Francisco y  los primeros contactos con Don Emilio Peña, Doña Antonia Muñoz Eiró, Doña Eloísa, Don Tomás Jiménez Palacios , hermano de Antonio y José, primos hermanos de mi padre. José es una persona entrañable que ha sido director de un importante centro escolar en Sevilla, Antonio vive en Cáceres y después de trabajar con mi padre, se metió a la Guardia Civil, igual que Vicente Fuentes, uno de los últimos que quedaron «al lado del jefe» y al pie del cañón tras el desarrollo de su parálisis. Don Tomás murió hace poco de algo de corazón.

    De éste último tendré que hablar, por supuesto, así que empiezo con una anécdota bastante graciosa. Sucedió durante la primera clase de Gimnasia,  en el patio de las escuelas parroquiales.  Sol radiante de Septiembre extremeño. Media mañana. Cielo azul intenso. Don Tomás nos tenía a todos echados en el suelo. En ese momento, como si surgiera de la nada, apareció José Gabriel, que iba uno o dos cursos por encima de nosotros, habría «hecho novillos» o …mucho peor: lo habían echado de clase . Sin preámbulo alguno,  empezó a cacarearnos a todos  lo que «nos esperaba» en las clases de gimnasia, me abstengo de alusiones escatológicas relacionadas con otro rellenito, aunque no creo que tanto como yo: Antonio Arroyo. El intruso se  fue creciendo y creciendo para terminar tronchado de risa, esa risa floja, tonta, seguida e insustancial de los preadolescentes, él debía tener entre doce y catorce años. Don Tomás lo increpó, incluso le pidió «por favor», y varias veces (insisto: aquellas series de «por favor», siguen sin cuadrarme), que se fuera y dejara de molestar en clase, pero José Gabriel continuó dirigiéndonos su diatriba acompañada de la carcajada incontrolable que le hacía doblarse, o…partirse, término más acorde con la situación. Acabó siendo perseguido por don Tomás a lo largo y ancho del patio sin que éste pudiese de ninguna manera alcanzarlo. Era la primera provocación flagrante que veía de un chico hacia un profesor y sentí miedo por José Gabriel y lo que pudiera pasarle, pero este asunto tampoco trascendió nunca. Nosotros, mientras, echados en tendido supino, postura de novatos, sin decir ni mu, aunque algunos sonreían, o se exclamaban, evidentemente en su inmenso interior, durante los cuatro minutos que duró el episodio. Todo hay que decirlo, la Gimnasia era parecida a lo que debe ser la instrucción militar, con el «a numerarse», «firmes», «descanso»y marcha al paso terminando por el socorrido fútbol nuestro de cada día, más bien porque lo único que hace falta es un sencillo balón. Evidentemente no había mucho más repertorio. Los cuatro años de Colegio en Logrosán me pusieron aprobado raspado en Gimnasia, cuando fui a Guadalajara empecé a sacar Sobresalientes y Matrículas de Honor, ya no era todo solamente fútbol, siempre he sido muy reacio a lo que me han intentado imponer o meter por los ojos, lo que yo quiero lo decido yo, y me apetece tener para elegir. Mis deportes, desde los catorce, siempre fueron  el baloncesto y el tenis. Ahora soy asiduo de gimnasio, deportes al aire libre, respiración, canto  y estiramientos. La Educación física, el conocimiento del cuerpo, una de las materias más importantes que pueda haber en la formación de una persona, era una asignatura «María», sin importancia y que todo el mundo aprobaba. Cuando es lógico que los médicos tendríamos mucho menos trabajo si, en ese sentido, toda la población estuviera concienciada. Sinceramente, pienso que deberían existir bonificaciones en los pagos a la Seguridad Social si se hace Gimnasia regularmente y se lleva una vida medianamente sana y saludable. La dietética, los hábitos,  el cuerpo como instrumento de expresión, la danza, la expresión corporal, el teatro, la gestualidad, y si me apuran mucho incluyo la música y la voz, todo eso debería enseñarse en la educación física…y sería altamente deseable. Pienso que tendría que contemplarse como la asignatura más importante de los estudios, y tarea fundamental es comenzar a comprenderlo a edades tempranas. El desarrollo correcto de una persona incluye a todas las edades el ejercicio que mejor les venga, ejercicio aeróbico y danza en la época de la adolescencia, el correcto desarrollo y conservación de ese cuerpo, que, cada vez más, me da la impresión de que, aunque lo use para vivir, no me pertenece,  vamos,  cuanto más consciente me vuelvo menos lo considero en propiedad, sino alquiler o préstamo de este planeta, aquí se va a quedar mi cuerpo, y lo tengo por mediación de la Vida, el Sol, la Tierra y mis padres. Su salud y conservación depende, una vez más, enormemente  del ejercicio,  y es muy conveniente saberlo para vivir mejor.

    Dos semanas duró la permanencia en ese edificio, antes de trasladarnos al inmenso, precioso ,  y nuevo flamante, ese sí que era Nuevo, COLEGIO LIBRE ADOPTADO DE LOGROSÁN. En ese lugar conocimos al señor Gregorio, hombre de edad media avanzadilla, pelo canoso, gafas eternas de concha que debían tener un aumento considerable y con pinta de no dejarse intimidar por ningún tipo de colegial al uso. Su figura era casi la primera que veíamos desde que entrábamos por la puerta. Él se ocupaba de poner la calefacción y hacer la gran cantidad de tareas que corresponde a ese difícil trabajo, y que iba, desde vigilar y mantener el centro en condiciones cuando no había nadie, a verificar que no había disturbios en ninguna clase.

    Doña Antonia Muñoz era conocida en Logrosán como «la licenciada». Persona muy formada e íntegra. Carácter considerable. No se dejaba amilanar por ningún grupo de estudiantes. Sin expulsar a nadie de clase, ponía firme a toda una hilera de bancos, y solamente dando una voz más alta que otra. He querido, y quiero aún a esa señora un montón. He acudido a su casa, ya después de casarme, unas cuantas veces, para hablar con ella. Sé que de alguna manera me está leyendo y sé que la gente buena no desaparece así como así. Si buscais algo de Doña Antonia, mirad entre estas letras que escribo, es ella la que nos terminó de cuajar una redacción medio correcta, y sé de mucha gente que le debe casi todo lo que pueda saber a ese respecto. Enseñaba, y muy bien, al que quería aprender. Tengo que confesar que es de los mejores profesores que he tenido en toda mi vida. Y yo sigo estudiando.

    En su clase entró una mañana, tras llamar a la puerta,  interrumpiendo su discurso, un señor con la decidida intención  de  llevarse a su hijo porque lo necesitaba para recoger aceitunas, ella intentó convencerlo para que el chico se quedara, pero el padre se lo llevó, y  al alumno no lo volvimos a ver por el Colegio, los dos son bellísimas personas. Tener la oportunidad de estudiar es un lujo que no valoramos si nos han obligado o lo hemos hecho por inercia, y de eso saben mucho aquellos que no han podido terminar los estudios por cualquier razón ajena a su voluntad. Yo siento que tengo una deuda contraida con aquellos que me han enseñado algo, y sólo lo puedo agradecer infinitamente, y de verdad de la buena, a todas las personas de las que he aprendido  algo y a algunas que me lo han enseñado casi todo. Con el nivel que conseguí en Logrosán nunca he sido un cero a la izquierda en ninguna parte, ni en España ni en el extranjero. Aquella experiencia del padre que se llevó a su hijo porque lo necesitaba para el trabajo me dejó una honda inquietud. La cara de la profesora abandonó completamente su máscara de pedagogo y se transformó en una persona de carne y hueso, sensible, solidaria y afectada. Cuando padre e hijo se fueron, creo que balbuceó algo sin mala intención, del estilo «…pues si no quiere que estudie… no sé por qué lo han traido al Colegio».  Doña Antonia corrió un tupido velo,  pasó a otra cosa con elegancia y  se le adivinó una especie de ademán desanimado que quería decir «contra lo inexorable no se lucha».

    Por aquel entonces los sábados por la mañana había colegio, pero una nueva normativa había aparecido, diciendo que esas mañanas eran para realizar actividades socioculturales y deportivas, es decir: un poco más de relax. Así que, en una de las primeras veces que nos veía,  preguntó si alguien se atrevía a hablar acerca de algo en una mañana de sábado. Yo me acordé en ese momento de un libro que me había regalado Goyo cuando tenía siete años que se titulaba «Lincoln», así que, ni corto ni perezoso, levanté la mano y dije que yo podía hablar sobre ese personaje. A doña Antonia le pareció muy bien, y allá que me hice un guión en mi casa, no recuerdo bien si me ayudó o no mi padre, pero la idea del guión fue suya.

    Cuando me gustaba un libro lo leía, lo leía, y lo releía, no para saberlo de memoria, sino por el placer de imaginar…cuánta verdad, y qué agradecido estoy a Federico Volpini por esa cortita frase: «Una imagen vale más que mil palabras, pero una palabra puede suscitar más de mil imágenes». Dicho lo dicho, de Abraham Lincoln sabía yo todo lo que ponía en el libro, así que allí llegué, con mi papelino como guión a una especie de púlpito que tenía en el salón de actos (según se entraba a la derecha) y solté todo lo que tenía que soltar, como era un libro para niños, estaba plagado de anécdotas, con esas anécdotas se dice mucho del personaje, incluso se reía alguno. No sería mi prima Toñi, que se encontraba al borde del colapso pensando lo nerviosa que se hubiera puesto si hubiese tenido que ser ella la que hubiera dado la charla. Es decir: mis nervios no estaban, porque se los estaba llevando todos mi prima, muchas gracias por la solidaridad. No creo que durara mucho mi perorata, tampoco se me felicitó, pero Doña Antonia dijo a todos que tomaran ejemplo. Vamos:  Manolín Palacios, niño repelente….

    Don Emilio era el otro bastión , inexpugnable y, asimismo, impagable,  del Colegio Libre Adoptado, se encargaba de Matemáticas, Física y Química. Otro monstruo de la enseñanza, se paseaba con estudiado gesto cogiéndose la chaqueta o el jersey por debajo de las axilas con los dos pulgares, postura que abre el pecho y aclara la proyección de la voz. Otra voz de oro para mi colección. Todo el mundo se enteraba de todo cuando hablaba, su hijo Emilio creo que la tiene aún más impactante que su padre, es que dejó de fumar. Don Emilio iba siempre tocado con una colilla en la comisura derecha de los labios, la mayor parte del tiempo apagada, creo que o eran Ideales o «Caldo´ gallina». Cuando la encendía, siempre de cuando en cuando, el humo ascendía por el costado de su cara y lo obligaba a entornar los ojos para defenderlos de la irritante agresión.  Con aquel vozarrón personalísimo, se paseaba entre las mesas dictando problemas o sacando gente a la pizarra a que explicaran cómo se las apañaban para solucionarlos.

    Don Emilio tampoco dejaba margen para las tonterías o la indisciplina, a sus alumnos, si se creaba algún germen de conflicto lo solucionaba rápidamente administrando con sabiduría la menor cantidad de capones posibles, y siempre a los pocos causantes del alboroto. Normalmente ni avisaba, caían de la nada. Estoy viendo todavía a José Sanromán con un gesto de dolor y rascándose la cabeza , porque le había llovido un capón desde la retaguardia cuando él no lo esperaba. Es, una vez más,  otro de los mejores profesores que he tenido, también es verdad que a mí me llamaron siempre las ciencias, y sigo viviendo de ciencias que son un arte y de artes que son una ciencia. La vida sigue y el conocimiento no tiene límites.

    Me gustaría aprovechar, y hacer una aclaración, respondiendo de esa forma a  gran cantidad de gente que me han hecho la pregunta. Por qué soy músico?. Creo que es el momento en que, sin extenderme mucho, sea capaz de pergeñar una breve introducción. De la música, la voz y el coro de logrosán habrá un capítulo entero, me apetece. Siempre se intrigó la gente. ¿Por qué la ciencia y la música tienen puentes?. Muy fácil, la escala diatónica fue descrita por Pitágoras, la música es matemática al cien por cien, la matemática es arte, y el arte de  producir y combinar sonidos es divino arte, como todas las artes. Decía Beethoven que la música es el aliento de Dios,  estoy de acuerdo, el canto es el trabajo sobre el más impactante instrumento de comunicación espiritual y físico del que puede disponer un ser humano.  No busquemos sofisticaciones ni sintetizadores o melotrones, todo muy bonito. Al que ha tenido la suerte de escuchar un buen cantante al natural, cerca y sin micrófono, nunca se le va a olvidar la experiencia. Sentencio, allá cada cual con su voz y lo que hace con ella, trabajarla es tensar cuerdas muy finas del sentimiento y densificar tejidos del alma.

     Continuará…