Un regreso necesario.
Este fin de semana comienza la segunda temporada de «Crónicas de mi infancia» por Manuel Palacios.
Queridos lectores:

Este verano he pasado, como siempre, unos días muy agradables en Logrosán, durante los cuales, preguntando o sin preguntar, me he enterado de los interrogantes que despiertan mis textos. Así que, con esta primera entrega de Septiembre (segunda quincena) os hago llegar mis contestaciones, son del autor, espero que os sintáis satisfechos, porque no existe ninguna mala intención por mi parte en relación a nadie, ya he dicho que hay gente que nombro sólo de pasada y otros que no cito. Eso no quiere decir ni mal ni bien, pero prefiero dejarlo claro.
Cuando María me pidió que escribiera algo sobre Logrosán, mis recuerdos, mis vivencias, decidí que era embarcarme en una aventura intelectual y psicoemocional que, aún no sé adónde me iba a llevar, pero puedo decir ya que me siento mucho más en paz conmigo mismo que antes de escribir.
Antes de la primera letra que escribí ya sabía lo que quería. Es más, esto se empezó a escribir en Cuba, pero en aquel momento yo no sabía que algún día aquel impacto se concretaría en la redacción que vais teniendo entre las manos. Decidí ser absolutamente fiel a la visión objetiva, y, absolutamente imparcial del niño que todo lo observaba y que no podía hablar de muchas cosas, simplemente porque lo ignoraba todo de todo, pero atesoró sus observaciones como información sagrada a la que pudiera recurrir en cualquier momento. Dicen que la infancia y la adolescencia se recuerdan cada vez con más intensidad al paso de los años. Ya, con más de cincuenta al coleto, tengo que decir que para mí es una experiencia trascendental redactar estos textos, y que agradezco en lo posible que la gente que los lea se sienta transportada a un pasado no tan lejano como parece.
Soy muy consciente de que el niño que yo era tenía las informaciones que deducía de lo que veía. Respecto a las relaciones humanas me muevo desde la óptica del niño. Pero, evidentemente, no me puedo escapar a hacer reflexiones desde el grado de madurez de otras edades. No está explicado, porque es bueno adivinarlo. Respuesta a mi amigo Juan Francisco, que me decía que cuántos narradores había. Hay un montón de narradores, siempre es Manolín Palacios observado, mimado, consolado y explicado desde el punto de vista de todos los Manuel Palacios que han existido (de esos hay uno nuevo a diario, si no: malo). Así que hay un narrador fundamental y comentarios de todos los que he sido hasta lo que soy en la época presente.
Y así puedo contestar a tío Alfonso Abril que lo que tengo que decir lo escribo con una determinación absoluta, la de un niño. Claro que me equivoco, el padre de Alfonso Cantalejo no se llamaba Alfonso y la Tía Teresa Mentirosa tenía tres hijos, ahora me estoy enterando, yo no hablaba, sólo veía, observaba y guardaba en mi armario, siempre con mucha ternura y respeto, mis recuerdos. Nunca supe que un buen día iba a tener que abrir aquella estantería y desempolvar esos retazos de vida, pero creo que tampoco voy a poder agradecerme a mí mismo el haberme decidido a hacerlo. Sé que digo: esto era así (cuando mucha gente sabe que no lo era), pero es que yo decidí que tenía que ser absolutamente fiel a mi juicio infantil absolutamente parcial, es mi vida y la vuestra. De ahí que destile ternura sin fin el asunto. Si alguien se siente herido porque su verdad es otra, y seguramente es la buena, nunca se lo voy a negar, lo siento mucho. Las cosas no eran como yo explico, es más, todos nos equivocamos, pues con equivocaciones y todo, no he querido que nadie me modere lo que solamente yo veía y sentía, así que me perdonáis, pero es como es. Siempre soy fiel a la verdad, y la verdad para un niño, muchas veces está deformada porque los adultos te preservan de cosas feas o malas, así que, por suerte, he tenido pocos episodios desestabilizadores y creo que, de eso, todos nos beneficiamos. Incluso pienso a veces preguntar a mi madre algunas cosas y me digo dos segundos después: No; tiene que ser Manolín el que escribe y es a través de sus ojos y los comentarios del Manuel adulto, más o menos maduro, como cada cual, el que destile recuerdos y visiones del pasado.
Hay personas que me dicen que por qué no hablo de ellas. A todos les recuerdo que no he terminado, aunque concluirá a la edad de catorce años (cuando me llevaron al Colegio a Guadalajara) con mi marcha de Logrosán. Si no encontráis vuestro nombre, teneis que perdonarme, unid vuestro corazón al mío y contemplad aquellos tiempos conmigo, estamos todos ahí, aunque no cite a algunos, y estamos todos aunque otros hayáis llegado más tarde. Sabéis que soy un enamorado irredento de mi pueblo y de mi gente, y que no me mueve el dinero, sino el cariño. Cariño y respeto a mares.
Ya sé que hay capítulos que no interesan mucho a todo el mundo, pero también tenéis que comprender que para mí son interesantes, estoy contando mis recuerdos. Por eso se organizaron en capítulos, y por eso se pueden leer independientemente, porque cada capítulo son historias diferentes. No soy demagogo y no busco tampoco reconocimiento, me basta con conseguir alguna sonrisa connivente por aquí, por allá, suscitar interrogantes en gente que no acostumbra a pensar y arrancar algún pedazo de armadura oxidada a base de alguna lagrimilla extraviada que aparezca directamente del corazón de ese niño que todos, absolutamente todos, llevamos dentro, aunque a algunos no les haga gracia ese niño, le debemos todo el respeto. Yo soy muy consciente, y lo riego. Soy hombre, soy persona, pero no me puedo escapar a mi niñez, porque es una época terriblemente dúctil, maleable, y fuente de muchas distorsiones en la manera de pensar de los adultos maduros a los que aspiramos a llegar.
Gracias por vuestra lectura y por vuestra comprensión. Hasta siempre, os quiero a todos:
MANUEL PALACIOS LORO

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