LA FÁBRICA DE HIELO, DOLORES, JOSEFINA, EL CINE DE VERANO Y LA TERESA MORDIJUYE.
Inmersos en un mundo saturado de imágenes, sonidos, ordenadores, móviles conectados, vida muelle y diversión asegurada, a cualquier precio, es muy difícil comprender que ha habido épocas en Logrosán, y no hace tanto, en las que había que alumbrarse con velas, calentarse con leña y enterarse de lo que se tenía que enterar uno, gracias al relato de cualquier enterao.
De la misma manera, es difícil pensar que tampoco existían los electrodomésticos, por supuesto, tampoco los frigoríficos. Todos sabemos que, en nuestra Extremadura, disfrutamos de cuatro a seis meses de calor, a menudo insoportable. Esta implacable realidad debió despertar el sector emprendedor en el cerebro y el espíritu de abuelo Atilano. Se dio cuenta de la posibilidad de negocio que representaba instalar una fábrica de hielo, tanto para Logrosán, como para los pueblos de los alrededores. Ni corto ni perezoso, ya hemos dicho que Atilano estuvo trabajando toda su vida activa para pagar a los bancos, se embarcó en una nueva aventura empresarial paralela a los cines.
La fábrica de hielo se encontraba, según se sube la calle de los Maestros, arriba y a la izquierda, una puerta normal daba acceso a la casa, en la que residían durante los meses de verano y alternándose año a año, las familias de tío Gómez con tía Dolores, y la de tío Pina con tía Josefina. Yo pasaba allí, mucho tiempo libre, en verano, con mis primos y primas. Al lado de la de la casa, igualmente pintada de rojo oscuro, había una gran puerta cochera de madera, casi siempre abierta. Lo de la fábrica de hielo era un atractivo añadido. Allí se sentía uno como ….con mejor libertad, y la oportunidad de perderse, incluso jugando, en un sitio bastante más grande que cualquiera de las casas en las que vivíamos.
La fábrica de hielo olía a fábrica de hielo, igual que las gasolineras huelen a gasolina y gas-oil, inútil intentar describirlo, quien haya tenido la suerte de sentirlo una vez, siempre lo va a recordar, y, sencillamente, basta con que se haya olido un par de veces para nunca más olvidar, y, es verdad que la personalidad del recinto quedaba rubricada por esa sensación, que, según para quién, bien pudiera ser desagradable, a mí me gustaba. Además, estábamos acostumbrados, y, teniendo en cuenta que, siempre para los niños, la fábrica de hielo iba ligada al descanso estival y las vacaciones….de ninguna manera podíamos despotricar de ella, ni de su olor, cosa radicalmente distinta para los adultos, que pasaban el día afanándose, haciendo helados, envasando colines y gaseosas (gaseosas Palacios) , fabricando y despachando hielo. El gran portón estaba permanentemente abierto. Según se entraba, a la derecha, había una gran estructura de acero, que se deslizaba adelante y atrás, sobre raíles situados en el techo, y que era el artilugio que permitía meter, sacar y transportar las baterías de moldes de hielo, de más de un metro de largo y unos 30 x 15 cms de sección, llenos de agua en una especie de piscina prácticamente subterránea cuyas paredes, en la parte superior sobresalían, conformando una plataforma elevada unos treinta centímetros respecto al suelo. Para acceder al interior, era necesario desplazar unas alargadas y espesas planchas de madera, que ocultaban completamente la citada piscina a los ojos, facilitando incluso el poder saltar y brincar sobre ellas, cosa que se nos tenía.. medio prohibida, esas que siempre llaman la atención de los niños, precisamente por eso: por estar medio prohibidas. Al fondo, a la derecha y subiendo unos escalones, se hallaba la cámara frigorífica, como si fuese una cámara acorazada. Dentro hacía un frío que pelaba, desde esa puerta, un plano inclinado de madera facilitaba el deslizamiento de las barras de hielo hasta una especie de puerta guillotina vertical metálica, sólida y contundente, que actuaba por medio de una palanca con bola de baquelita en su extremo (todo construido como para durar cientos de años funcionando, sin dar ni un solo problema, no como lo que se hace ahora, todo engañabobos, todo plastiquirri), esa máquina, me llamaba mucho la atención, había que poner la barra de hielo entre los dientes, entallarla y “sorprenderla”, sin que ella se lo esperara, con un golpe seco y decidido, los misigatitos, simplemente, no eran eficaces, cuando se hacía bien, al primer golpe, el hielo se partía, si había que darle más de dos o tres veces….malo.
En ese recinto trabajaba uno de los Calero, creo que se llamaba José, lo recuerdo agitando una botella con todas las ganas del mundo, para tirarla luego hacia el techo de la fábrica, adonde la botella nunca llegaba porque explotaba en todo lo alto, era reticente a hacerlo, pero si alguien se lo pedía con la suficiente insistencia….Había unos cuantos hermanos Calero. La gente los llamaba a todos igual: Calero. Otro de ellos: Alberto , fue, como ya he contado, ayudante de mi padre, años después, y con él he bregado también mucho, muy buena persona y mucho, también, lo que le tengo que agradecer, y muy agradecido. Desde este texto…..agradezco.
Las dos familias que se alternaban, verano sí, verano también, como ya he dicho, eran las de mis tías Dolores y Josefina, con cuyos componentes, al completo, me relacioné “hasta la saciedad y más allá” en aquellos tiempos. Iba, con las dos familias, al molino del Rio todos los santos domingos, y me sigo sintiendo muy cercano a los que continúan acompañándonos en esta vida. Tío Pina ya ha muerto y tía Josefina, siempre enamorada hasta el tuétano de su marido, lo siguió unos años más tarde, tras haber vivido como una de las más impresionantes mujeres con las que he tenido la suerte de codearme, me he codeado, y a la que siempre voy a tener en mi corazón. Era dulce y cariñosa. Pequeña. Salada. Viva. Graciosa. Divertida. Pizpireta. “Mu´ echá p´alante”. “Mu´ arreglá y mu´ arriscá”. Muy buena persona, y muy buen corazón, a tal punto, que no creo que se puedan encontrar muchas mejores. Murió de esa dulcísima muerte que ofrece la Vida a los que viven… regalándose a sí mismos a todos aquellos que los rodean, y es que lo de sufrir y penar, trabajar y bregar, nunca le faltó.
Esa dulce muerte ocurrió mientras realizábamos, gracias al Ayuntamiento de Logrosán, en la casa de la cultura, un curso para montar “La bruja del armario de las escobas”, ópera contemporánea de Landowsky para niños, que, bien creemos, se estrenó, mundialmente, en nuestro pueblo. Antes de aquel evento, no tenemos constancia de una sola representación. El trabajo se hizo con aficionados, bisoños y curiosos del teatro, el canto y la música, paisanos de Logrosán de todas las edades, casi en su totalidad;…al fin y al cabo, todos estaban invitados a participar, y aquellos que tuvieron la suerte de hacerlo, van a conservar un grato recuerdo imborrable, por los siglos de los siglos. Lo que se dice: “una perita en dulce”….
Llegué a Logrosán tras avión, noche en Madrid y autobús, de cantar, una vez más, por fortuna, en la bella Suiza “La vie parisienne”, y llegué con el tiempo justo para poner las pilas al personal, terminar de montar decorados y hacer la dirección escénica de esa corta y facilita obra, vocalmente hablando, pero tan complicada, musical, escénica y escenográficamente. Mi amigo, Juan Francisco Caminero, tuvo la gentileza de ir a recogerme a Trujillo, y me dijo, algo parecido a: “Manolo, he estado hablando con tu tía Josefina, ve a verla cuando puedas”. Tonto de mí, lo dejé para el día siguiente, cuando mi amigo Juan Francisco me había “sugerido” que fuese a verla pronto…¿por qué?…Al día siguiente era ya demasiado tarde. Se había largado mientras soñaba. Durante la noche profunda. Sin decir esta boca es mía, sin quejarse, sin incomodar a nadie, como había vivido. ¿Su último sueño?… debió ser precioso. Yacía sobre la cama, disfrutando la noche más larga. Llamaba la atención la belleza y suavidad de su rostro, su paz y la serenidad que da el reposo eterno a esa gente que bien se lo ha merecido. Siempre fue guapa, muy guapa, tampoco era excesivamente mayor, además, curiosamente, sentía su presencia rodeada de un halo de ¿”santidad”?…o, al menos, en estado de gracia y equilibrio con lo que la rodeaba. Dice mucha gente que se la llevaron los disgustos, pero, conociendo la fuerza que esa gran mujer tenía, se me tiene que perdonar que lo dude, ella podía con todo. Doy gracias por haberla conocido de cerca. Desde que no está entre nosotros, siento que ella también viene conmigo de alguna manera y procuro que se lo pase genial, la verdad es que ha sido un lujo que la vida me haya concedido el conocerla y tratarla muy de cerca, porque era persona, de la cabeza a los pies, trabajadora , perteneciente a una clase, repito, que, desgraciadamente, anda en peligro de extinción ….
Tía Dolores, su hermana pequeña, su amiga, su confidente, su otro yo, la que había vivido con ella desde que nació, se encontraba en ese momento trabajando con nosotros, cantaba en “La bruja del armario de las escobas” y se llevó el mazazo que se supone. Con determinación me dijo: “aunque sé que no debería cantar porque ha muerto mi hermana (era una cortita intervención como vecina del protagonista) voy a hacerlo por vosotros, por ella, por mí, y por la música”. Cambia el mundo, cambiamos todos. En otras épocas Dolores, tras la muerte de su hermana, nunca se habría atrevido a cantar. Esa actitud dice mucho de alguien, de su decisión, de su tiro, de su entereza. Lo cantó muy bien, sin duda y con aplomo; el aplauso, al final, del patio de butacas no tuvo parangón con el aplauso y los bravos que colmaron el espíritu del director de escena sin exteriorizarse y quedaron bien regados por lágrimas de las de dentro, aunque ya se sepa que siempre se escapa alguna al exterior porque, sencillamente, eran demasiadas para tragar. Aún no sé cómo fue posible, y aún no tengo palabras para agradecérselo.
Tía Dolores es una de las personas con las que más relación tuve en la infancia, ya he dicho que iba mucho con mi primo Juanito y que a veces no salía de su casa. Allí he cenado yo…pues casi siempre, lo digo para explicar un poco el lazo que me une con Manuel Gómez, Dolores, Juan y mi prima Lola. Tía Dolores, además, ya se supone, forma parte de la vertiente musical y artística de mi familia. Me enteré hace poco que un pariente, no muy lejano, había sido violinista de cámara del rey, supongo que Alfonso XIII, pero no estoy seguro. De Don Modesto Canelada (el apellido Canelada es bastante raro) se puede decir que el personaje suscitó una canción popular: la “jota de Don Modesto Canelada”. Fue una sorpresa encontrarla en el disco del “Nuevo Mester de Juglaría”, se puede escuchar en todo su esplendor.
Dolores y Josefina siempre fueron “fans” irreductibles , al igual que Don Benigno, de la música clásica. Mi padre se había comprado un tocadiscos monoaural, y siempre que podía se ponía a escucharla, mientras leía en su sillón. Es más: muchas veces, las tardes de domingo, venían mis dos tías a escucharla con él, y a mí me parecía que el ambiente que se creaba en la sala de estar de casa era recogido, y más silencioso, si cabe, que el de una solemne misa, como para disfrutar del milagro de un arte sublime eso sí, perfectamente enlatado, nuevo producto de consumo, en ambiente íntimo.
A los niños los recogimientos de los adultos nos imponen, aunque no los comprendamos bien. Aprender a saber disfrutar un silencio reverente, forma parte de la maduración espiritual más fina de la persona y es imposible pretender que los niños puedan entenderlo, el silencio es un tesoro realmente difícil de descubrir para poder apreciarlo en su auténtica valía y dimensión, el camino es similar al que hay que tomar para ser consciente de la felicidad y en un parecido, y en parte paralelo, trayecto…Así que yo, con esa edad, no entendía muy bien aquel recogimiento …. Pero, aún así lo respetaba, sentía que era tan inmenso como tremendamente frágil. Todos sentados sin decir ni pío, escuchando música clásica…
Cuando se formó el coro de Logrosán, tía Dolores fue uno de los primeros miembros, si no fue realmente la primera, con ilusión y coraje memorables. Soy muy exigente a nivel vocal, mucho, y el canto no es fácil, así que, desde aquí, le pido perdón por lo que me pueda haber pasado intentando hacerle comprender la voz. Pero deseo que quede constancia de que la quiero como si fuese mi madre, he pasado mucho, casi siempre cosas muy buenas, con ella, y es una de las piezas fundamentales de mi historia infantil.
Volviendo a la fábrica de hielo, allí se envasaban los colines. El producto venía de Valencia, y la calidad era, sin duda, extraordinaria, también se hacían polos y helados al corte, así como, en los últimos tiempos, bombones helados. La tarde del domingo llegaba Antonia Solís, la madre de Pepe Escribano, supongo que para buscar la llave del cine, siempre mientras cenábamos y siempre se repetía el saludo de rigor:
“-¡Que aproveche…! decía ella.
-Como si fuera leche… contestaba tía Dolores
-Gracias, ¡quién lo probara!” respondía Antonia, a continuación, antes de irse.
Y, después de cenar…nos íbamos todos juntos al cine . El cine de verano tenia unos asientos de seis a ocho patas y seis plazas, construidos a base de listones de madera a lo largo tanto en el asiento como en el respaldo, con reposabrazos que separaban los espectadores. Se hacía indispensable llevar unos cojines, sobre todo si el peso de la persona sobrepasaba cierta cantidad de kilos, es que si no, se podía salir del cine con el culo listado , o rayado….Lo del cine Avenida era fantástico, sobre todo para mí, que no había visto nunca otro cine de verano más que ese. Todo lo que se dijo del Cine Palacios vale para el Avenida, aunque yo sentía que el primero era “mi” cine preferido. Pero en el de verano no hacía frío (a veces un poquito) y encima, si se volvía aburrida la película, siempre tenías la posibilidad de mirar arriba y ver un artesonado completamente natural: el cielo negro oscuro cuajado de estrellas, a cuya infinidad podías escaparte pensando lo grande que es el Universo que nos rodea …con lo pequeñitos que somos nosotros y …¡¡¡la guerra que damos algunos!!!.
En la fábrica de hielo había un motocarro azul, con el que se hacía el reparto, así como una DKW en la que entrábamos las dos familias y sobraba sitio. Ese motocarro forma parte de toda mi historia infantil, igual que las encinas, el Río Ruecas y el molino. Lo más simpático del mundo mundial, era el motocarro. Y nos montábamos atrás los niños, donde iban las mercancías, no había cintos de seguridad. Nunca se cayó nadie, nunca pasó nada. No sé dónde ha terminado, pero quiero que sepa, esté donde esté, que me acuerdo muchísimo de él.
En todas estas actividades, ligadas a los Palacios, había una persona que, sin ser pariente en ningún grado, era considerada un miembro más de la familia, porque, desde muy pequeña, había estaba trabajando a las órdenes de abuelo Atilano y abuela Pepa. De un lado a otro, con su eterno carrillo de dos ruedas, por todo el pueblo, repartiendo hielo y verduras ecológicas de la huerta, como si poseyera el don de la ubicuidad, pululaba el cuerpo, inconfundible, tanto por presencia escénica o andares, como por servir de medio de transporte y expresión a un espíritu muy particular: la Teresa Mordijuye. Según ella misma me contó, con ese habla, de la que hacía gala, a despecho de rara, perfectamente inteligible, como si se le entrecortara y aspirara dificultosa y espasmódicamente, de cuándo en cuándo, entre palabra y palabra, le habían puesto ese apodo porque cuando era “chica” mordía a la gente y salía de “huía” (pronúnciese en “cahtúo cerrao”).
Su cara era la típica de una persona nacida de parto extremadamente difícil y cuyo cerebro ha sufrido una falta de riego prolongada durante ese parto. Pienso que padecía una parálisis cerebral de nacimiento, algo que le daba a su expresión y mímica un aspecto para nada normal, con una parte del rostro paralizado y completamente inexpresivo. Me daba entre miedo y reparo, de pequeño, porque su cara y su cuerpo, eran flagrantemente distintos a todo lo que yo podía conocer. En ambientes que cultivan poco la empatía…, consecuentemente poco sensibles, no ser “normal” es considerado motivo de alegría o chanza, y parece que “luce mucho”, cuando un imbécil es más o menos “como Dios manda”, meterse con los que no son “como todo el mundo”, parece que algunos se arrogan más derecho que otros, que somos distintos, por más feos, gordos, o un largo etcétera, a una feliz existencia…No obstante, poco a poco fui descubriendo a una persona encantadora, que, pese a sus incapacidades, pese a ser muy diferente, a causa de su problema de nacimiento, había sabido labrarse un sitio y ganarse todo el afecto del mundo en la pequeña comunidad. A pesar de que, seguramente, lo había pasado muy mal, estaba perfectamente acostumbrada a su cuerpo y a ella no le importaba lo más mínimo ni lo que dijeran, ni cómo se comportaran con ella, mientras no le hiciesen daño físico, el otro, el psicológico, supongo que le resbalaba ampliamente sin siquiera mojarla. Tengo muchas deudas con esa mujer, porque se marchó bastante prematuramente y no me dio tiempo a despedirme. Sabía que estaba en una Residencia de ancianos fuera de Logrosán, pero nunca se me ocurrió ir a visitarla, cuando sé, perfectamente que se habría puesto muy contenta. Ahora me habría echado entre sus brazos a darle todo el cariño que siempre me inspiró y nunca me atreví a demostrarle, es que los hombres no podíamos ser cariñosos, ni llorar, eso siempre fueron cosas de maricas…
La misma parálisis que le afectaba a la cara produciéndole la flagrante asimetría, ya citada, le afectaba a una pierna, que se arrastraba sobre el suelo cada vez más según pasaban los años, y a un brazo con cierto grado de afectación del nervio mediano , como consecuencia el antebrazo tenía tendencia a replegarse, y su mano adoptaba, a veces, la posición de “mano de tonto del pueblo”. Sí que es verdad que, con el paso de los años, se manejaba y andaba cada vez peor, como si hubiese algún otro problema más de tipo neurodegenerativo, pero eso no lo sé, y ya, creo, tampoco viene al caso.
Para Teresa, teniendo en cuenta aquel problema tan importante de salud a nivel estructural, que le afectaba tanto a la movilidad, al habla, como a la mímica y a la sonrisa franca, con más razón , teniendo en cuenta que le gustaba un montón reírse, no debía resultar fácil entablar relaciones sociales. Tampoco se quejaba ella mucho de maltrato por parte de la gente. Pero, para mí, que, durante gran parte de su vida joven, debió ser objeto de burlas por parte de niños y jóvenes inmaduros, no creo que ninguna chica se metiese con ella, no eran los tiempos que han venido después, y además, las mujeres, máxime siendo conscientes de las condiciones en que ella se encontraba, tienden a ser más sensibles y solidarias con otra mujer, y Teresa era una mujer como la copa de un pino , al fin y a la postre y le pese a quien le pese.
Así, podemos concluir que nuestra Teresa no tenía ni un pelo de tonta, y la carga que había soportado toda su vida en relación con su incapacidad, se encontraba superada y completamente solucionada por su parte, gracias al desarrollo de una filosofía de la vida muy especial. Le gustaba discutir, en una conversación, pero no se metía nunca demasiado con ningún dogma fanático, odiaba la violencia, y no discutía con quien no se podía discutir, mucho menos con un hombre, porque no tenía ni un pelo de tonta. Es más, aprovechaba fisuras para “meter cizaña” e introducir “cambios de suelo”. Me explico. Y para explicarme, nada mejor que una frase popular, muy conocida, tremendamente vulgar, y, como tal, perfectamente comprensible para todo tipo de gente: “¡Cuando te veo, me peo!”, y que ella había adaptado, con una indiscutible eficiencia, acoplándole una frase más, que, no sé si se le habría ocurrido personalmente, pero no me extrañaría nada que así hubiese sido.
La cosa quedaba elegante: “¡Cuando te veo…me peo!, y ….¡¡¡cuando no te veo… “ . Aquí hacía una pausa y miraba a los ojos, con la cara que se bamboleaba de temblor lento, sin vergüenza, con esa mirada tan suya, asegurándose el impactante efecto dramático, resultado del mayor o menor gesto de extrañeza, que la primera parte del chascarrillo provocara,…a veces incluso tomaba a su presa por el antebrazo, de esta forma, el interlocutor, aparte de no escaparse, se beneficiaba de su amplio y tranquilo temblor de brazo , mientras, en todo este tiempo él pensaba, para su interior, a toda velocidad. Con el pasar de los segundos la cara de “la Teresa” iba desarrollando, lenta y progresivamente, aquel rictus que le servía de sonrisa, sí, feo, desencajado, completamente asimétrico, pero connivente, inteligente, eso se adivinaba por la mirada penetrante. Al final, tras un tiempo prudencial, calculado escrupulosamente por ella, siempre a la medida de la inteligencia de la víctima, sintiéndose completamente ganadora, mientras el otro se seguía devanando los sesos, creyéndose mucho más normal e inteligente que ella , y es que, no se lo podía esperar, simplemente porque, pobre ignorante, “no se lo sabía”, sin dejar de mirarlo a los ojos, …continuaba la segunda parte de la frase, implacable, como si no pasara nada, sin darle la menor importancia, una vez más vencedora, después de soltar el antebrazo, desviar la mirada y comenzar lentamente a alejarse,)….¡¡¡También me peo…!!!”.
No es la filosofía vital que destila la soez frase, ni lo que quiera decir en realidad. Igual que hay metáforas por lo bello, las hay por lo chocante, y no se puede negar la contundencia dramática del resultado. Lo que, realmente, quería decir más o menos es: “me importa un bledo el resto del universo conocido; si puedo decir esta frase, es que estoy viva y vigente, y vosotros reíos, reíos, que, en realidad…os reís de vosotros mismos” (esta frase, ya ha aparecido otra vez, es del Marqués). De verdad que lamento no haber podido hablar con ella más todo el tiempo que la vida nos la conservó, pero creo que ese tipo de cosas siempre le pasan a todo el mundo. Valoras a alguien cuando te falta. Si no valoras lo que tienes cuando lo tienes a mano, no te preocupes, que la Vida te enseña cómo lo tenías que haber valorado, quitándotelo de repente para el resto de tus días.
Mañana de jira en el Molino del Río, ella tirando de una cuerda sola contra todos los niños (yo también) y algún listo soltaba de repente, y….¡zaca!, La Teresa iba al suelo patas arriba y se le veían hasta las enaguas, pocas veces las bragas, porque la falda habitual le llegaba a media pantorrilla y más larga. En el suelo, con recursos dramáticos adquiridos de toda la vida, delante de los niños lloraba amargamente lágrimas de cocodrilo, esas de mentirijillas mientras observaba atentamente, sin dejar nunca de hacer teatro, las diferentes reacciones de los miembros del equipo contrario, hasta que alguien venía a consolarla…Y si venía… bien, pero si no venía….pues daba lo mismo, se levantaba con tranquilidad y se iba a otra parte, ella lo tenía todo superado todo, antes de que pasara.
Ya he dicho que a mí no me va mucho el deporte del balón, pero pocas veces he visto un partido, en el pueblo, al que no asistiera ella, todos sabemos muy bien que el día que murió la Teresa Mordijuye, el club de fútbol de Logrosán perdió a su más irreductible forofa, la número “uno”, la mejor animadora, la que acompañaba al equipo todos los domingos cuando iban a jugar a los pueblos de al lado, siempre gritando, siempre metiéndose con el árbitro, si se le ocurría pitar de cualquier forma que a ella no le conviniera. Muy querida de los jugadores incluso me han dicho que una vez su madre le pegó en la cara antes de que subiese al autobús, porque no le gustaba que la Teresa les acompañase. No conozco la historia, me la han contado.
Teresa es una persona en la que pienso muy a menudo, me parece que no soy el único. He localizado un texto de mi amigo Jmgol (Orellana o José María, para los amigos) que siempre me ha gustado, y quiero terminar con sus palabras, esperando que me perdone porque ni siquiera le he pedido permiso, gracias por todo.
OBITUARIO
En los Cien Años de Soledad, al pueblo de los Buendía les llegó el hielo traído por los gitanos que periódicamente acampaban por allí. A Logrosán no sé quien trajo el hielo, lo que sí sé es quien lo repartió: Teresa “Mordijuye”.
Pertenezco a una generación para la que ella ha formado parte del paisaje de nuestras calles. ¿O acaso habéis olvidado quien repartía el hielo, y La Casera, y el perejil y la lechuga de la huerta del río?
¿Quién no recuerda las latas con las películas del siguiente jueves (¡Sí! ¡Sí! Hubo un tiempo en que en Logrosán echaban una los jueves) o domingo recogidas de La Doaldi desparramadas en su carro azul? ¿Y el anuncio de la fachada de El Círculo (hoy Chapupi)? ¿Y las carteleras? (¿Por que no se llamará esta calle así?)
Y a su imagen, casi intemporal, se unen algunos recuerdos sonoros que son inseparables a esa figura de mujerona tierna y entrañable:
– ¡Dame pipas!
– ¿Me ayudas a cruzar la carretera?
Aunque, si tuviéramos que escoger una sola frase pare ese archivo sonoro, la elección es sencilla:
– ¡ ÁRBITROOOOOO, PENALTI !
– ¡ PENAAAALTI, PENAAAALTI, PENAAAALTI, . . .)
No resulta difícil ponerle el soniquete y el trémolo característicos a los gritos que durante décadas han caracterizado a la furia futbolística almorranera.
¿Alguna duda sobre quien ha sido la hincha más acérrima e infatigable del equipo de fútbol de Logrosán? ¿Alguien recuerda una fotografía del equipo de fútbol de Logrosán sin su silueta y su garrota presentes?
Erigiéndome, seguramente sin motivos, en portavoz de esa generación que te vio en Logrosán te digo que, hasta allá donde hayas ido, hasta ese más allá, te llevaremos las pipas; y allí esperamos que esta vez seas tu quien nos ayudes a cruzar la carretera hasta el lado de los buenos, el lado en el que seguro te hallas ya instalada.
JMGOL

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