FIN DE INSTITUTO, PERSONAS, PRIMERAS EXPERIENCIAS
Por Manuel Palacios.
Guardo celosamente para el siguiente capítulo la descripción de las relaciones extraescolares con mi grupo de amigos durante la época del Colegio porque hubo muchas cosas buenas y no me las quiero perder esta vez. Pero no puedo terminar de un plumazo sin hablar de mucha gente importante, toda la gente es importante, pero en esos años de desarrollo, mucho más.
Desde el primer año en el CLA (Colegio Libre Adoptado), todos sabíamos que al final, en Junio, aparte de los exámenes trimestrales que se hacían antes de Navidad y antes de Semana Santa, teníamos dos días en los que deberíamos demostrar nuestros conocimientos en todas las materias del temario. El coco del Orinoco. Imagínense ustedes saltar de un examen final de Historia a otro de Matemáticas en los que se te puede preguntar cualquier cosa de todo lo que se ha aprendido durante un año. Me parece un poco salvaje e inhumano, teniendo en cuenta que nuestra edad era de diez a doce años. Imagínense gente que venía de todos los alrededores para examinarse en Logrosán, nos conocíamos los que estudiábamos en el Colegio, pero había algunos a los que solamente veíamos en esos exámenes. Recuerdo un albino con gafas que me llamaba mucho la atención. Los nervios de los nervios estaban archigarantizados, de cierto sé que muchos compañeros fallaban preguntas por ser víctimas de esa presión emocional exagerada. Siempre había miradas condescendientes por parte de nuestros profesores, que también vigilaban los exámenes como el que más. No faltaban los que se levantasen a preguntar, ni aquellos que aprovechaban la temporal desatención del profesor que les contestaba para copiar al de al lado o equilibrar conceptos con el de delante.
Ya he dicho que yo no era mal estudiante, y, por buen compañero, dejaba la hoja que había terminado a un lado, para que el de atrás o el compañero tomaran lo que necesitaran. Si que la traducción de Latín de Tercero me salió bastante bien, y, para todos aquellos que pudiesen necesitarla, saltó desde mi puesto, aproximadamente a la mitad , hasta el final del gran pasillo del segundo piso, donde se colocaban todos los pupitres para realizar las pruebas. Recuerdo un nombre que inspiraba «mucho respeto». Eugenio Matas. Tenía fama de duro, y venía casi siempre. Creo que fue él quien me examinó de Trabajos Manuales, y al ver la exhibición artística de mi mama Pepita, era ella la que me ayudaba a hacerlos para que yo tuviese tiempo de estudiar cosas más «nutritivas». Me interrogó con la mirada clavada en mis ojos preguntándome si había sido yo el que había hecho aquello, agarróme los hombros a la vez, con la intención de reforzar su poder, no notaba mala vibración, sino interés sano del examinador por saber si un niño de diez años era capaz de hacer aquellas preciosidades, como si tuviese que quitarse el sombrero ante aquella exhibición de arte (para qué negarlo, la mamá Loro es una gran artista). Yo era muy buenecito, no podía mentir, pero sentí que esa vez tenía que hacerlo. Me habían pillado sin esperarlo, sin estar preparado para fingir, y la única manera de escapar con bien era contestar afirmativamente y con todo el aplomo necesario, que lo había hecho todo yo. Me preguntó cinco o seis veces. Al final empecé a preguntarme, en mi inmenso interior, cómo podían ser algunos adultos tan coñazos. Si te lo vas a creer… no preguntes tres veces, si preguntas más es que no te lo has creído. Y yo no podía hacer otra cosa, mi corazón me lo decía, tenía que contestarle que si, que era yo el que los había realizado.
Mi primer interrogatorio salió fatal, porque yo no sabía echar mentiras, a eso aprendes porque te enseña la vida. Siempre he dicho que no habría mentiras si no hubiese «normalización» o totalitarismo. Me explico. El ser humano es más o menos inteligente. Si alguien hace una pregunta y a la vez detenta un poder, sea cual sea el poder, el que se ve obligado a responder, si no es tonto de capirote, no puede contestar la verdad, cuando el hecho de decir esa verdad le va a perjudicar de cualquier manera. El que confiesa algo falso bajo presión o temor, y no me refiero a actos delictivos, sino a cosas sin importancia ni trascendencia, es inocente. Los culpables reales de que exista y persista la mentira son aquellos, de mente vendida a cualquier tipo de totalitarismo, que obligan a otros a mentir para escapar, de alguna manera, al castigo que les impondrán si dicen la verdad, cuando esa verdad, podrá molestarte hasta el infinito, pero es la verdad y nada la va a cambiar. El que pregunta debe saber que el que responde tiene una remota posibilidad de ser masoquista, pero, normalmente, no lo es. Y muchos individuos en este mundo, por desgracia, consideran absolutamente normal que ellos, poseedores de la razón absoluta e inconscientes defensores a perpetuidad de un Sistema injusto basado en el poder jerarquizado, puedan castigar al que no piensa «como dios manda» o como ellos, que, aceptaron sin cuestionar nada el repugnante modelo, según el cual todo el mundo tiene la obligación de pensar igual. No pasan de ser infames juececillos por la uniformidad de pensamiento, conocida también como beeee beee beeee, “pensamiento ovino”, y no me refiero de ninguna manera a Eugenio Matas y su justificadísimo interrogatorio , él estaba ejerciendo dignamente su profesión, y me puso una Matrícula de Honor, desde aquí le agradezco su comprensión y el no habérmelo hecho pasar peor.
Nuestro debut en la obra «Exámenes Finales de Junio». Primero de Bachillerato. Amaneció de sol algo enfermizo, como desleído y lechoso, un día tonto. Entonces no sabía yo que aquello se llamaba kalima. Temperatura agradable. Mal presagio, pensé. Al llegar al Instituto, todo eran grupos de madejas de nervios, muchos de ellos exteriorizados oral e histéricamente, frotar de manos sudorosas o la famosa frase «me van a quedar todas». Vencidos antes del examen, derrotados emocionales, triunfadores sin complejos o arriesgados del tipo…»a ver si me toca al lado de alguien que sepa algo…» o «a ver si me cae algo de lo que me sé». Chuletas en las faldas de tablilla. ¡Quién fuera niña!. . Las manos escritas hasta el antebrazo, toda la picaresca estudiantil española heredada desde los tiempos del Buscón. Algunos se aislaban con un libro abierto, pero.¿..de qué asignatura?. Yo pensaba, como mi padre…»Es tontería repasar. Lo que no hayas aprendido antes, no lo vas a aprender precisamente ahora». Los había que paseaban conversando, con esa vehemente efervescencia que impone el nerviosismo de «la primera vez». Parecía que todo nuestro futuro se fuese a jugar en una ruleta rusa, durante dos días. Responsabilidad excesiva para una edad en la que somos «esponjas absolutas» y lo aprendemos todo, lo malo y lo bueno. Ya sabíamos que había gente que podía castigar y decidir por tí lo que podías, o nunca llegarías a ser en el futuro. Aún así, entre nosotros no notaba yo espíritu de competición alguno. En la Universidad ya lo sentí. Y luego, mucho más. Para mí, como persona humana, no es la primera vez que lo escribo, esa actitud competitiva, fuera de los circuitos deportivos, me parece, y lo digo con pena, un fracaso de la humanidad. Puede que yo esté equivocado, pero me parece que no.
Tensión considerable a lo largo de la jornada, después de dos días de esos, te quedaban pocas ganas de hacer nada que no fuese descansar, al menos el cerebro y la tripa, esa que te avisa de que lo estás pasando mal cuando no quieres escuchar a tu quejumbrosa alma doliente, ahíta de responsabilidad. El día que nos dieron los primeros resultados, mucho más importantes que los de la escuela, hubo una sesión de tarde con películas infantiles en el Cine Palacios. Al terminar, corrimos todos al Colegio. Allí estaban colgadas las hojas en la puerta de fuera. Las más bajas, en mi caso, fueron un ocho en Gimnasia y en Formación del Espíritu Nacional. El resto, nueves, dieces y tres matrículas de Honor. Me sentí muy satisfecho, creo que de las veces que más orgulloso de mí mismo me he sentido.
Pasó el tiempo; progresivamente segundo, tercero y cuarto fueron difuminando mi estrella, un poco menos buenos los resultados, cada año que pasaba, aunque nunca suspendí ninguna en Junio. Según mi padre, curtido ya por haber estudiado en época anterior en la que todo era mucho más difícil , no había que felicitarme para nada, ya que yo estaba, pura y llanamente, cumpliendo con mi obligación; ni más ni menos que lo que se esperaba de mí. Esa sociedad castigaba a los malos, pero nunca, o pocas veces, premiaba a los buenos. Mi padre siempre tenía razón. Yo había cumplido con mi «deber impuesto» y lo que tenía que hacer es dar las gracias mil millones de veces al día por tener el inmenso privilegio de poder estudiar.
A nuestra clase asistían chicos y chicas de Cañamero, que venían a diario a clase y volvían a dormir a su pueblo. Jacinto, Julio Audije, que fue novio de Toñi Mauricio mucho después de aquella época y terminó casándose con ella. Mi amigo Sandalio, muy resalao, simpático. Trabaja aún en el Ayuntamiento de Cañamero, me llevaba francamente bien con él. Andábamos casi siempre juntos. Juan Ángel, cantautor de pro, la primera vez que oí cantar a alguien acompañándose con la guitarra fue a él…»Blowin in the wind» de Bob Dylan, en versión eclesiástica española, Frade,…Todos los de Cañamero parecían mayores que el resto , aunque no lo fueran, y estaban archidesarrollados en aspectos que muchos de nosotros ni olíamos, por ejemplo, a Julio Audije le entusiasmaba la historia, sobre todo la de España, terminó perteneciendo a partidos clandestinos de izquierda, antes del advenimiento de nuestra amañada democracia, y a mi me parecía el mayor pensador revolucionario a este lado del Mississipi. Sabía lo que quería, y aparentaba un grado de madurez apabullante.
Tengo que hablar de dos elementos geniales, que, además, se «iban» francamente, como anillo al dedo: Aurora y Claricia. Aurora, muy personal, iba claramente a lo suyo. Estaba coladísima por un tal Charles Bronson, actor de Hollywood de renombre; a mi no me parecía del todo guapo, pero la «colada» era ella. En cierta ocasión le traje alguna cartelera con su imagen. Para explicarme las matemáticas, mi padre utilizaba las carteleras de las películas que ya se habían proyectado. Y así hemos saturado con miles de operaciones los blancos reversos de fotogramas, tamaño folio, de películas archifamosas. Ahora no entiendo por qué nunca se me ocurrió conservarlas, habida cuenta que yo, por aquel entonces, lo coleccionaba todo. Seguramente pensaría que como «ya las había visto» para qué quería conservar recuerdos en foto. Ahora siento que hay obras inmensas cuya visión periódica se hace necesaria, porque todos maduramos y somos diferentes día a día y año a año, películones como «Doctor Zhivago», «Qué ruina de función», «El violinista en el tejado», «Camelot», «El Guateque», «la Vaquilla», «Amelie», «La huella», «El verdugo», «Novecento», «Brazil», «Inteligencia artificial», «Matrix», “Barry Lindon», «Il Gatopardo», «Muerte en Venecia», «La vida es bella», «La lista de Schindler», «Todas las mañanas del mundo», «El Golpe», las de Monty Pithon, y un largo etcétera; muchas otras más, son dignas de volver a ser contempladas unas cuantas veces a lo largo de la existencia. El mensaje de algunas es tan denso y complicado que se necesitan muchos niveles de maduración diferentes para apreciar su inmensidad. Nathalie dice que una vida entera es insuficiente para «darle la vuelta completa» a cualquier persona. Yo lo digo de las personas, así como de las grandes obras literarias y artísticas. El cine es una maravilla, y algunas obras son realmente mágicas. Aurora era feliz cada vez que yo encontraba una cartelera con el rostro de su Charles Bronson y a mí me costaba más bien poco acarreársela.
Aurora era grande, muy buen tipo. Pelo lacio y largo . Morena. Guapa. Atrevida y osada. Desenvuelta de sí misma, a tal punto que parecía capaz de nadar en las más turbulentas aguas , casi sin mojarse. Esencialmente libre, con unas ganas de vivir y una madurez que a mí me resultaban locamente atractivas por despampanantes. A su lado iba Claricia, que no era, ni mucho menos, su antítesis, sino su complemento. Pelo corto y encrespado. Pelirrojilla. Pequeña. Pizpireta. Arriesgada. Guapa. Digna amiga de su íntima amiga y con las mismas ganas locas de vivir que ella, Aurora y Claricia eran uña y carne, no había tal sin cual. Se estimulaban una a la otra mientras hablaban y subían el listón, como las que no quieren la cosa. Siempre me han fascinado las mujeres muy mujeres, y estas dos, cada una a su aire, me lo parecían. Algo así como Maite Piñas y Toñi Mauricio. Esta pareja era similar, pero en versión «Logrosán», un poco diferente, las dos de Cañamero formaban algo… como más salvajemente natural. Ya me empezaba a dar cuenta de que la gente de cada pueblo tenía su idiosincrasia particular y que, lo que teníamos nosotros en casa por bueno, no era lo mismo que tenían en otra casa, pero es que, en el mismo pueblo, y, de un barrio a otro, cambiaba la mentalidad. Como formas de ser, sutilmente diferentes. De un pueblo a otro era aún más flagrante. A mí siempre me atrajo todo lo nuevo. Lo mío ya lo conocía bien, al menos, era lo que yo pensaba entonces.
Josefa Gómez era menuda. Morena, poco pelo, siempre corto. Reservada. Sencilla. En primero, tras los exámenes previos a la Navidad, sacó unas notas fatales por horribles. Nadie supo nunca qué fue lo que le pasó en su casa o qué le dirían, pero en la siguiente prueba casi fue la que mejores notas sacó. A partir de la segunda tanda de pruebas, con sólo diez añitos, Josefa fue capaz de dar la vuelta completa a su tortilla particular, encaramándose al podio de los mejores para nunca más descender de allí. Era una chica lúcida, muy lista, muy humilde, muy sensible, entre nosotros, creo que yo estaba un poco enamorado de ella, de ella y de todas, igual que todos. Pero nadie me había explicado nunca nada sobre ese resbaladizo terreno y yo, niño, pensaba que ya llegaría todo lo que tuviese que llegar. Lo que tuvo que llegar antes, llegó tarde, pero bien sembrado. Sinceramente, en ese aspecto, no me puedo quejar de esta vida. Josefa disfrutaba una especie de sublime belleza espiritual deslumbrante por sencilla, con algún eventual tinte de tristeza concomitante que no sabía yo muy bien de dónde podía venir. A mí me resultaba muy atractiva por su capacidad de aprenderlo todo, aparentemente sin esfuerzo. Su actitud y su persona me evocan en la actualidad una frase hecha basándome en el «Inch´Allah» de los árabes. «la vida es así porque Dios lo quiere («Inch´Allah»), yo tengo suficiente con estar y sentirme viva; necesito poco más. Si, es verdad que estudio y aprendo como la mejor de la clase, pero eso es muy fácil, siempre hay cosas más difíciles». Pasar de ser de los peores de la clase a ser casi la mejor en cuestión de semanas es algo muy grande. Nunca se quejaba de nada. Para más aclaraciones leer el capítulo «maravillosas mujeres» y… luego morir,…. Volví a verla, una vez, furtivamente en el «Lord Jim», la primera discoteca de Tomás. Allí le pregunté qué tal los estudios y me contestó que los había dejado. Me enfadé mucho con la Vida el día que me enteré que Josefa Gómez había dejado de estudiar. Había nacido con posibilidades de ser una gran persona en cualquier campo, desde aquí le deseo lo mejor en esta vida. Que allá donde se encuentre sea muy feliz porque haya encontrado la llave famosa, esa que está escondida en el corazón de cada uno.
Había Tres Mosqueteras: mi prima Toñi, Consuelo Montes, de la que no sé nada, y mi primera novia, la que sigue siendo una gran amiga, después de toda esta vida: Josefa Calles, guapísima, decidida, cariñosa, alegre, siempre riendo, feliz, tranquila y serena. Nunca iban separadas, eran una para todas y todas para una. Genial relación. Siempre la encontré divina. Era la expresión absoluta de la Felicidad cuando se encontraban juntas. De los hombres, hay que citar a Esteban «Mahoma», los hermanos José y Agustín Sanromán….más tarde llevaron el bar del ángulo noroccidental de la Plaza, el que anda ahora en manos de Tomás Jiménez, personaje que necesita un capítulo entero y seguro que lo va a tener. Sinceramente lo merece. Se recuerda aún la frase: «Terraza de los colorines: Lo servirán… volando….!!!». Contraataco para no ofender a nadie: «Si tiene los dientes lacios vaya a casa de Benigno Palacios», refranes de Adolfo Cabanillas, un cachondo mental como persona, aparte de muy buen médico y muy inteligente, al que tienen la suerte de disfrutar en Guadalupe, y al que, con casi total seguridad, se le hizo, en la consulta de Don Benigno, uno de los primeros implantes de Extremadura con expansión de cresta y trasplante de hueso usando PRGF (factores de crecimiento plaquetarios). Puedo decirlo, porque fui yo mismo el que lo realizó, y en una época en la que poca gente sabía qué era el PRGF (Se hace una toma de sangre y se extraen de ella plaquetas y fibrina. Las Cirugías cicatrizan entre dos y tres veces antes que si no se usan. Aviso a navegantes. Nos ahorraríamos una pasta en la Seguridad Social extremeña y seríamos la primera provincia en adaptar ese protocolo a todas sus cirugías. No comprendo cómo no se hace por Sistema. A ver si cae esta sencilla explicación en buenas manos, ¿lo digo por Gregorio Montes (una lumbrera, chicos)?, o ¿Don Ezequiel? y podemos beneficiar a las personas y al Sistema sanitario de la Tierra…).
De José y Agustín Sanromán se podria escribir un libro completo. Eran de mi barrio, y me reservo, por derecho, el hablar de las luminarias de Santa Lucía y explayarme con sus personas. También estaban José González, un encanto absoluto, Justo Díaz, el hijo del fotógrafo, del que ya he tenido ocasión de escribir y no será la última vez, Juan Serrano, «Busito», mis amigas del carallo Antonia Mauricio, rompecorazones a tope, y Maite Piñas, la sensibilidad poética personalizada. Los últimos años íbamos a la escuela de la Pepita, hacíamos poco y estudiábamos mucho menos, pero…que nos quiten lo bailao a ella y a mí, que, sin ser conscientes, hemos pasado los mejores momentos de la vida juntos y revueltos alrededor de una mesa camilla, y nos hemos reído de todo lo que había que reir. Gran escritora que ya no quiere escribir, aunque podría haberse ganado el cielo y la gloria haciéndolo, os lo digo yo, que nunca miento, compuso la letra de una canción que bien pudiera ser algún dia el himno de la Extremadura que conocimos, a la que yo puse música y que ando redondeando aún desde aquellos años. Cuarenta y tantos han pasado ya. Algún día la escucharemos, es una promesa solemne a partir de ahora.
Luisa Expósito, Bautista Morano, la bellísima María santiago, Fernando Pedrero, luego alcalde de Logrosán muchos años, Diego Fernández, Paco «Capote», el mote se lo pusimos un día que entró en clase de Doña Antonia diciendo algo parecido a «es que se me ha olvidado en casa el capote». Nuestro «padre», el de todos, Don Vicente Calzada García, ya citado dos veces en estos escritos por trasto irremediable, a la par que insustituíble por encantador, alias «Chichibú». Tenía la gran fortuna de vivir en una casa que debía oler a pan divinamente todo el día, porque era el horno de mi barrio, mi gran amigo Gabriel González, alias «Rex», heredó el mote de un primo suyo mayor que vivía cerca de otro alumno: Juan Francisco Caminero, en tres palabras: «mi otro yo» en todo ese período. Manolo Salao, otro gran amigo que, además era vecino.
Termino todo lo relativo al colegio y sus habitantes hablando de una excursión que hicimos a la Sierra de Cañamero, el salto del moro, creo que se llamaba. Las fuentes del Ruecas. Un día de verano temprano quedamos para pasar el día de excursión. Nos acompañaron los amigos de Cañamero, y nos acompañó mi primo Jacinto, un hermano más que primo. Excursión gloriosa, creo que todos guardamos grato recuerdo, subimos a ver pinturas rupestres sorteando jaras y nos lo pasamos genial. A la vuelta, encontrándome descolgado del grueso del pelotón, en un valle, empecé a cantar y solté la voz, me pareció que sonaba, la solté de nuevo a pleno pulmón y sentí una sensación de poder y vitalidad que ya siempre busqué desde ese momento, había comenzado mi eterna relación con la voz, cuyo estudio me sigue maravillando y seduciendo. He gastado en trabajar mi voz lo que no está escrito, sangre, sudor y lágrimas. Pero siempre merece la pena. Yo soy, siempre lo he sido, lo supe desde una edad temprana, músico y cantante.
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