CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana

   ARTISTAS DE COLE, LA PATRULLA “X” Y LA PRIMERA EXPERIENCIA METAFÍSICA

Por Manuel Palacios.

 POSTAL LOGROSÁN AÑOS 70 (1)      Termino de presentaros a los pocos compañeros de curso que quedan por presentar, Enrique Piñas, Antonio Arroyo, hijo de «la Dora», que llevaba un quiosquito verde en el Arroyo. Que me perdone todo el mundo el olvido de éste cuando hablé de dichos establecimientos, por la sencilla razón de que aquel no era mi barrio. Antonio estaba rellenito, de los míos, en mi caso he llegado a pesar 65 kilos con doce años, pero él si era buen futbolista y corría que se las pelaba, con todo su exceso de peso, no como yo, gordo más estático y plácido, demasiado tranquilo, según el término de Don Emilio: «cachazudo». Miguel Pulido,  muy buen dibujante y muy artista, siempre acompañado de un amigo inseparable, otra persona de la que no puedo dejar de hablar: Enrique Blázquez. 

      Enrique Blázquez es un chico que, aparentemente, nació ya maduro cuando muchos de los demás nos econtrábamos en el julay julay del limbo terrenal. Poco hablador, un tanto introvertido, buenísima persona y con unas cuantas cualidades encomiables. El mejor de la clase en Trabajos Manuales y Dibujo, junto a su amigo Miguel. Pintaba y trabajaba volúmenes de forma exquisita, se hacía querer por discreción y seriedad, nunca lo he visto meterse con nadie  y siempre andaba a lo que le tocaba. Si pintaba algo glorioso no importaba que una troupe entera lo rodeara extasiándose con el trabajo, él no le daba la menor importancia, ni se daba coba, ni presumía, habiendo podido muy bien hacerlo. Uno de los alumnos con más personalidad y equilibrio, en todos los aspectos, que conocí en esa época. Pintaba y creaba belleza, sin darle la menor importancia ni alardear. Sé que el artista, dormido en el fondo del alma, puede pasar una vida entera, y el artista sencillo tiene muchísimo camino recorrido antes de empezar a ser de los mejores . De verdad, me dolió mucho el día que su mujer me dijo que no pintaba. 

     Desde aquí comparto lo que pienso, aprovechando este personaje: El esquema de  forma de vivir al que nos hemos tenido que adaptar, consta de tres tramos de, entre 25 y 30 años cada uno: en el primero, normalmente,  no puedes, o no te dejan expresarte, en el raro caso de que tengas mucho que expresar o contar. Tienes que hacer lo que te dicen tus padres, estudiar,  comenzar a aprender un trabajo, divertirte acompañado, incluso por obligación, para que comience a crearse tu solvencia social, la capacidad de relacionarte sin problemas con otras personas y el aprender a pensar y cultivarse. La segunda época, empieza con el matrimonio y es mucho más absorbente. Consagrado al trabajo que sea, pocas veces puedes disponer de tiempo que no sea para relajarte y vivir un poco disfrutando de esa familia, cuidando  hijos sin descuidar a los mayores. La tercera fase de la vida es nuestra. Ya nos queda menos para largarnos a donde sea, ya podemos decir lo que nos salga de la pituitaria y los hijos vuelan con alas propias. Es nuestro momento. Disponemos cada vez más del tiempo que antes no teníamos. Ahora podemos ser nosotros mismos. Sabemos quienes somos, nunca es demasiado tarde. Sabemos lo que queremos y adónde vamos, hemos madurado, si no estamos maduros…en ese caso…malo malo, alguien nos está teniendo que soportar. La sensibilidad del artista se ha enriquecido (no es porque él se llame Enrique). Absolutamente todo lo que existe alrededor, a mano, en el mundo que disfrutamos, es fuente de nuestra inspiración para hacer lo que siempre hayamos querido hacer o para estudiar lo que siempre hayamos querido estudiar. Todo lo que necesitamos para vivir lo hemos aprendido a base de bofetadas de la Vida o nos lo han dicho cincuenta veces de cincuenta maneras diferentes, si hemos tenido la suerte de  meditar y comprender. Un ejemplo, del que ya hablé, la frase hecha:  «mens sana in corpore sano» . Hemos escuchado tantas veces eso …que nos resbala. Las frases hechas contienen todo el conocimiento, pero de tanto haberlas escuchado de bocas , a veces,  recriminatorias, con la sanísima intención de  «hacernos la moral» (galicismo que me viene como anillo al dedo) las tenemos como manidas, si no es profunda tirria la que nos suscitan. En el último tercio de la vida, el que nos pertenece a cada uno por derecho y sin ningún tipo de discusión, nos hallamos con toda la experiencia vital acumulada  a nuestros pies, teñida y ceñida con el color de gratos recuerdos y de los otros, esos malos y desagradables de los que se aprenden las mejores lecciones. Raíces profundas que permitan florecer al árbol que somos. Los árboles que tardan mucho en crecer, madurar y florecer, casi siempre dan las flores más bonitas, precursoras de los  mejores frutos ,  en el caso de que  no hayan podido hacerlo con anterioridad, empujados e influidos por ese injusto Sistema que nos maneja, discrimina y desiguala, y que nos negó la posibilidad de expresar el ser por robarnos, siempre en exceso, nuestros recursos, nuestra atención y nuestro tiempo.     

      Es curioso que los miembros de la  especie humana, en teoría, sólo en teoría, la más «guay» e inteligente de las especies, tengamos  que vernos obligados a trabajar como chinos y aguantar de todo,  para poder vivir , contribuyendo, en los países civilizados, y, simplemente por absoluta inercia, al mantenimiento de ese Sistema completamente injusto y  que nos obliga, el que  quiera verlo, deje de mirar el Sálvame o el fútbol y  abra los ojos,  bien a trepar, explotar  y robar, bien a  ser conniventes comprensivos con quienes trepan, explotan y roban, para ser una pieza valorada de ese Sistema que obliga a la gente honesta a producir más y más y no te puedes salir del esquema sin entrar en la marginación social…¿¿¿Cómo podemos decir que la nuestra es una especie inteligente????…Los inteligentes, jetas o listillos, son aquellos que se aprovechan del esfuerzo de los demás. Hay muchos y están muy bien organizados. Si quieres prosperar, les tienes que ofrecer tu juventud, tu madurez y tu mejor trabajo para poder disponer de un poco de holgura. Sé que, según vayamos avanzando, el número de este tipo  de personas, francamente indeseables,  irá disminuyendo, pero, en la Historia de la Humanidad nunca hubo tantos como ahora, y todos ellos, que, seguro que lo creen a pies juntillas,  se merecen todo lo que ganan sin dar un palo al agua, normalmente son más o menos inconscientes de ese hecho y de que estén haciendo tanto daño a sus hermanos planetarios. Así que, Enrique Blázquez, me erijo en Manolo Palacios para decírselo, porque sé que  mucha gente piensa lo mismo que yo. Sabemos que lleva un gran artista dentro, a lo mejor anda perdido, pero siempre lo hemos esperado sin decir nada. Tiene que pillar pinceles, óleos, carboncillo, lápices, acuarela, cera, pastel, madera, cerámica, barro, mármol, o lo que quier,  y empezar la obra necesaria para  expresar su ser. Sé que , tarde o temprano, lo hará, y le deseo que empiece lo antes posible, que la vida es corta, y la única parte que nos han dejado para nosotros…acelera que se las pela. 

     Asistía también Enrique, a la escuela de  mecanografía de Ramona Abril, una mujer trabajadora y emprendedora de primera fila a la que todo el mundo conoce. Su centro se encontraba,  al principio,  por las traseras de las escuelas nuevas, luego  se trasladó por la zona del Arroyo, Enrique era allí  el récord absoluto de pulsaciones por minuto. A mí me hubiera encantado acudir, porque mi amigo Juan Francisco también iba, y se lo pedí a mi padre, pero Don Benigno se negó en rotundo. Mi hijo no va a estudiar para ser un oficinista…No digo nada. Había una máquina de escribir en casa, una «Kolibrí» y yo me vengaba, al pasar horas muertas, siempre medio a escondidas de mi padre, copiando textos con dos dedos. Un día llegué y descubrí, con terror, que mi padre se la había regalado a Elena Ceballos, pariente lejana nuestra que venía a estudiar de Garciaz. Era muy simpática. Todos nos llevábamos muy bien con ella, estudiaba junto a mi primo Juanito , bueno,  estudiar, estudiar, era más bien poco, aquello era ji ji ja ja, porque se lo pasaban muy bien, incluída mi persona cuando asistía a sus estudios, cosa que me ha sucedido en varias ocasiones. Yo tampoco me puedo quejar, que el ji ji ja ja particular mío, era estudiando por las tardes con Mayte Piñas en la escuela de la Pepita, Pepita, por aquel entonces, se ausentaba de vez en cuando. Con el pretexto de asimilar y homologar conocimientos alrededor de una camilla con brasero, disfrutábamos mucho más de inolvidables y completamente improductivos ratos en armonía,  buena compañía y mejor conversación, que de letras y ciencias . Lo del ji ji ja ja es necesario a partir de la infancia, uno tiene que reirse mucho para poder crecer, y allí donde te parece que estás perdiendo el tiempo, resulta que lo que haces es crear patrones de relación que te van a durar toda la vida. Mis notas?….de bajada tranquila por casi imperceptiva, pero cruelmente sostenida….

             Y lo mismo que le he dicho a Enrique, se lo voy a decir a Maite Piñas. Maite, guapita de cara, a ver si de una puñetera vez nos haces el favor de empezar a escribir en serio, que las neuronas de tu corteza cerebral creativa y la zona del lenguaje  se están quedando agostadas por acostadas, con tanto mosquito de Huelva, tanto mar, tanta concha de playa, tanto pescaíto frito rico, tanta coquina y tanta felicidad a raudales, esa que te mereces, seguro, igual que todos. Pero deja algo de tiempo para escribir, todos sabemos que lo haces exquisitamente bien. Yo te prometo que, ayudado por mi gran familia musical, y todo gracias a mi Nathalie del alma, esa señora tan especial, te pondremos la música a ese texto que creaste con sólo once añitos, y que bien podría ser un buen himno para Extremadura. Sin tu permiso, esperando que me perdones….aquí lo planto, tú me perdonarás.

      A MI EXTREMADURA (me lo diste sin título, y éste lo he puesto yo, pero se cambia cuando apetezca)

       Dejé un jirón de alma

       en cada brizna de tu yerba.

       Yo te regalé miradas

        y tú un  cielo de estrellas,

       intercambio que no sirve para nada.

       guardé tu soledad en mis bolsillos

       para alejarla toda

       y se metió entre mi vestido,

       ahora estamos las dos solas.

       Bebí los rayos de tu sol hasta saciarme,

       me comí tu pobreza para no morir de hambre.

       Me creaste, como tú, sola y sedienta, 

       esperando el grito de «¡Adelante!»

       ¡Levántate, yo ya estoy despierta!

       ¡Vamos entre los dos a hacer verdades!

       ¡Olvídate el olvido y la impotencia!

       ¡Empecemos a luchar, que nunca es tarde!

       ¡Solas y sedientas, pero no cobardes!

       ¡Solas y sedientas!…..

       ……¡¡¡Pero no cobardes!!!

                                      MAITE PIÑAS FERNÁNDEZ

      Maite, gracias por todo, por tu amistad eterna a pesar de los escollos, la lejanía y las vicisitudes de la vida. Agradézcote antes de tiempo, que cojas un papel y un boli, o el teclado de un ordenador y ¡¡¡empieces ya…que el público se va!!!!….Ya se han largado unos cuántos. No podemos esperar más.

      Pusieron una sala de Juegos  en la Plaza, donde se encuentra ahora el supermercado. Las tres perrinas que nos daban los padres el finde, empezaron a gastarse allí, en vez de en el kiosco de la Coscurrera. Futbolines, máquinitas tragaperras no muy complicadas, una frase genial de  Maite Piñas, la de la poesía, vereis: «¡¡Quién fuera máquina (o futbolín, ¿por qué no?), para estar todo el día entre vuestros brazos!!», ni con esas nos enterábamos. En la sala de juegos las chicas eran prácticamente inexistentes: Al fondo, a la derecha se subía a otra sala que disponía de   dos mesas de  ping pong, juego muy vicioso, con cuya pagada práctica  aprendimos  el valor de la cuarta dimensión  por primera vez en nuestra vida. Costaba  en función del tiempo que se jugaba. Dicho tiempo era precisamente medido con un precioso reloj verde que se convirtió poco a poco en odioso. Cuando no hay que pagarlo, el tiempo pasa tranquilo y relajado, pero si cotizas por una actividad que te gusta, todos estamos de acuerdo en que ese mismo tiempo pasa demasiado deprisa, ¡¡a que sí!!. De un cuarto de hora casi ni te enterabas. Normalmente tú empezabas a jugar, y, como se te fuera el santo al cielo…al salir te daba un telele, ¿tanto tiempo llevábamos jugando?. El ping pong se comía todo tu pecunio sin que tú, casi, osaras respirar,  y eso que no te dejaba prácticamente sitio para moverte, porque las mesas estaban encajonadillas  entre dos paredes. También había una mesa de billar preciosa, para mí carísimo, inabordable, al principio, aunque, con el tiempo, todo se anduvo. Los domingos por la mañana, siempre después de la misa de once, el grupo formado por  Pepe González, Juan Casco, Fernando Pedrero y Gabriel González, alias «Rex», como el Tiranosaurus, (entonces eso no lo sabíamos, porque si lo hubiésemos sabido habría sido mucho peor, lo digo por el cachondeo) se citaban para aprender juntos a jugar a ese noble juego, aprendían todos de todos y todos con todos, aquello yo lo veía, y lo sigo viendo, extremadamente difícil, soy muy malo, el primo Jacinto me pega unos palizones del carallo siempre que se nos ocurre jugar.

      Empecé a coger una peseta a diario, cuando terminaba de estudiar, de siete a nueve de la tarde, para gastármela en la primera máquina de «Petaco», pequeñita, a la izquierda.

      Primero fue una o dos veces a la semana, luego era todos los días, mi mama Nina empezó a mosquearse, yo me iba, jugaba a la misma simplicísima y electromecánica «Petaco»,  precursora de los absorbentes juegos de ordenador actuales y cultura del ocio expandida que, intoxicando la corteza visual del cerebro anulan la comunicación entre humanos, mientras los ladrones, aprovechando la distracción continuada de la conciencia, nos roban hasta la sombra. A veces, no siempre, sacaba partida gratis. Total:  una sola peseta me duraba a lo sumo diez minutos.             Luego me volvía a casa, pero esa actividad, tan poco edificante, no se contemplaba en los de rígidos planes  educativos de la España de postpostguerra tardía. Don Emilio habló con Don Benigno en el curso de una boda o comilona, y le dijo que me sacara de Logrosán si quería que yo hiciese estudios superiores, así se empezó a fraguar la idea de llevarme a un colegio interno, en el que dieron mis huesos con la edad de catorce años y que me sirvió, sobre todo para bien, pero preguntadme a mí si es bueno llevar a un niño a un Internado, siempre voy a contestar que NO, no en mi caso, al menos, no a aquel recinto donde imperaba la ley del más fuerte y los abusos de esos sobre los más desprotegidos.  Ríete tú de nuestro injusto Sistema, allí los «putos amos», me llegaron a dar un empujón, solamente por verme contento.  Los niños de diez a doce años mezclados con adolescentes de todo tipo, algunos tremendamente mal educados. Los había que tenían hermanos mayores. Yo no. Allí  aprendí que no todo el mundo era bueno, también hay mucha gente  mala, aprovechada, abusona de todo, envidiosa y ladrona,  y lo que debía yo hacer, tierna personilla, , era pasar desapercibido en la mayor medida posible y siempre que pudiera. 

      En el viaje para llevarme a Guadalajara,  se repitió demasiado, con asiduo retintín, de labios de mi padre,  una frase que se me ha quedado clavada profundizando en el  encéfalo hasta mi más antiguo cerebro de reptil: «¡¡Qué duro es el destete!!». Ahora respondo yo, cuarenta años después. Sí, es muy duro el  destete del campo, de la buena gente, de la libertad que te ofrece un pueblo, del contacto con la Naturaleza, de la sencillez de la vida, del cariño de tu familia y los que te quieren, en una palabra: el destete de mi Paraíso perdido y nunca recuperado, porque luego todo cambió deprisa. Y eso en aras de estudiar, trabajar y sufrir penalidades con el objeto de obtener una sólida formación que te permita ser inmolado, tarde o temprano, en el altar del progreso de la sociedad, ese del que se van a aprovechar, directa e indirectamente, además de tus seres queridos y desconocidos necesitados, cosa que me parece muy bien,  mucha de la mala gente indeseable que empezó a circular por mi vida en el Colegio de Guadalajara y siguió circulando después,  haciendo daño por nuestro mundo, estén donde estén, aunque sea la Cochinchina, ¿quereis un ejemplo?, pues…por allí, mi Colegio,  había pasado,  un tal «De Juana Chaos», etarra, asesino, desgraciadamente conocido por todos, y, de alguna forma, pariente del fundador del Cole, un gran cirujano, presidente de los Colegios de Médicos de España:  Alfonso de la Fuente Chaos. De todas formas, en el Internado siempre tuve amigos de esos que no dan problemas. Hay muy buena gente por todas partes y prefiero acordarme solamente de la buena. 

    Volvemos a Logrosán. Jugábamos mucho al ajedrez, Justo, también un gran campeón en  ping pong, Juan Francisco y yo. Siempre me ha gustado el ajedrez, pero nunca he sido una lumbrera. También es verdad que es algo muy grande, inmenso, necesita mucha dedicación y estudio y yo lo hice en su tiempo, pero no me llamaron las Musas por ese camino. No paso de jugar medio bien, a veces con ideas geniales y muchas otras acumulando errores de principiante por impulsivo emocional y falta de tranquilidad para pensar la siguiente jugada. De todas formas, no me apaño mal. 

    Entre unos cuántos, mi muy querido amigo Juan Francisco, sus dos hermanos, Pedro y José, su primo Miguel, mi primo Simbi, Antonio González, alias «el negro»,  hermano de mi amigo Gabriel «Rex», Juan José Ramos y un servidor, organizamos un grupo especializado en aventura y espionaje: la PIJX  (Patrulla informativa juvenil»X»). Teóricamente servíamos para proporcionar información a  la gente  que la solicitara, algo así como una agencia del tipo «Método 3». Los mayores éramos Juan Francisco y un servidor. Que yo sepa, todos teníamos bicicletas, todos pasábamos los santos días de un sitio para otro moviéndonos, frío, calor, campo, sierra, río, terrenos coloraos, Olivilla,…. Teníamos un cuartel general de observación que aún existe, una higuera a tres metros de altura que domina la cuesta de la mina y desde donde podíamos observar sin ser vistos, gracias a la maleza, que dejaba una zona limpia alrededor del tronco, en la que nos sentábamos y pasábamos las horas vigilando qué coches pasaban, quiénes iban dentro y hacia donde se dirigían. Más tarde tuvimos otro «terreno» en el que comenzamos a fabricar una casita con bloques de adobe, creo que llegamos a hacer un murete entero, la parcela estaba llena de zarzas y aún existe, se entraba por la carretera de Berzocana. Me eligieron de jefe a mí. No sabían lo que estaban haciendo. Es raro que yo dé una orden. Estoy más que vacunadísimo por gente muy mandona que me ha caido encima desde mi toma de conciencia, no hagas a otros lo que no te gustaría que te hicieran a tí, no censures en los demás lo que tú te consientes a tí mismo. En principio lo que me interesaba era que todo el mundo se encontrara agusto, pero también  me gustaba mandar y vivir como un rajá, sin dar un palo al agua, a lo sumo….órdenes. Poníamos una perra gorda de vez en cuando como fondo para «desarrollo», y, creo recordar , cuando me fui al Internado, terminándoseme la vida de paraíso, había como catorce pesetas con su respectiva contabilidad. Os las debo aún a todos, quiero que lo sepais, yo no olvido. 

     La patrulla X era una forma de vida, hija de una imaginación colectiva desbordante…espiábamos, o queríamos espiar, nos escondíamos de todo, veíamos la tele y aplicábamos, en plena naturaleza, las aventuras leídas en los libros, del cine o de las películas de Mannix, Bronco, el Capitán Trueno, Daniel Boone, El Virginiano, Bonanza, Superagente 86, James Bond, Jery Cotton, Kojack (aunque este vino después), etc…

     Con mi pandilla, la «Patrulla X»,  hemos recorrido,en bicicleta, la Ceca, la Meca y el Valle´Andorra. En verano venían con nosotros otros elementos que sólo se podían encontrar en vacaciones, ¿ejemplo?: mi querido primo Jacinto. 

     Toca una anécdota «esotérica» o metafísica. Era una tarde de verano, no hacía mucho calor. Andaba yo jugando al tenis contra nuestro amigo Charly, éste se llamaba así por aquella canción «se llamaba Charlie…» y que hablaba de una paloma, en la desatendida pista de Logrosán, cuya «red», muchas veces era una simple cuerda atada entre  postes que separaba los dos campos, cuando, de repente, escuché el cacareo de una gallina, me quedé inmóvil en medio de la pista sin ni siquiera correr a pegarle a la bola, y sentí que algo le había pasado a mi primo Jacinto. Perdí el punto del partido y seguí entre «enmimismado» y anonadado un ratito, sin decir nada, creo que el Charly hasta se mosqueó. En castellano se dice «ensimismado», pero invento el término porque, francamente, me gusta. También cabría «entutustado», delirium tremens semántico sin visos de futuro, pero contundentemente lógico, lo he aprendido de Juan Bautista Morano…..Continuamos el partido alegremente, pero luego, cuando llegué a casa, mi abuela me dijo que Jacinto había tenido un accidente muy grave, se lo habían llevado a Cáceres, y estaba inconsciente, curiosamente él había estado en Cáceres con mi padre y conmigo esa misma mañana arreglando los papeles para llevar mi expediente a mi nuevo colegio , el Intituto «Brianda de Mendoza» de Guadalajara. Curiosamente lo llevaron  a la misma habitación en la que yo había estado ingresado con cinco años, y a punto de morir por una peritonitis. Recordé el asunto del cacareo y la pista. No se lo conté a nadie hasta veinte años después, ni a mi propio primo. Él, y unos cuantos amigos de «quinta», habían ido en bici hasta el cruce del Palenque, Jacinto siempre llevaba  una pequeñita. Echaron una carrera. Ya conocemos el famoso Sistema,»Competition…, competition…, all is competition , and all is always competition.. «. El que primero tocase el cartel, al otro lado del cruce, ganaba. Jacinto aceleró, solo contra todos, igual que el resto, con la inmensa mala suerte de ser el que disponía de  la mejor forma física del grupo . Y fue su mismo cuerpo físico el que, antes de tocar el indicador, cruzó su trayectoria con un coche que iba hacia Navalvillar de Pela. Fue atropellado. Se dejó un cuarto de rodilla en la grava desalquitranada que hacía prácticamente impracticable la carretera de «el Pinar», menos mal que los firmes eran un desastre, si no, al día de hoy, mi primo sería solamente un recuerdo. El conductor bajó, completamente trastornado de su coche y lo recogió inconsciente de la carretera, creyendo que acababa de atropellar a su propio hijo. A su hijo, el auténtico, lo mandó más tarde a casa de Inés y Goyo para que viéramos todos que se parecían como dos gotas de agua, lo comprobamos. Bonita historia sin secuela, pero con moraleja. 

      Fui a ver al Hospital a Jacinto acompañado de  May, el atropellado por confiado hablaba aún un poco mal. Cuando me vio, lo primero que me dijo fue: Manolo, ¿¿¿tú vas a ir a un instituto que se llama «Brianda de Mendoza»???. Todos empezamos a tomar nota de que las carreteras y los caminos vecinales estaban dejando, poco a poco, de ser terrenos seguros para proyectos de adolescentes sin carnet de identidad conduciendo bicicletas sin matrícula del ayuntamiento para vehículos sin motor.