Minas de Logrosán en ascenso imparable

Este pasado puente de los Santos se han multiplicado por 6 el número de visitantes respecto al 2012,  año de su apertura al público.
cartel minas de logrosánLas visitas a la mina han crecido exponencialmente de su apertura hace ya cuatro años; especialmente en ciertas épocas del año en las que las visitas son especialmente numerosas como en los puentes y fines de semana largos, la Semana Santa o el mes de agosto.  Se ha convertido en uno de los mayores atractivos del geoparque y uno de los geositios más visitados y que más sorprende a los que se adentran por primera vez en las entrañas de la tierras logrosanas.
El puente de los Santos es tradicionalmente  una de las fechas de mayor afluencia de público. Este año han sido 250 los visitantes que han conocido nuestra Mina Costanaza con todos sus anexos: museo geominero y centro de interpretación. Esto supone 6 veces más que en 2012. Las estadísticas en esa señalada fecha ha ido creciendo de esta manera según datos ofrecidos por “Minas de Logrosán”:
Año 2012: 41 visitas
Año 2013: 72 visitas
Año 2014: 47 visitas
Año 2015: 163 visitas
Año 2016: 250 visitas

(viene del periódico Extremadura) La Mina Costanaza, que trajo años de esplendor a Logrosán, reabrió en 2012 para mostrar al público lo que hasta ese momento sólo habían visto los picadores y barreneros que extraían fosfatos para la fabricación de abonos en los siglos XIX y XX .

Fueron los ingleses los que llegaron a Logrosán en busca del mineral fluorapatito demandado durante la Revolución Industrial y lo encontraron. En 1863 comenzaron a explotar la zona superficial de este yacimiento que pronto se convirtió en el pozo más grande de fosfatos de Europa, ya que se extiende por una falla tectónica de 5 kilómetros de longitud y más de 200 metros de profundidad. Sin protección, si acaso cascos caseros elaborados con arcilla, los mineros fueron profundizando en la tierra y abriendo pozos a base de dinamita a partir de 1907, tras 20 años sin actividad por la falta de entendimiento entre propietario y empresa por el alquiler del terreno. Tras la superficie, abrieron una primera galería, una segunda, una tercera,… hasta alcanzar más de 200 metros de profundidad, donde trabajaron los últimos mineros de Costanaza hasta 1946, cuando cesó la actividad.

Pero fueron los años 20 los de mayor esplendor bajo la oscuridad. El pueblo entonces llegó a sumar hasta más de 10.000 habitantes. EntreLa mina de Logrosán se abrirá al público del 2 al 15 de agosto. ellos estaba Juan Miguel Martín, que acababa de nacer y hoy es de los últimos que tienen recuerdos vivos de aquella mina. El iba prácticamente cada día a llevar a su padre la sopa de patata y pan que le preparaba su madre para almorzar o cenar, dependiendo del turno que le tocara. Apenas tenía 8 años pero ya se emocionaba cuando veía a los mineros bajar por esas jaulas a gran velocidad. “La mayoría de las veces entraban cantando, pero me daba mucha pena verlos desaparecer debajo de la tierra. Me entraban hasta ganas de llorar”, recuerda hoy con 94 años y la misma emoción de entonces.

Su padre, como muchos vecinos de Logrosán y de otros lugares, trabajaba en el yacimiento. Era fogonero, uno de los encargados de echar carbón a los motores con los que funcionaban las jaulas y que entre todos limpiaban los domingos, que era el único día de la semana que no se bajaba a picar. Su hermano mayor, Fausto, también estuvo en la mina. Se convirtió en barrenero con 14 años. En nómina, el yacimiento llegó a tener hasta más de 300 trabajadores, que coganaban por entonces entre 4 y 5 pesetas al día, sin contar otros muchos empleados en servicios derivados de la extracción, como el propio Juan Miguel, que luego se convertiría en transportista de fosfato. “Por entonces venía gente hasta del País Vasco a trabajar aquí, sobre todo camioneros”, cuenta Mari Paz Dorado, responsable de esta mina, cuyo proyecto de rehabilitación surgió por casualidad.

“Todos los vecinos conocíamos la existencia de la mina porque incluso antes se estudiaba en los libros de texto, pero la idea de ponerla en valor surgió tras la petición del Servicio Extremeño de Salud de adquirir unos terrenos para construir un nuevo centro de salud en el pueblo; el ayuntamiento los compró y comenzó a investigar sobre su valor”, cuenta Dorado, que junto con Francisca Piñas se encargan de guiar las visitas por el interior de la mina, en las dos galería abiertas –apenas 25 metros, el resto suele estar inundado–.

En poco más de un año que lleva abierta al público han recibido casi 9.000 visitantes, algunos ilustres geólogos y arqueólogos incluso del British Museum de Londres. “La aceptación está siendo muy buena. La gente se sorprende de ver lo que hay aquí y ha estado tanto tiempo sin conocer. Hay algunos vecinos a los que les trae malos recuerdos porque algún familiar trabajó aquí en condiciones duras, pero cuando nos visitan se alegran porque esto es un homenaje a esos hombres que se han dejado aquí el pellejo”.

Sacar a la luz los tesoros que cobija este gran yacimiento no ha sido fácil. El proyecto, que puso en marcha el Ayuntamiento de Logrosán hace cinco años con fondos propios, de la Junta y la Diputación, se engloba dentro de una iniciativa más amplia que pretende rescatar los yacimientos mineros de la zona, denominado Minas de Logrosán. Costanaza ha sido el primer reto superado y el más complejo, pero aún quedan cosas por hacer. “Hicimos un primer proyecto en el que intentamos dejar la mina lo más a la vista posible, sin tapar nada de roca para darle valor geológico, pero las lluvias de los últimos años pusieron en peligro la seguridad de la mina en algunas zonas y tuvimos que poner entibados en los sitios más conflictivos, y seguimos vigilantes”, dice Dorado.

A principios del siglo XX la seguridad era escasa en la mina, pese a ello no constan muchos accidentes. “El más sonado fue la muerte de un minero por un derrumbe justo el día después de su boda”, relata Dorado. Los peores recuerdos los dejan las muertes tempranas por la silicosis, del polvo de las detonaciones, las barrenas y los martillos, o por pulmonía, por la gran humedad de la mina. “Respiraban el polvo y soportaban las explosiones sin ninguna protección”. Menos sufrida era la labor de las mujeres que también se ganaban el pan en la minería, aunque las condiciones eran también duras. Ellas se encargaban de limpiar y clasificar los minerales antes de pasarlos al molino que trituraba las rocas que contenían los filones de fosforita. Cuando el mineral estaba molido y separado se transportaba hasta Aldea Moret, en Cáceres, en carros tirados por bueyes que podían tardar hasta una semana en recorrer apenas 90 kilómetros. Aquí eran llevados en tren hasta el destino final: la fábrica de abonos Mirat de Salamanca. A partir de 1922 el material también se transportaba a Villanueva de la Serena, tras la apertura de una fábrica de abonos cuando se creó la sociedad anónima Fosfatos de Logrosán.

Pero en ocasiones, el abono se fabricaba en la propia mina. Junto al yacimiento, se ubicaba también una fábrica de ácido sulfúrico, necesario para diluir la fosforita, ya que no es soluble al agua. El se daba solo cuando el material molido no era de muy buena calidad y no resultaba rentable el transporte. Y es que “costaba más del doble transportar el mineral molido que extraerlo de la mina”, cuenta Dorado. Esta fue una de las razones por las que se pidió el ferrocarril en la zona. En 1926 comenzó la construcción de una línea ferroviaria entre Villanueva de la Serena, Logrósan y Talavera, pero el tren nunca llegó a circular. El trazado se abandonó después de la Guerra Civil. La baja rentabilidad del fosfato y la utilización de excrementos de aves en el norte de Africa para la elaboración de abono, restaron peso a esta mina cacereña que comenzaba a decaer. La retirada del proyecto del tren acabó definitivamente con la actividad en la mina de Logrosán. Hasta ahora, que vuelve a ver luz al final del túnel.

Un centro de interpretación ubicado sobre la mina, en la carretera de Guadalupe, enseña al visitante los trabajos que durante 60 años se han llevado a cabo en esta mina. Cuenta también con un museo que recoge una exposición de minerales y que pronto será trasladado a otro antiguo edifico minero anexo. El acceso se realiza a la mina se realiza través del Pozo María, aunque hay más a lo largo de los 5 kilómetros de falla, llamada Costanaza por su desnivel.

Un moderno ascensor en el lugar de las jaulas mineras, desciende al visitante hasta el primer nivel de la mina, donde 70 años después se siguen contemplando los filones intactos de fosforita, la propia falla tectónica activa desde hace 350 millones de años, los entibados originales de ladrillos que garantizan la sujeción de la primera galería, la chimenea de aleación para que el aire entre,… Y donde también hay sonidos: martillos golpeando las rocas, detonaciones, vagonetas corriendo, que transportan al visitante a la historia extremeña. “Porque los mineros no son solo asturianos, como mucha gente piensa”. Para recordar este patrimonio de la región y aprovechando el proyecto de puesta en valor, Logrosán organizará el próximo congreso de la Sociedad Española para la Defensa del Patrimonio Geológico y Minero, del 25 al 28 de septiembre. Un motivo más para bajar a la mina.