LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: Canto de Verano

Manuel Palacios      Decir verano, en nuestra tierra, incluye aceptar, quieras o no,  un par de realidades indisolublemente unidas a esa estación: la más importante se deriva del período de vacaciones más largo del año, eternas parecían, incluso. Y eso significaba… ocio sin límite de tiempo, o tiempo, sin límite de ocio.  Malacostumbrarte a hacer lo que te salga de la panocha. Pisar en casa, lo justo para comer, cenar o dormir. Sin obligaciones diarias, o tener que rendir cuentas de ningún tipo, a ningún profesor, aparte de las clases matinales de recuerdo en la “escuela de la Pepita”, y que hacían, de esas vacaciones, “un tiempo algo menos salvaje…”. Quedabas tú solo, ante los peligrosos vicios, ya que dicen que “el ocio es la madre de todos los vicios….”, no dudo, en absoluto, de que “mamá ocio”, debe divertirse, y “a lo grande” con sus hijos, todos esos vicios. Esto es así, y  a mí me encanta que, tanto la gente, como los conceptos,  se lo pasen en grande. ¡Faltaría más…!.

    Otra realidad, lo quiera uno o no…, consiste en aceptar el astronómico, desquiciante, apabullante, y, a menudo  sofocante, rayando en delicuescente…CALOR. Lo escribo con mayúsculas porque Él es el personaje protagonista más importante del “verano”, el más antiguo, y el que nos va a sobrevivir a todos, así que….un respeto, por favor…!!!.

     Siestas de color eterno. Me refiero a mis primeros años de vida consciente. Aquellos en que, a mí, al menos, me obligaban, lo quisiera o no, a ir a la cama, para dormir. Todos sabemos que, a partir de cierta edad, los niños no tienen, en absoluto,  la misma necesidad del reparador paréntesis, ese yoga español, que los adultos. Que te quite alguien la siesta… ahora, a tus años,…a ver…¿ qué pasa?.

      Siempre  he sido  consciente de que algo no funcionaba igual, en los contradictorios y opuestos, llegando hasta el  enfrentamiento: ”en lucha sin cuartel”, mundos de adultos y niños….

      Un socorrido ejemplo: mi abuela me decía: “¡bébete la leche!”. Yo ya lo sabía, pero de todas formas probaba, …a ver, ….acercando mi mano, con mucho cuidado, a un escaso centímetro, y, sintiendo ya el calor…tomaba una decisión irrevocable: “Ni soñando, cojo ese vaso…!!!. Si lo cojo… me abraso la mano”. Entonces, ella, mi abuela, lo tomaba, en plan “Dora, la exploradora demostradora”. A mí, niño bastante niño, ya me sorprendía que lo pudiese mantener más de tres segundos, sin soltarlo, para no quemarse las uñas. Ella, alardeaba, sujetándolo más de cinco, entre sus nudosos dedos, y con aire, medio indiferente, medio ausente, sin darle la menor importancia, tras acercar sus labios al borde y probar el contenido, sin soplar, siquiera, sentenciaba….”esto no está caliente, está templado”…

    Nunca me obligó por las malas, tras cualquier exhibición de ese tipo. Y así,  terminé pensando que su “termómetro” debía ser bastante diferente al mío. En aquel instante, me obligué a mí mismo a no pensar, nunca, por otra persona, viejo, adulto, adolescente o niño, cuando fuese mayor, y a respetar cualquier “termómetro” de los demás, claro, en el caso de que fuese decididamente distinto al mío.

    Mama Nina me condenaba a echar  la siesta. Muchas veces  a su lado. Decía que no podía permitir que su nieto, a esas horas, fuese a dar la murga a casa de nadie. Manolín, ya, a esa tierna edad, rebelde sin causa, y culo de mal asiento intelectual,  tendía a pensar que los demás niños,  se encontraban, por sistema, en el mismo caso que el suyo, y ¡no se equivocaba, oye…!.

    Eso de no tener sueño y verse obligado a intentar dormir, como imposición irrebatible, fue una lucha sin cuartel, muchas veces infructuosa, contra el totalitarismo absolutista, en esta temprana escaramuza del niño, que se sabe  nacido con esa libertad irrenunciable que le da a uno el hecho de llegar a este mundo…. contra el Sistema represor, luego inhumano, o antipersona, representado, en ese momento,  por mi abuela. Aquel conflicto siempre se soluciónó por la vía de apremio. Explico: me acostaba en la cama, entallado entre la infranqueable barrera de su orondo cuerpo…y la pared, para que no pudiese escaparme. Yo, inevitable revolucionario precoz, cuando ella dormía, me deslizaba, también  entre la cama y la pared…., para arrastrarme por debajo, sin hacer ruido,  e irme….a casa de cualquiera de mi edad, o parecida, que no estuviese despilfarrando su precioso tiempo, intentando conciliar el sueño en una cama, para disfrutar, en la medida de lo posible, de ese momento mágico en que los adultos dormían, o hacían “sus cositas”, tras la inexpugnable frontera, definida por la cerrada puerta de su dormitorio, y nunca te vigilaban, fueras adonde fueras: la casa del tio Santiago, con mis amigas Moranas, la fábrica de hielo, la casa de la prima Mari, o la del primo Juanito. Siempre, fueses adonde fueses, terminabas encontrando a alguien de tu generación, levantado, jugando solo o…. viendo la tele….y…. ya se solucionaba la siesta de ese día.

    Al salir a la calle, para atravesar un pueblo extremeño, a ese tártago de hora: siesta agobiante de fines de Julio, te encontrabas con  el primer castigo por escaparte. Un silencio, tan  absoluto como sepulcral. No te vapuleaba los oídos la “matraca” radiofónica de la María “Chaparra”, ni siquiera eso, que nunca, nunca paraba. Si se oía algo… podía ser una chicharra…. huérfana y perdida…. a lo leejooos. …Como si fuese todo el pueblo un gran, y provisional “cementerio” en el que los inquilinos no estuiesen muertos, sino dormidos, como en el cuento de “La Bella Durmiente”. O un templo erigido al caliente dios sol en toda su plenitud, un dios extremadamente luminoso, omnipotente….y omnipresente, abrasando todas las calles. No importa qué itinerario eligieras. Silencio de eternidad. Silencio absoluto. Silencio  rey. Intentando, desesperadamente, saltar de sombra a sombra, bajo el asfixiante calor. Cuando “se terminaba la sombra….”, se paraba uno, se preparaba, asumía el riesgo, y se tiraba, estoica, y decididamente, al sol…como el que se tira a una piscina, sin saber a qué temperatura pueda  estar el agua. Asumiendo las consecuencias de ese acto, con determinación irrevocable. La sensación, bastante molesta e indefinible, era como sumergirse, de repente,  en algo parecido a un suave chaparrón, tipo “siri-miri” de aire viscoso, al extremo de  pegajoso y totalmente abrasador, capaz de quemar rabiosamente…hasta la corteza del cerebro, si eso cupiese…

   Silencio absoluto en la Fuente Arriba. Silencio pasando por  la casa de Don Paco. Silencio en el altozano. Silencio en la carretera. Silencio en el Cristo. Silencio en casa de tía Ana María (mama “ía”). Apertura cuidadosa de un cerrojo que siempre chirríaba, intentando no hacer ruido. Puntillas. Lenta, detallada y paciente búsqueda por todas las zonas comunes…escaleras arriba, y al fondo…tras otra puerta, encontrarme al primo Jacinto, en pleno bostezo…rodeado de avispas “reinas”, esas grandes, de dos bolas negras unidas por tubito amarillo minúsculo….en su patio de arriba, previo a la cochera, despierto y  solo, era una liberación….Significaba alguien con quien jugar. ¡¡Bieeeen….!!!! 

   Salto hasta mis doce años… con el derecho que me confieren  recuerdos que se engranan libremente…

   Siempre, en aquel antiguo mundo, infectado ya, sin remedio,  por los virus del consumismo naciente y su fiel servidora: la televisión omnímoda, aunque demasiados de nosotros, tanto adultos como niños, no hayamos llegado a ser conscientes hasta cuarenta años después,…se habló mucho de “la canción del verano”. Como tales, hemos visto pasar bastantes bodrios, absolutamente intragables, …. y otras tonterías estúpidas, más infumables que intragables; de esas que, aunque odiemos y no queramos, se nos quedan, irremisiblemente, en el recuerdo….para toda la existencia.

    Una buena mañana, al principio de un verano, mi prima Inés Abril, la melliza, a la que tanto quiero, con su natural sencillez , bien acompañada de un  indiscutible y absoluto encanto de adolescente, ilusionadísima, me preguntó, con aquellos ojos azules de Carrendilla sempiterna, cara guapa, …si había oído ya la nueva canción de Formula V, y que empezaba…, como con el maullido de un gato: “Miau, miau, miau, miau, miau….miau, miau, miau, miau…”. Sí, los listillos, de más de cincuenta, habrán adivinado pronto: “Eva María se fue buscando el sol a la playa…con su maleta de piel y su bikini de rayas”. Letra con un mensaje que te cagas, precursora de la futura democracia, en una línea “parecida”, que iba a ser,  durante decenas de años, el cuento de nunca llegar… Tengo que añadir, que, gracias a una “verónica” del destino, Mimí, la hija de Paco Pastor, solista de Fórmula V, cuidó a nuestro hijo Gabriel, como baby sitter de lujo…unas cuantas noches, ya cuando vivíamos en “El Bosque”…Caprichos del destino musical.

      Miguel Gómez, uno de mis mejores amigos, con el que tanto he hablado, discutido, disfrutado y compartido, haciendo exhibición  de su despampanante gracejo personal,  se me acercó un día, preguntándome si había oído una canción nueva que se titulaba “Carne de Enero”….Lo primero que se me vino a la cabeza es….¿…sería un esperpento más, en el, reiteradamente, mediocre panorama musical de esos años…?. El título, me decía algo… pero no terminaba de cuajarme totalmente….”tararéamela, macho, que, a lo peor, seguro que la he escuchado…!!!!”….Sin ningún problema, mi gran amigo Gómez me soltó uno de los mejores chistes que he vivido, se aclaró la voz, y entonó, mientras adoptaba una pose “ad hoc” , y palmeaba, en plan  “aflamencao”: “Carne de Enero, que quiero morir. Carne de Eneeeeeee….roooo….!!!!”…Se me calzó la más estentórea carcajada de ese año. Claro que la había escuchado, a esas alturas ya estábamos casi hartos de escucharla. Le repuse, doblado de una risa floja, que las que la cantaban eran “Las Grecas”, pero la letra era “Dame veneno…”, y no “Carne de Enero…”. Su respuesta no se hizo esperar, y fue otra lección de la más pura, radiante y práctica inteligencia extremeña: ….”Manolo….y…¿qué más da que sea “dame veneno” o “carne de Enero”…?”. Intentando salir del aprieto, con soltura y desparpajo, enunció una de las verdades más inamovibles de un tiempo que pasó no hace tanto: ¿Qué importa lo que dijera la canción del verano, y qué importa la calidad que tuviese….si su función es que , de alguna forma, todo el mundo comprara el disco, para mantenernos atontados, mientras la escuchábamos una y otra vez…???.  Entretanto, los managers depredadores, mucho más que los artistas, se llenaban los bolsillos, gracias a las mutitudinarias ventas, mientras que una inmensa, y anónima, muchedumbre, se intoxicaba repitiendo millones de veces la canción de moda, fuera en plan  “solo”, “perduto”, “abbandonato”… o “accompagnato”, cuando se tenía más suerte (ese lujo nunca me llegó, antes de los dieciocho años, y de ese lujo… sigo aprendiendo a disfrutar …).

   Pasaron, año tras año, canciones como “Oh, Oh, July…”, “Un rayo de sol”, “Charly…” ésa le puso nombre, para siempre, a un gran, gran amigo, que murió prematuramente: Manolo “Charly”….y muchas más, que se irían desgranando, mientras acompasaban los cálidos días de verano, tremendos, precisamente por cálidos, en la región extremeña, y que, horneaban, sin tasa, “al grill”, día sí y día también, nuestro pueblo, en aquella sartén formada entre la Sierra de los Pollares y la Morra (me perdonáis los que prefiráis “Cerro de San Cristóbal”).

   Sin más dilación, abordemos la música pura: Antonio Palacios, influenciado por el primo Víctor, enorme entusiasta, embajador y difusor de la música ligera, me había presentado a “los Beatles”.  Para esos veranos, de los que hablo, al otrora afamado cuarteto, no lo podían oir, ya,  más que los “enteraos” que conocían la emisora de radio , o los afortunados poseedores de tocadiscos…o cassettes, que ya empezaban a aparecer….

   A mí…, de eso ya he hablado, me entusiasmaron tanto los dichosos Beatles, que necesité, incluso,  ya lo he dicho, inventar una notación para recordar la música de las canciones. Sabía yo que había algo llamado solfeo, pero sólo “de oído”, y que lo estudiaban las niñas. ¿Cómo se me iba a mí a ocurrir pedir clases de música?.  ¡Claro!…. ¿Dónde creíais que vivía yo?, ¿…al lado de un Conservatorio ( o “Preservatorio”…que bien pudieran haber pasado a llamarse así en la época “post-sida”)…?. Me daba miedo el posible “zumbío”, redentor de aprendices de músicos, o músicos maletillas. Y yo solito me lié la manta a la cabeza. Necesité, también tuve que  aprender a copiar el inglés de  oído…, oído extremeño “cerrao”, aún no familiarizado, por aquel entonces, más que con las cinco escasas vocales del castellano. Copiaba las letras de las canciones en casa de la Pepita, que era el cassette que tenía más a mano, acompañado de la divertida prima Inés, que, contemplando aquel despropósito se divertía mucho, supongo que preguntándose lo que yo pretendía hacer con aquel mejunje: escuchar y rebobinar mil veces, rebobinar, play….rebobinar, play, y así hasta el infinito,  para transcribir fonéticamente esa segunda canción, sin ir más lejos del “A hard day´s night”: la impagable “ I Should Have Known Better”, y que quedaba, me acuerdo bien:

   “Aaaaahhhhh suganolombera ledo calaquiú verayunlof prisu beiby quechú….calaquiú….u u uuuuu….calaquiyúúú…..”,

    Traducción fonética, muy aproximada, del siguiente texto inglés:

    “IIIIIIII…I should have known better with a girl like you

That I would love everything that you do

And I do, hey, hey, hey, and I do……”.

   El primo Víctor (así lo llama el primo Jacinto, como a mi me llama siempre “el primo Manolín”), a través de Antonio Palacios, mi tutor de música comercial, y alumno directo suyo, como ya he explicado, andaba, ignorante absoluto del trascendente resultado, feliz cual perdiz, sin piedad alguna, rescatando  mi gusto, de aquel tesoro de música clásica, que mi padre, desde la más corta edad, premeditadamente, con infinita paciencia y calculada manipulación,   me intentaba  inocular en el espíritu,  como virus lento, por todos los medios, aprovechando cualquier propicia ocasión, y en dosis breves o prolongadas, aderezadas de todo el respetuoso silencio que se necesitaba para su escucha. El resultado de la “siembra” me llegó mucho más tarde. Como explosión en diferido, ya lo dije: virus lento, con su letal carga de profundidad, programada para afectarme directamente al centro del alma, pero …iba a tener que esperar unos cuántos años….

   El primo Víctor, inconsciente de su hazaña, y orgulloso de la vida, preparaba mi “salto a la escucha de la música comercial”, o “vulgar”, para la pedantería intelectual “progre”…. con toda la artillería de la que podía disponer, antes de que fuese demasiado tarde. Todo mi agradecimiento a los dos, Toñín, y Víctor,  por su fructífero resultado. Desde entonces nunca he querido encasillarme como músico, o como cantante. Me gusta mucho la música, casi todo, siempre que no sea malo o “alienante”, y tengo el oído muy abierto a todo lo que me diga algo que me gusta, de Kansas a Schubert, de Barón Rojo a María Callas, de Silvio Rodríguez a Enrique Morente, pero, como ya he dicho, tiene que ser buena, la “murga de castigo”,  o “pastillera” nunca la soporté.

    Mucho años más tarde, mi padre intentó, desesperadamente,  corregirse: “Si yo hubiese sabido que te iba a influir a ese extremo, nunca te habría hecho escuchar tanta música clásica…”, o, el mucho más práctico: “ Si llego a saber que te vas a dedicar a cantar…pronto te pago estudios de Medicina y Estomatología (dentista)”. No comments.

   Vaya por delante, y siempre, la gratitud, sin límites, a mis padres, por haberme pagado y facilitado todos los estudios que necesitaba, para no tener que prostituirme en el azaroso mundo del canto lírico…. La gente que lo consume, no tiene ni puñetera idea de lo que se cuece en el radar, si no, no serían tan indulgentes con los ídolos a los que unos cuantos manipuladores de mentes, abusando de todos los medios de contaminación cerebral a su servicio,  han entronizado a voluntad, para continuar exprimiendo, tanto grabaciones, como intérpretes, hasta el tuétano, a veces desde la niñez, pero, siempre que sea posible… hasta la tumba y bastante más allá. Y mucho mejor, si los artistas mueren antes de envejecer, porque se venderá bastante más…. El  muerto ya no cobra, solamente las alimañas carroñeras, pocas de la familia, y muchas “arrimadillas”. Asco de mundo de la música comercial, por Dios, que algún Don Quijote del XXI  corrija pronto este entuerto.

   A partir de mis primeras “excursiones” al mundo de la música comercial, nada volvió a ser como antes. Descubrí que todo el mundo conocía “Borriquito como tú”, “Española, abanícame…”, “Amarillo”, y nadie la “Marcha triunfal de Aida”. Justo Díaz me la hizo repetir hasta treinta veces, aquel día inolvidable en que se la presenté, y  la escuchó por primera vez en el tocadiscos monoaural del jefe, y en su ausencia, claro,…. O la “Zampa” de Hèrold, o “El sombrero de tres picos” y “El Amor brujo” de Falla.

    Descubrí que a las chicas, como a aquella belleza prohibida de Fefi Morano, con su preciosa cara, esa melena rubia, ondulada , sus formas adolescentes de hermosa mujer y unos ojos azules, profundos como el mar del Coral, les encantaba oírme cantar “Libre”, o “Por si tú quieres saber…” de Nino Bravo, y que  era más fácil que el mundo, incluídas las chicas, se fijaran en mí, si yo entonaba lo que a la gente le apetecía escuchar, sin querer hacer de estéril gurú musical. Para Gurús musicales ya estaban, y eran infinitamente más poderosos que yo, a la hora de “cultivar” oídos musicales, la radio, la tele y la incipiente música enlatada, que habían enterrado, como de un papirotazo, y ara toda la eternidad, cientos de años de divinas melodías, al objeto de  deleitarnos con lo que era realmente bueno (muy bueno para el bolsillo de muchos despabilados, claro), y nosotros aprendíamos “lo que era realmente bueno”, de sus magistrales manos. Había descubierto el milagro de engancharse a la música de masas….Me compraron una guitarra. Me quedé a solas con ella, sin maestro, que no había, claro. Ahí empezó todo el coñazo, que he podido dar, en mi larga vida como aficionado, o aprendiz de cantante …. y luego …mucho más en serio. En ese camino  sigo.

    En verano, los fines de semana, evidentemente, íbamos al molino que nuestra familia Palacios tenía muy cerca del Río Ruecas, al lado del puente y de la carretera vecinal que lleva, casi directamente (está a unos veinte kilómetros de Logrosán), a esa maravilla que es “El Rincón”, en cuyo “núcleo edificado” se ubican, alrededor de una placita, entre otras construcciones, una sinagoga, que ha servido como establo durante cientos de años, al lado de una pequeña capilla, con precioso retablo de azulejos, virgen tradicional…y un túnel bajo el altar, por donde solamente cabe una persona de rodillas. Nadie sabe adónde lleva, porque nadie ha querido aventurarse más allá de treinta metros…(es lo que me contaron, no nos dejaron entrar). En su museo he visto, entre otras maravillas, dos paritorios, un quirófano con todo su instrumental, y hasta ¡¡…un aparato de Rayos X…!!, que Logrosán ya hubiese querido…por entonces, y que aún no hemos podido conseguir de la Diputación, de la Junta, o de lo que sea….También me ha contado Paulino que, cuando en el taller de Torres se necesitaba una pieza determinada, y no la encontraban ni viva ni muerta, casi siempre bastaba con llamar al taller mecánico de “El Rincón”, allí solían tenerla.

   Volvamos al molino. En el Molino, que ya no molía, pasábamos muchas tardes, en verano, toda la chiquillería junta. Muy, muy cerca, el charco Flores,  rebosante de gente, sueltos…o en familia, en plan “Playa de Benidorm”, con piedras, en vez de arena, y tutiplén de niños, más o menos grandes, persiguiéndose, haciéndose “aguadillas” (ahogadillas) y jugando a todo lo jugable. En otro capítulo, ya lo dije:  durante los años que nos duró aquel chisme, antes de entregar su alma al Señor, asesinado por la obsolescencia programada, genocida a sueldo, que nunca perdona,  la estrella fue “el pato”: una especie de gran “moto” hinchable sobre la que era prácticamente imposible mantener el equilibrio cuando estaba correctamente inflado. Luchábamos por conquistarla, al más puro estilo “Afuera de mi montera”. Había que desbancar al rey que se encontraba encima, algo que no era tan difícil, más bien cuestión de maña…y recuerdo a Manolo Pérez Matas, siempre maravilloso, en el superfluo intento, peleándose contra, no recuerdo cuántos más, creo que José Antonio Piñas, Pepe Escribano, Vicente Fuentes,… también andaban por ahí…y yo, poco amante de tumultos violentos, huía, muy pronto, de aquel luctuoso cambalache formado por aprendices de machos, en delirio….. al lugar en el que, siempre, me podía encontrar en expansión contínua:….. “deeeebaaaajoooo deeeeeel aaaaaaguuuuaaaaaaa” “…….liiiibeeeeertaaaad     baaaaaaajooooo     eeeeel    aaaaguuuuuuuuuuuaaaaaaaaa……”(los que hayan sentido lo mismo, podrán atestiguarlo por sí mismos, valga la “rebuznancia”)…

    ….Tiempo después..alguno, que nunca va a ser citado, de ninguna manera, debió empezar a  creer que yo, que tanto nadaba y aguantaba bajo el agua,  tenía una insistente vocación de Superman, y, como tal, tenía que aprender a batir récords de inmersión. Así, un buen día, después de que  el “Charco Flores” hubiese entregado al futuro su más que gloriosa existencia pasada. Cuando ya nadie se bañaba allí, porque la Piscina lo había desalojado como “geositio”, y, justo en la tabla que había, por debajo de este charco. Separada de él, por un estrechamiento entre un peñasco rocoso que avanzaba desde el margen izquierdo, y un pequeño archipiélago, en el derecho formado por unas cuantas canchas grises de color claro: treinta centímetros de altura, con escasos dos metros cuadrados de superficie “seca”,…adornada de juncos, bajo el agua se veía…como un desfiladero precioso.

    …Como ya he dicho, y por desgracia, se encontraban ausentes, los bañistas “floridos” de unos años antes, que bien pudieran  haber sido observadores muy críticos con aquella, realmente mezquina, acción y parar los pies a un abusón. El juego empezaba como inocentemente, yo buceaba y la barca inflable me seguía, pero poco a poco degeneró el “juego”. El capitán de la barca se convirtió, de repente, en malvado. “Oh capitán, mi capitán”, llevaba, a los remos, y a sus órdenes, a un “subalterno”, al que guiaba con las palabras “derecha” o “izquierda”, “adelante” o “atrás”, ante cualquier cambio de dirección que yo, desesperadamente, ensayaba, siempre bajo el agua, para escaparme de aquella tortura, decidida y traicionera.

    En la medida de sus pocas posibilidades, y siempre en vano, el subalterno, a los remos, afeaba al malvado, su  ruin acción. Más de una vez he dado mi vida por perdida a causa de intentar salir a respirar y encontrarme la barca, que me lo impedía, zambullirme de nuevo, para , intentar escapar y salir, medio asfixiado, para encontrar…su mano. Su mano me buscaba desde la proa, empujándome la cabeza bajo el agua, sin permitirme tomar aire….  ¡¡¡Maldita sea su estampa!!!. Entonces no pude decirlo. Lo digo ahora. Me quedo muy agusto. Al remero lo adoro, lo comprendo y lo exculpo. Es una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Me defendía. De los pocos que me han defendido, de alguna manera, siempre. Agradecido, por todo.

    Ahorro, al arriesgado lector, más anécdotas de ese tipo, porque mi alma no anda, a la cincuentena, para alterarse por acciones muy pasadas, de villanos, sino para alegrarse por haber sobrevivido dos, o tres veces ya, en toda mi vida, a asechanzas de gérmenes parecidos…o peores, que es mucho peor, y sacar las conclusiones pertinentes de esos “traviesos” actos.

    Teníamos, el primo Juanito, posteriormente, “Willie”, once o doce años, y yo, siete, cuando, una tarde, mi madre nos llevó a los dos a un sitio nuevo que se había abierto en el pueblo. Mi mama Loro, siempre llevaba merienda con pasta de mantequilla y miel, previamente mezcladas, para untar rebanadas de pan.    

     El alcalde responsable de su construcción fue don Alfonso Rubiales Hidalgo, y, lo que habían hecho, era nada más que una piscina…Algunos, ni siquiera sabíamos, al menos los  pocos que no veíamos la tele, lo que era eso.

   No aprecié ningún muro, ni valla, ese día, ni siquiera creo que existiese el bar. Es más, creo recordar, incluso taludes “en bruto”. La hicieron en el ángulo noroeste del Alcornocal, en alto, dominando, “sobrevolando” la pista de tenis, el polideportivo, y la carretera, con el Depósito. Mis recuerdos de esa primera experiencia: el agua estaba tibia, había azulejos blancos, pero no se veían porque, a la par que tibia, se encontraba turbia, con tierra en suspensión. Creo que era la primera vez que llenaban la pileta, de 33 metros de longitud, con dos profundidades diferentes.   No recuerdo otra cosa, ese primer día, que una gran cantidad de niños bañándose, acompañados de sus madres, siempre púdicas y recatadas, para otro que no fuese su marido, desde el exterior, vigilantes perpetuas de todo, y que aquel pequeño lujo no duró mucho. Volvimos pronto a casa, pero “aquello” seguía allí, y ya seguiría…. para el resto de la eternidad, entretejiendo todo tipo de historias, de las  que, tanto en la pileta, como en sus alrededores, se puedan haber forjado.  

      La Piscina de Logrosán siguió prosperando año tras año, aparecieron tres chorros en los tres pedestales del lado Este, y se pintaron  una flecha, y un cartel que ponía “SOLO PARA NADADORES”. Esa pintura, con la flecha, separaba la parte “panda” de la “honda”, y, rápidamente, ya iba a establecer diferencias. Los chicos de más de ocho años, que no fuesen nadadores, no podían tener el atrevimiento de entrar a la piscina, porque, instantánea, e indefectiblemente, se arriesgaban a  ser juzgados torpes, faltos de hombría, poco atrevidos, o pocas “gónadas sexuales” si no sabían nadar…Como si tuviera algo que ver… el saber, o no saber nadar, con tu capacidad para enamorar a una chica cantándole al oído, recitando poesías,  bailando bien, o arreándole un beso a tornillo de los que no sabía dar ninguno de los “juececillos baratos de chicos con menor edad que ellos”, y  que, conociendo perfectamente todas las técnicas de tan noble arte olímpico, pululaban, exhibiéndose ante el recatado sexo contrario, por el césped de la piscina, enseñando su musculatura, completamente bronceada “al natural”, es decir: sin bronceador (debía ser muy caro o no existir. Yo, en mi casa, nunca lo conocí) .

   El canto, la poesía, la danza, lo que, siempre, pero siempre, siempre, e infaliblemente, funciona con las chicas, lamentablemente,y por sistema, anduvo poco valorado entre machos, y aprendices de machos ibéricos.

     Allá donde hay movimiento de personal, tarde, o temprano, termina apareciendo un bar. Y alguien, un bendito ser que no conozco, pero al que todo el mundo debería estar agradecido,  tuvo la genial idea de poner un chumbano y plantar varios pies de hiedra, con el objeto de dar sombra.

    No es que conozcamos bien la piscina de Logrosán, es que hemos crecido todos juntos a ella, la hemos visto mejorarse y madurar mientras, a nosotros, nos pasaba lo mismo. La hiedra creció y creció, ha llegado a tener hasta sesenta centímetros de espesor, y, dicen los entendidos, que ya van siendo mayores, como yo, que, incluso en el día de calor más tórrido, bajo ese chumbano se está fresquito a cualquier hora. Bautista tiene toda la razón del mundo, no entiendo muy bien el fenómeno. Podría intentar balbucear hipótesis físicas y encontrar una explicación plausible, pero prefiero quedarme con la idea de que el chumbano de la Piscina es mágico… Si no, no se entiende el paraíso, bajo esa alucinante y enorme planta a las tres y las cuatro de la tarde con cuarenta y muchos, si no cincuenta, implacables grados en los termómetros.

   Los bordes de la pileta estaban elevados, y había un lavapies, con unos cuantos dedos de agua, que ha propiciado gran cantidad de resbalones y accidentes. Recorría todo el perímetro, más o menos a un metro de la pileta. Al fondo, en la parte opuesta a la entrada, se edificaron los vestuarios, preceptivamente separados por sexos. Un recibidor grande,  dos lavabos con espejo, y un peine que servía para todos aquellos que no lo tuvieran; perchas metálicas  alrededor, en las que, casi todo el mundo, dejaba la ropa colgada …con los zapatos en el suelo, bajo la ropa. Había vestidores, sin asiento y con persianas de plástico, que algunos cachondos, como Simbi, levantaban para ver “en bolas” a los que se estaban cambiando. Bromistas siempre ha habido, de peor gusto, si cabe, cuanta menos educación tienen…A los que no se crean que todos dejábamos la ropa allí dentro, tengo que decirles que no había llegado aún  la pseudodemocracia con su progresivo, y, desgraciadamente real incremento del número de delincuentes, delincuencia que, en aquellos tiempos muy pocos conocieron en Logrosán. Es que no había ladrones, si un padre se enteraba de que un hijo suyo había robado algo o hecho una trastada le soltaba un par de zumbíos, y al interfecto no se le volvía a ocurrir tocar lo que no era suyo. Nunca me robaron nada en la Piscina entonces, cuando hace muy pocos años, me birlaron un móvil del bolsillo de un pantalón, bajo un ciprés, lo mismo que me robaron un GPS del coche….asuntos de Democracia joven y jóvenes que confunden Democracia con “el que sea feo que se tire al agua…”. Así nos va, chicos.

    También se puso un trampolín con tres puestos de salto, desde el superior daba…hasta miedo mirar abajo, aunque debía estar, solamente a cuatro metros, desde allí he visto tirarse a muchos chicos, presumiendo de cuerpo serrano, para conseguir que las muchachas se fijaran en ellos, entre otros, ¿cómo no?…Yo mismo.

    Comenzaron las primeras competiciones, con la aparición de los primeros relojes con cronómetro…analógico, claro. Juan Luis Roldán nadaba en Madrid, en Vallehermoso, creo que era miembro del equipo de waterpolo. Siempre tuvo el récord de velocidad. Llegó a  hacer un largo en diecinueve o veinte segundos, ese era, más o menos el equivalente al récord de Johnny Weissmuller (Tarzán) en las olimpiadas de Melbourne, cien metros en sesenta segundos. A mí, buen nadador,  aunque nunca entrenado, me fue imposible bajar de veintidós, lo que sí recuerdo es que tuve el récord de resistencia, nadando bajo el agua sin respirar; ida… y vuelta hasta la segunda escalera, y que estuvo imbatido hasta mucho tiempo después….son unos cincuenta metros, creo que ahora podría hacer dos largos, pero ya no me interesa competir, es el “chocolate” con el que se engaña a los jóvenes para que sirvan, y continúen manteniendo a un Sistema injusto e inhumano. Desde hace mucho, solamente compito contra mí mismo, es muy divertido y no nos hace daño, ni a mí, ni a nadie. Bajo el agua ninguna persona me vigilaba, nadie me controlaba, las  profundidades de la piscina eran mías. La soledad, la quietud, el silencio, me envolvían, el azul me inundaba por todos lados, acompañado de los millones de rayos de sol que taladraban el agua hasta los tres o cuatro metros de la parte más profunda. La milagrosa ingravidez que sentía allí abajo, me liberaba del castigo que mis sesenta y ocho kilos, con doce años (una bestialidad) representaban al aire libre en la vida normal. Sentía como si nadie me pudiera decir nada allá adentro sobre mis kilos de más, ni burlarse de mí, a lo que estaba más que acostumbrado.

    Había una rejilla que nunca se me ocurrió remover, porque debajo estaba el desagüe, un tubo de más de diez centímetros de sección, y me daba miedo. Cuando yo me escapaba a las profundidades de la piscina no había depuradora, se cambiaba el agua entre dos y tres veces cada verano, pero, a pesar de ello, el sumidero siempre me inspiró el más profundo respeto. Años más tarde, me enteré que Pedro Carranza, en la actualidad arquitecto egregio, pero por entonces gordito mórbido, al igual que yo, había sacado la reja de hierro y metido la barriga dentro del agujero. La succión de la depuradora se la aspiró…Y a punto estuvo de morir ahogado, menos mal que a alguien se le ocurrió apagar el motor.… En el momento en que me lo contaron, mi irrenunciable empatía, me hizo ponerme en el lugar del accidentado y lo comprendí mucho mejor que nadie. Pedro, aunque no lo parezca somos hermanos en muchas cosas…y me alegro de que así sea, porque te tengo por una persona que puede llegar a lo que se le antoje…ni lo dudo. Lo sé. Todas mis bendiciones. A mí nunca se me habría ocurrido, por miedoso, hacer lo que hiciste. Me lo contaron. Lo pensé. Me dije….¡¡¡qué coraje le echó…!!! Enhorabuena por haber renacido ese día…te deseo lo mejor, hermano.

   De la piscina hacia afuera era otro mundo, una pista de tenis con suelo de alquitrán en el que las bolas se iban al olivar de enfrente…o había que ir a buscarlas a ciento y pico metros, porque la valla del lado Este, llegó un momento en que también era bastante disfuncional….a tramos. Unos de Zorita que no nos dejaron jugar un día al tenis, pretextando…no sé qué de Moisés Pérez…Nunca supe de qué iba  aquel prepotente con el que crucé tres palabras.  No acostumbro a pelearme, ni discutir con nadie, pero mucho menos con imbéciles, no discutáis nunca con un imbécil. Puede que los que os rodean no aprecien la diferencia.

    Los partidos a las horribles cuatro de la tarde, con diez chicos a la sombra, esperando su turno, mientras otros jugaban, Victor Morano, Esteban Sierra, Fernando Díez Rico, mis amigos José y Agustín Sanromán, Manolo Pérez, Bautista, mi primo Jacinto, mi prima Mari, Nieves Peñas y un largo etcétera, emulábamos los logros de Bjorn Börg, Iván Lendl, Higueras, y más tarde un impresentable McEnroe, en una pista a la medida de nuestras posibilidades. Infinitas horas, infinitos partidos, infinita paciencia de espera… Mientras tanto, en la Piscina, una goma roja (que luego desapareció) de unos ocho centímetros de sección, atada a la escalera Noroeste, dejaba caer un generoso chorro del agua más pura, fresca y sana que jamás he probado, venia directamente del Depósito, allá abajo, al lado de la carretera. Los tenistas entenderán muy bien de lo que hablo. Así se renovaba el contenido de la piscina constantemente, porque los tres chorros del lado Este, solamente la “revolvían”, en circuito cerrado. Una delicia terminar el partido y venir a beber de ese chorro mientras un niño de corta edad decía, al verme, bien sudado, con mi “Vantage”, mi media melena de león, y mi cinta al pelo: “Papa, Papa, mira….un maricón!!”…el padre de la criatura debía ser homófobo, es decir: imbécil, o cretino  absoluto. Para aquel que tenga alguna duda…que no la tenga. Siempre me han gustado todo tipo de mujeres, mucho más que a un tonto un lápiz, y sin remedio….

(continuará…)

 

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