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10/10/2014

LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: La Escuela. (Logrosán, 1965)

Lo que hoy llaman educación infantil, era entonces “La Frochosa” o “los cagones”. Lo recuerdo vagamente: una casa-escuela ruidosa con hedentina a cocido y barbería.

Casi nada recuerdo de las “Escuelas de la Ermita”, a las que nunca asistí. Recoletas,  con su parra en el zaguán, en medio del Barrio de La Virgen, sufren hoy la paradoja del silencio: el maestro jubilado, los niños ausentes. Nadie grita, llora o se orina en los pupitres. La Pizarra añora la zalamería blanca de la tiza. Las paredes y los bancos Escuelas Nuevasduermen huérfanos de la algazara. Más recuerdos guardo de las “Escuelas Nuevas”. Una desvencijada casona,  precedida de brandales y patios terreros salpicados de Moreras. Ramaje verde y espeso por el que hacíamos volantines y córcovos en el recreo. En la parte de las niñas, impartieron clase maestras como Dª Tili, que también ejerció la procura en los Juzgados, Dª Consuelo, maestra y comerciante, Dª Catalina, ya desaparecida, Dª Carmen, soltera y  elegante, Dª Ángeles, y otras que no recuerdo. A los niños, nos explicaba en párvulos Dª Barbarita, y mas tarde D. Manuel Montes, D. Zacarías, y un tal D. José María, maestro de agradable -aunque fugaz- recuerdo y castellano acento.  La escuela estaba rodeada de olivares que eran frondas prohibidas y misteriosas. Asomados a una cerca de piedra veíamos  el cementerio, la estación de tren abandonada, y la sierra de “los Poyales”. Sitios mágicos y soñados, pues el recreo era breve y se imponía el regreso a la legalidad del patio.          Quien recuerda esto, pasó finalmente a “Las Parroquiales”, que me parecieron más recogidas y familiares. La sección masculina la compartían D. Fernando, el director, quien, ante nuestra rudeza montaraz, solía epigrafiarnos como “más torpes que un cerrojo”. Y  D. Ángel, a quien debo la escritura, las cuatro reglas y otros rudimentos imprescindibles. La clase de éste último era de una gran poesía, no por el contenido, sin duda provechoso, sino por el panorama que ofrecían sus ventanucos. Desde las angostas ventanas veíase un mar de aceituneros, el río “Molinillo”, y en la hondura del paisaje, la sierra.

Mediado noviembre, la campiña era de una belleza tal, que invitaba a elevarse sobre la cantinela de la tabla del nueve, la Enciclopedia Álvarez o las jaculatorias, para sobrevolar el cementerio y el río con las cigüeñas. Así escudaré algunos novillos que hicimos en busca de  espárragos por los cercados y caminos de aquel valle, y muchos otros paseos en las tardes otoñales en los que bajábamos por el barranco que a modo de vertedero rompía de la trasera de San Mateo hasta bajar al Molinillo. Ya allí, unos íbamos a pájaros, otros a nidos, a espárragos o a pescar. Desde allá veíanse las lucernas de la escuela, sin que ninguno de nosotros sospecháramos que aquella casona era la puerta de la ciencia, y sí una cárcel que nos privaba del sol y los aromas, de los pájaros y el misterio de los pradales y la sierra.

Y es que mientras el mundo gestaba revoluciones y democracias –corrían los sesenta-, mientras el siglo se desembozaba con vehemencia de los recuerdos del diecinueve en los periódicos, en los bulevares de Europa, en la guerra fría, nosotros acudíamos -el cabás de madera bajo el brazo- a “Las Parroquiales”, y en las tardes pardas de noviembre, mientras el aguacero golpeaba los ventanucos de la escuela, coreábamos tablas y canciones, aprendíamos ortografía y gramática, o la vida del Cid Campeador, como si extramuros de la escuela y de España, solo estuviera el caos.

         En estos años, recibíamos, en fila, un vaso de leche en polvo, –Franco no quería niños bajitos-. Y, llegadoescuela11mayo, salíamos antes por la tarde a cantar a la Virgen letrillas en las que marchábamos con ramos de pensamientos, de lilas, violetas, crisantemos: Venid y vamos todos, con flores a María, que madre nuestra es...

A la entrada de la escuela, franqueada la portilla, estaba el salón parroquial, y a la izquierda, cruzado un pasillo de cielo vano, se abría un patio de tierra, sitiado de lienzos pedreros por todos sus vientos, excepto por el norte, despejado a los olivares y al farallón de la sierra.

Felisa, mujer redonda y morena, risueña y bonachona, limpiaba la escuela. Ocupaba una vieja casa adosada a su costado. Y no se sabía donde había más niños, si en las aulas, o en la casa de Felisa, cargada como estaba de una progenie generosa y variada, de niñas guapas y niños avispados.

         Aquel Don Fernando, hoy avellanado por el tiempo, ya no sale a pasear vacilante por la plaza, como solía. escuela14(2)Pero hasta hace poco, al observarle en sus cortos paseos, apuntalado de bastón, me preguntaba y me pregunto por sus recuerdos. Tantas caritas durante esos años, batahola infatil, coplillas a María en mayo, colas de leche, el recreo y la vista del camposanto desde el ventanal. Él, como muchos otros viejos dómines, escuchará el eco lejano de la tabla en el silencio de sus idas y venidas, y recordará a Viriato, el victorioso caudillo asesinado a traición por sus lugartenientes, los Quebrados, la Geometría y la Gramática, y enfrentará la democracia con aquel régimen que enviaba leche en polvo a las escuelas, y la España del caudillo con ésta multilingue con LOGSE y sin mili. La Paz de aquellos olivares, en fin, con la aldea global y el correo que llaman electrónico.

Bastón en mano, silente, imagino que meditará sobre el ariete de la vida, su avance impío. Aquellos recuerdos, deben hacer de su vejez un remanso. Y más, cuando sentado en los soportales del Ayuntamiento, haya visto pasar ajenos aquellos infantes acrecidos.

Le he adivinado en tales ocasiones una cimbra graciosa en el bigote, una sonrisa: cual si reconociera, entre satisfecho y añorante, la propia mano en sus cimientos.

José Muñoz González

Cáceres, 21 de Noviembre de 2000

10/10/2014

Senderos y caminos facilitarán el conocimiento de la sierra de San Cristóbal.

Con el patrocinio de Abengoa y del gobierno de Extremadura, se convertirá en un paraje muy atractivo para amantes del paisajismo el senderismo y la arqueología.

Concejales y responsables de Abengoa visitando la sierra.

Concejales y responsables de Abengoa visitando la sierra.

El departamento de Responsabilidad Social Corporativa de Abengoa Solar patrocinará la señalización para facilitar la visita a los yacimientos arqueológicos.
El patrocinio de  la empresa multinacional ha sido confirmado por un responsable del citado departamento -Cristina Anduaga Vázquez- que junto con una técnico de la empresa y los concejales logrosanos Emilio Sánchez y Juan Manuel Alberca, han visitado la zona.
La señalización informará sobre los diferentes caminos de acceso y llegada hasta los yacimientos  tanto en el interior del propio cerro como desde el casco urbano.
Una parte de la señalización también será sufragada por la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Extremadura, según informaciones del director de las excavaciones, Mark Hunt, y será incluido dentro de los proyectos ” Parques Culturales” que subvenciona esta Dirección General.

El coste aprox. de ambos proyectos rondará los 8.000 euros; el Ayuntamiento aportará la mano de obra.

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