ZONA DE OBRAS PARRINA. Un Quijote extremeño

Trata de la condición y el ejercicio de un muchachuelo que nació en “un bar de la plaza”

En un bar de plaza, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha tiempo vivía un muchachuelo de los de la localidad de Logrosán. De  los que hablan extremeño, cara ambigua, postín flaco, algo ganso, y  pensador;  hijo de un hacendado  carnicero, en su casa los más días andaba borrego, chuletilla los domingos y los días de fiesta,  carnero. Tenía una larga ristra de libros, varios hermanos tercos y muchos primos de provincias que le tocaban las webs. Rozaba casi los veinte tacos, a diario, aunque él decía que no era mal hablado.

De complexión de gimnasio, ni una gota de grasa, acné en el rostro, gran dormilón, y amigo de la calma por imposición propia. Parrina lo apodan, de Parra, que su bisabuelo fue gran extremeño, bebedor. Se daba a leer libros con tanta afición que casi tenía olvidado el tema de la administración del bar y la carnicería de su padre, enfrascado siempre en su habitación, leyendo, soñando despierto, holgazaneando, pasaba la mayor parte de los días castigado por dejarse perder las ovejas, -a causa de la lectura de libros que le hacían perder la consciencia del tiempo, entre otras consciencias- se alimentaba de leche caliente en los desayunos, yogures en las comidas, queso fresco para las cenas, batidos de fresas los festivos y cuajadas a todas horas.

 Llegó a tanto su  desatino, que pensaba que las novelas que leía eran realidad, se metía en los personajes con tanta pasión, en sus diálogos, que hablaba con ellos, les cambiaba los nombres, y sin darse cuenta  se construía sus propias historias e incluso presuponía el final, de tal modo que cuando se daba cuenta de sus desatinos y quería  retornar a la lectura, no era capaz.

Llegó a vender algunas corderas para comprar libros en la librería del señor Orellana y doña Consuelo, donde le permitían pagarlos a plazos, y coleccionó durante años “APRENDE INGLES” en fascículos, que tal le pareciese que era buena idea saber hablar otro idioma. En una ocasión escuchó por la radio que para aprender cualquier lengua extranjera era necesario acostumbrar el oído al idioma en cuestión, y que la manera más fácil era escuchándolo a menudo, así el cerebro termina por captar los sonidos y acostumbrándose. No se lo pensó dos veces,  adquirió una cinta magnetofónica, de Elvis Presley “Grandes éxitos” y comenzó a escucharla asiduamente en el radiocassette, demasiado asiduamente quizás, que no entendía ni una sola palabra, pero insistía, el caso es que pasado varios días escuchando las canciones una y otra vez, no se enteraba de nada, no captaba ni una palabra, es más, no sabía ni diferenciarlas, todo le sonaba  de seguido, sin pausas, aún así había memorizado el estribillo, que decía:

Bicos ae loobiu chumasss beeibiiiii,

 Bicos ae loobiu chumasss beeibiiiii.

Su compañero de andanzas Adelmo G. Masa, un Grande de Logrosán, le dijo: “mira amigo Pedro, que antes de escuchar las cintas, debes aprender el significado de las palabras, su traducción”.

 Él opinaba que sabiendo la pronunciación era cuestión de tiempo, que el significado aparecería por sí solo; que era cuestión de soñar en ese idioma, porque cuando uno sueña en un idioma es porque lo sabe, así que cerraba los ojos y se decía así mismo; voy a soñar en inglés… Nunca lo consiguió.

Por fin llegó un día en el  que tendría la oportunidad de demostrar sus conocimientos de la lengua de Shakespeare, sería durante la primera clase de inglés en el instituto, clases que comenzaba dos meses más tarde que el resto de alumnos, pues tardó en conseguir la venia de su padre para continuar los estudios. Él, muy previsor, memorizó la primera lección al dedillo, de tal manera que cuando el profesor le dijo que comenzará a leer.

-Él comenzó leyendo: e jearr voices in te oter roomm, güen sudenli te door  opened.

-Se escucharon risas en toda la clase, incluso el profesor no pudo aguantarse.

Mira Parrina, que no se lee como se escribe –le indicó el profesor-.

-Pues no lo entiendo ¡qué pérdida de tiempo y que forma de complicarse! ¿Qué sentido tiene que no se lea como se escribe, ni como se escribe se diga?

¡No es vida esta que  life se escribe y   laif se dice!

¿No es acaso la vida en España La misma que en Gran Bretaña? –terminó diciendo-

Que también era aficionado a la poesía.

Y en estos y otros temas perdía el muchachuelo el tiempo, que debía ser por tanto consumo de lácteos que le produjo un exceso de calcio en el cráneo, y le apretaba los sesos, que decidió salir del pueblo a desfacer esos entuertos e ir a otros países para hacerles entender que las cosas se dicen como se dicen, y se hacen como se piensan y se leen como se escriben.

Ya lo dijo Cervantes: “En la lengua consisten los mayores daños de la vida humana”

Y leído y sabido desto quiso atar las lenguas de los maldicientes, que es lo mismo que poner puertas al campo, pero, aún así, decidió ir a por lana aunque saliese trasquilao, porque para todo hay remedio a no ser para la muerte.

“Cada uno es tal como Dios le hizo, y aún peor muchas veces”

Basado en hechos reales, excepto alguna cosa.

 Madrid, 26 de mayo de 2019

Pedro Moreno Parrina

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