… FRIYENDO BOTONES: CAPÍTULO 3 (2 DE 2)

LA PUERTA DE LA IGLESIA 2

HISTORIA 2: LO QUE LIÉ 

FRIYENDO BOTONES: CAPÍTULO 3 (2 DE 2)
PUERTA DE LA IGLESIA 2
LO QUE LIE

Fue el mismo verano del castañazo con el triciclo, más concretamente en el límite verano-otoño, cuando por entonces se celebraba la novena a la Virgen del Consuelo que concluía en la procesión de subida a la ermita.

Era el primer año que me llevaban con ellos. Cada tarde al cerrar el comercio, mis padres acudían devoción a la iglesia para asistir al rosario, novena y misa con homilía desde el púlpito. 

Acudía yo expectante a mi primer día de novena sin tener muy claro qué era eso. Y mi primer día incluyó el lote completo: rosario, novena y misa. 

El rosario tenía misterios y letanía.

No sabía porqué los misterios se llamaban misterios si todo el mundo se los sabía. 

Y una duda ¿Valía para algo repetir tantas veces lo mismo? 

A mi no me valía cuando yo quería un helado de cucurucho del Tío Benito y la Tía Joaquina, la respuesta era: “Ni cucurucho ni cucurucha, ni aunque lo pidas mil veces…”. 

!Sí me parecía interesante la parte de la letanía que además, a veces se rezaba en latín y a veces en español! En latín me sonaba misterioso y me olía a incienso. Me gustaba el olor del incienso, aunque no decía ni pio, no fuera a ser que los reyes me oyeran y me lo trajeran como al niño Jesús!

A la gente en cambio se la veía aburrida y sólo sabia decir “orapronó” o “ruegapornós”.

No llegué a aprender la letanía completa de memoria, pero con los años aprendí a casar la versión latina y la española. 

Así, en vez de contestar el rutinario “ora pro nobis”, cuando se rezaba en español, yo repetía la versión latina y viceversa.

Superado el rosario, la novena ya se me hacía corta y estaba atento a que el sacerdote dijera ANTÍFONA. Entonces ya quedaba poco y yo cogía todo el aire que podía y ya no respiraba nada más que una vez hasta que acababa la oración final.

Para entender cómo llevaron mis padres mi presencia durante la misa y homilía del primer día de novena de 1964, baste decir que mi madre, poco dada a las concesiones, bajando la cuesta de la iglesia, me dijo: “y tú mañana, cuando se acabe la novena, te sales a la puerta y te quedas allí quietecito sentado en el poyete y cuando tomes la primera comunión ya te puedes confesar de cómo tasportao hoy.”.

Y así ocurrió el segundo día. La experiencia de aquella vuelta alrededor de la iglesia con el triciclo sin timbre me había dado una experiencia y un aplomo que me hubieran permitido volver a hacerlo, esta vez de noche, aunque sin triciclo y sin la ventana de la casa parroquial como destino. Pero había jurado que no lo haría y hubiera sido acumular ya dos pecados para la comunión en tan poco tiempo.

Acabó con mis pulmones al límite la oración final de la novena del segundo día y mi madre me hizo una seña con la mirada para que saliera. 

Muchos hombres también se salían. Me preguntaba si se salían porque querían o si les echaban sus madres o mujeres. No me interesaba mucho la solución a esa pregunta y empezaba a pensar que tampoco era tan divertido estar fuera. 

Parecía urgente buscar una diversión, la misa con homilía duraba casi una hora, demasiado tiempo para estar sin hacer nada. Las conversaciones de los hombres no eran muy divertidas, hablaban del campo, de la cosecha, de la sementera, …, pero yo no entendía de eso. Algunos se apartaban un poco del resto y hablaban de Franco bajito (en voz baja me refiero), creían que yo no me enteraba, …, y tenían razón. Otros hablaban de Gibraltar. Pero el nombre que más se oía era Marcelino y yo creía que hablaban del señor que ponía la luz en las casas. Luego supe que era el que marcó el gol a los rusos y que por eso los hombres agachaban la cabeza cuando pronunciaban el nombre.

La única conversación que me pareció interesante trataba de que ya faltaba poco para que trajeran el agua corriente. Eso sí sabía lo que era, lo había visto en la casa de mi tío y mi abuela en la calle Bocangel de Madrid. Uno de ellos mencionó la palabra mágica “piscina” y que abrirían una poco tiempo después de traer el agua. Eso sí lo entendí y en ese momento oí que la gente comenzaba a cantar la salve en latín. Entré corriendo para cantarla en latín que me sabía algunos trozos. 

El tercer día de novena, segundo de misa en la puerta, ya llevaba un plan. Había cogido un boli del comercio de mi padre de unos nuevos que escribían de dos colores: azul y rojo. Llevaba también unas hojitas de las ofertas de la semana del SPAR. Pensé que por detrás apuntaría cuantos hombres había en la puerta de la iglesia, cuantos tenían corbata y cuantos fumaban. Había visto en un cuento del oeste que los malos escribían cuatro palitos en la pistola y los tachaban con otro y eso eran cinco. Y la tabla del cinco era muy fácil.

Pero no fue fácil, porque los hombres iban de un grupo a otro y ya no sabía si los había contado antes o no. Los peores eran los que hablaban de Franco bajito que cambiaban de grupo muchas veces.

Seguro que me equivoqué, pero ya cantaban la salve y tenía que esconder el boli de dos colores a mis padres. De vuelta a casa sumé de cabeza los grupos de 5 palitos y los palitos sueltos: había 43 hombres, fumaban 37 y llevaban corbata 11. Los 6 que no fumaban tampoco llevaban corbata. Tenía que acordarme de poner el boli en el expositor de BIC y acordarme además de cual era para coger uno distinto al día siguiente y que no se notara la tinta gastada. Pensé meterlo al revés, pero se habría notado mucho. En el último momento decidí dejar fuera la punta de uno de los colores. Cuando volvía del comercio por la puerta de paso que le unía a la casa mi madre miró las hojitas del SPAR que había tirado en la cantarera y me dijo: “mañana me explicarás cómo decidiste con cual de los dos colores pintabas los palitos.”

Bajo un “Sí mamá” escueto y cansado, pero que incluía un “hasta mañana si Dios quiere” y el “Cuatro esquinitas tiene mi cama … completo”, dos preguntas me atormentaron durante al menos medio minuto antes de dormirme:

¿Eran transparentes para algunos ojos con superpoderes los muros de la iglesia?

¿Si llevabas corbata tenías que fumar a la fuerza?

Al día siguiente no tuve que explicar lo del boli y la noticia era que la misa de la novena la iba a decir mi tío Andrés. La hora de irse para la iglesia se adelantó y me pilló por sorpresa. Mi madre decidió a última hora ponerme de limpio y arriscao, incluyendo corbata, ya que decía la misa el tío y venía la abuela que acababan de llegar esa misma tarde de Madrid. 

La corbata era una que me había comprado mi abuela la tarde que fuimos a hacerme la foto con el corderito (o lo que fuera aquello) de NORIT en la Plaza de Manuel Becerra.

El caso es que no pude pasar a coger otro boli de dos colores y llegué a la iglesia con mi abuela, mis tías, mi tío mis padres, la corbata y las hojitas del SPAR del día anterior pero sin boli. Llegamos pronto y mi tío me dijo que si quería pasar a la sacristía. No contesté y eché a correr mirando hacia arriba a las vidrieras con ángeles montados en nubes que a mi me parecían el señor de las contribuciones montado en su Gordini. Me bajó de los cielos y de las nubes la barriga de Don Francisco saliendo de la sacristía. Nuevamente los principios de la física, Don Francisco y yo coincidíamos, esta vez sin triciclo y sin verja. Me aseguré de que seguía en este mundo, pero no sabía qué se había de decir en una caso de estos y lo único que supe sacar de mis labios fue un “ora pro nobis”.

Esta llegada traumática no impidió que la sacristía me inundara con sus múltiples olores que me han perseguido juntamente con los de la tahona. Supongo que unos alimentan el alma y otros el cuerpo.

Rezó mi tío el rosario. Eso sí que era rezar: en lo que Don Francisco rezaba un misterio, mi tío se había cargado los cinco y en la letanía no había tiempo para decir lo mismo en latín. Y en la novena no tuve ni que respirar entre la Antífona y la Oración Final, lo hice todo de un tirón.

Como iba a decir mi tío la misa le pregunté a mi madre con la mirada si me quedaba y mi madre muy seria me dijo: ”ni hablar, tú a la puerta”!

Camino de la puerta me acordé del boli y empecé a pensar en qué iba a echar el rato de la misa en la puerta. Empecé a contar hombres, fumadores y corbatas con los dedos, pero me perdía cuando llegaba a diez. En eso me acordé de la pregunta sin resolver de la noche anterior: ¿Tenías que fumar a la fuerza si llevabas corbata? Y al tiempo caí en la cuenta de que yo llevaba la corbata regalo de mi abuela. No esperé a darme respuesta a mi mismo, empecé a recoger colillas del suelo y las iba echando al rincón que hay saliendo a la derecha de la puerta detrás del pilar del muro. Nadie se dio cuenta de mi recolecta, solo uno de los que hablaban de Franco bajito, que a veces iba al comercio de mi padre, dijo: “Orellanina, que te piso, camarada de las JONS”. Lo de las JONS no sabía qué era, pero tenía claro que no interfería con la tarea que yo mismo me había encomendado. Cuando creí tener suficientes colillas caí en la cuenta de que no tenía papel de liar del que vendía la señora Encarna en la Torre. Empecé a pensar que ahí acababa mi aventura.

Estaba a punto de llorar por el fracaso y metí la mano en el bolsillo para sacar el moquero y allí estaban. Las hojitas de las ofertas del SPAR eran mi salvación. Las usé como había visto a los hombres en la peluquería de Pedro solo que yo en vez de caldo de gallina echaba los restos de tabaco sin quemar de las colillas recogidas. Como las hojitas del SPAR no tenían pega tuve que retorcerlas los extremos para que no se desliaran. Faltaba un elemento crítico, el fuego. Pensé en que algunas colillas las tiraban encendidas aún, pero tras un par de pruebas con otras hojitas del SPAR no había manera de que empezará a quemarse. Había que pensar rápido, la misa iba ya por el padrenuestro, y ahí me vino la inspiración: aprovecharía el barullo de la comunión para prender el cigarro del SPAR. Así fue, entré como quien no quiere la cosa hasta las velas en la parte trasera , junto al confesionario de don Alfredo, allí arrimé el envuelto y con la hojita medio en llamas corrí atravesando la puerta hasta sentarme en el suelo recostado en el rincón del muro donde había juntado las colillas.

Poco más recuerdo, con lo que supongo que mi cigarro del SPAR funcionó adecuadamente y mis pulmones, que habían aguantado la Antífona y la Oración Final de un tirón, habían conseguido arrancar a los restos de tabaco y babas los efluvios narcotizantes que me habían transportado más allá de la sacristía. Sonaba la salve en latín que yo debí creer que cantaban en el cielo para recibirme y a donde yo llegaba entre nubes montado en el Gordini del señor de las contribuciones. Cuando San Pedro iba a entrar en escena me atronó la voz de mi madre con la frase del verano: “Teviamatá”. Esta vez mi respuesta fue (eso lo supe tiempo después) en pretérito perfecto: “CREO QUE AHORA SÍ QUE ME HE MORÍO YO SOLITO”.

Camino de casa, en brazos de mi padre, que ya casi no podía conmigo, las mujeres achacaban mi estado a la emoción de haber oído la homilía de mi tío. La criatura no ha podido: “que bien habla el Padre Orellana, parece que te pone en las puertas del cielo”. Yo había llegado al mismo lugar con otros medios, aunque me juré que nunca más fumaría! 

Amén!

JMGOL60 (NOVIEMBRE 2019)

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