CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana.

LAS ESCUELAS NUEVAS (continuación) Y MÁS JUEGOS INFANTILES (segunda parte).               

Manuel Palacio Loro

      Curiosamente en las escuelas nuevas las niñas, o no jugaban a la goma, o a mí no me llamaban la atención; en los recreos había demasiadas historias como para distraerse.

     escuelas-Gregorio-Morano.jpg En cierta ocasión,  haciendo gala de un…”yo tengo que ser bueno a los bolindres, lo quiera o no lo quiera”, sin saber que en este mundo hay cosas que nunca llegan cuando las fuerzas, me quedé jugando con Juan Lozano, hay que decir que era mayor que yo, pero aunque hubiese sido más pequeño el resultado habría sido el mismo; Juan es, en la actualidad, el alma mater de “Berilo”, y, en esta anécdota, quedó retratado para el resto de mi existencia. Ya se apuntan formas de pequeño.  Con él jugué, y jugué y con él perdí y perdí;  en menos de una hora le debía….cerca de treinta bolindres. Como ni tenía, ni podía, le dije que no se preocupara, que poco a poco…Y él contestó de corazón de oro, el que siempre ha tenido: No te preocupes, no hace falta que me las des. Se lo tengo recordado y bien recordado, él se reía siempre de un aire condescendiente y hasta me lo ha recriminado. Siempre me llevé bien con él, me gusta la gente que no abusa de nadie ni por nada. Gracias por su grandeza de espíritu, uno aprende de todo el que se cruza por su vida, y algunos no olvidan ni a tiros.

      Cuando las tardes, esbozos debutantes de la primavera, se alargaban de luz y volvía con la cartera a cuestas, observando el sol aún alto en su trayectoria, a mi “casa de arriba” (la de “abajo” era la consulta dental de Don Benigno), encontraba siempre mi plaza, lugar entrañable que, por fauna y flora,  se seguía pareciendo, más bien, a una película digna de haber sido  firmada por el gran Federico Fellini. En un anterior capítulo ya dije que convivíamos con los animales, ahora toca explayarse. Así, como suena. Gatos caseros más o menos arriscados  y otros salvajes, foreros, sucios y mal peinados.  Perros con dueño, o vagabundos y asquerosos…famosa expresión: “¡¡¡Chucho, a la calleja!!!”, hay que decir que los animales no eran siempre bien tratados. El hombre, en Logrosán,  era el centro de la creación y ellos, pobrecillos, estaban a nuestro servicio. Que se lo digan a mis gatos ahora. Viven mucho mejor que tú y que yo.

      Pasaban burros con alforjas llenas, su dueño tocado con sombrero de fieltro, pantalón de pana, camisa y chaleco, llevándolo del cabestro o montado encima y, cabras por un tubo, ovejas, gallinas y cerdos de todo tipo y edad, negros o blancos sonrosados, éstos venían a disfrutar del  arroyo que pasaba por el medio de la Plaza, primero se bañaban en el  agua emporcándolo todo, luego en la tierra o el polvo, después echábanse  la siesta, como rajás, enfrente del embarcadero, a diez metros de la casa de la tía Peona y a veinte de la nuestra. Había algunos enormes. Vacas, mulos, caballos, y de vez en cuando el tractor de mi tío Alfonso Loro, éste era un tipo de animal que hacía más ruido, más humo, era mecánico, consumía más  y era mucho más peligroso que los de carne y hueso. Mi tío llegaba de la Villalba con su sombrero, la tez renegría del trabajo de campo, pasaba a dar un beso a su madre, y otro a su hermana, cuando ésta se encontraba en casa, iba a  la despensa de la cocina y se cortaba para merendar un trozo de morcilla, chorizo o queso con un cacho de pan.

    Yo llevaba todas las mañanas, antes de ir a la escuela, nuestras cabritas a “la cabrá”, calle de Las Cruces arriba. Me daba mi padre quince o treinta pesetas al mes que yo ahorraba religiosamente. La citada “cabrá” se reunía  en unos cancharrales, antes de llegar a la ermita de la Virgen del Consuelo y a la derecha. Esa era otra zona de recreo para los niños, mucho mejor que Disneylandia, ¿adónde va a parar?. Era inmensa. Allí jugábamos a la madre de los peligros saltando de cancha a cancha, pero había que tener cuidado con los niños de la zona, eso era lo que me tenían dicho, al menos. Si el barrio era o no “marchoso” lo podía decir muy bien Don Miguel Mauricio, padre de Toñi Mauricio, la que posteriormente fue mi  gran amiga hasta el día de hoy. Don Miguel era el maestro que se ocupaba de la escuela de la Cerquilla, la que está debajo de la ermita, enfrente del actual centro de salud, la disciplina debía ser una cosa complicada en aquel tiempo y en aquel barrio. Nunca lo tuve como maestro, pero me parece encomiable el haberse sabido hacer respetar, incluso los alumnos que pasaron por allí comentaban ellos mismos que eran muy traviesos e imposibles de trato.

     Así que, a diario, mis cabras, acompañadas por todas las demás cabras de Logrosán, se iban de excursión con el cabrero oficial. Igualmente había porquero, éste usaba una caracola y la hacía sonar, creo recordar, para llevar los guarros de las familias que, viviendo en el pueblo, se podían permitir tener uno, nosotros, en el pueblo, no teníamos guarros. El domingo el porquero y el cabrero descansaban, los animales debían descansar también. El día santo, podría no existir el campo para los animales, pero en  casa se les daba un “plus” de comida… dominical, porque también eran criaturas de Dios.

    A veces iba a buscar las cabras a la caída de la tarde, pero muchas otras, ellas venían solas, bien creo que no necesitaban de ningún niño “incordiador”, mucho me temo que, ni para ir, ni para venir,  y se paraban a la puerta de la tiná hasta que alguien se la abría. Después mi padre las ordeñaba. Como ya he dicho, le gustaba mucho la leche de cabra. Había una grande blanquinegra que se llamaba la “Piñas” con muchísima personalidad, decorada con cuernos largos y retorcíos que recordaban al demonio en esos libros, que siempre hubo, de asustar gente, y otra: la “Mocha”, negra con pocos tintes marrón oscuro, como más humana y asequible que la “Piñas”,. La primera, en cierta ocasión, parió trillizos. Mi papa siempre me pedía un nombre para los chivinos y yo, cortito, no acertaba con ninguno en ese momento, pero él acudía veloz, con inspiración de otra edad y cultura expandida, en mi auxilio; esos tres fueron bautizados como “D´Artagnan”, “Athos” y “Porthos” y, había otro marrón, por la misma época,  con una mancha negra en la frente al que bautizamos “Holofernes”, creo que, incluso les echábamos agua por la cabeza para asemejar más el evento a lo que se hacía en la pila bautismal de la Iglesia. Yo me lo pasaba como los indios jugando en una tiná llena de gallinas, pollinos, chivinos, conejos en jaulas, algún cochino que otro, amén de todos los borreguinos de la Villalba  que estaban malos e ingresados  en ese santo Hospital que llevaba directamente su hada madrina, porque mi madre,  la Loro, era el ángel, alivio y enfermera fiel de los animalitos que había que sacar adelante; simplemente… sabía curarlos, y, sobre todo, les daba con creces el cariño que les podía faltar. Aún la estoy viendo, mientras preparaba unos cuantos “bibis” para  tres o cuatro con cagueta, que se tiraban a la tetina de la botella con unas ansias, para mí, inéditas.

     A nuestra tinada se accedía abriendo un portón de una inmensa puerta cochera, a cada uno de sus lados tenía  dos guardacantones de granito, me ha preguntado mi padre para qué servía aquello, ( para que no se lleve un carro media puerta por delante si entra mal) y, al no saber yo responder, su frase se descolgó , como el que no quiere la cosa, por inercia: “como esto pegue un rabotazo patrás…no sé lo que va a pasar!!!”, pero no me dio la respuesta.

     Para entrar a aquel templo de recogimiento, se necesitaba una llave que parecía la del cielo de San Pedro, por lo grande que era. Jugaba a tirarla y hacerle dar vueltas en el aire para volver a cogerla, ¡¡¡no se habrá caído veces!!!. Según se entraba quedaba a la izquierda la pila de la lana, siempre cerrada, a la derecha una dependencia, elevada unos treinta centímetros,  con pilas para las vacas, y demás bestias, aunque no he visto muchas allí. Más allá una especie de patio al aire libre con gran estercolera en un ángulo, a la derecha portón con dos o tres batucas, a la izquierda una subdivisión techada. En la parte más elevada un  pozo con brocal y “carrucha” al lado de la puerta, más elevada, que daba acceso al huerto, un huerto mágico con tierra negra en la que se podía cultivar de todo y que tenía una higuera en la que pasaba yo largas horas colgado pasando de una rama a otra, como los monos.

     Mis gallinas.  eran mías. La posesión es muy importante para los niños. A mí me lo enseñaron muy pronto. Las que estaban cluecas empollaban los huevos  en una banasta colocada sobre una estructura de madera  donde se amontonaban  las escobas para encender ese fuego que no podía faltar nunca en casa extremeña…. Me encantaba acercarle la punta del duro zapato a la gallina clueca de turno al pico para provocarla , lo picaban sin moderación y sin levantarse de los huevos, como con énfasis, y yo pensaba: “pica, pica lo que quieras, que ahí no me duele”.

       En el centro del patio se encontraba la  estercolera,  antes citada, en la que  se echaba de todo, incluso los plásticos, hasta que nos dimos cuenta de que aquello no se podría, y se hacían, por supuesto, aguas de todo tipo. De cualquier manera, y como información para viandantes del XXI, allí donde hay gallinas se reciclan las aguas mayores en cuestión de segundos.

      Recuerdo haber visto limpiar el seno de la derecha al entrar, el de las vacas,  y sacar un tomo de veinte a treinta centímetros de estiércol. En ese mismo seno vivían dos conejos de Indias que no tenían nombre, pero se lo pasaban pipa en la tiná, andaban sueltos cuando los conejos normales estaban en cajas de tela metálica  elevadas sobre patas, también de metal. Las mañanas de invierno mi papa me traía crías pequeñas a la cama y los conejinos disfrutaban de la la misma lectura que la que yo estuviera leyendo….mil veces las aventuras de Tom Sawyer o Miguel Strogoff, ¿por qué no?.  Además les leía, los miraba y cuando los veía  dormidos les preguntaba: ¿qué es lo último que acabo de leer????……, es una broma, era lo que mi padre le hacía a mi madre o a mí; cuando él leía y tú tenías la mala fortuna de bostezar te  decía, con tono de voz más alto que “su test mientras observaba…” …”¿te aburres???”…

     Las mañanas de diario, en vacaciones, el pregonero tocaba su cornetilla y leía lo que traía escrito en un papel, más tarde nos enseñaron a todos a leer y desapareció el cargo, un trabajo más extinguido gracias a la educación: “De ooorden del señooor alcaaaalde se haaaace sabeeeer…(lo que se os ocurra, incluso pescado fresco en donde fuese) y mercado los lunes en La Anguuuustiiiaaaaaa!!!!”.

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2 comentarios to “CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana.”

  1. Manolo, no te canses de contar historias. Inmaculada Montes.

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  2. Hola Manuel, me llamo M. Angeles, soy de Logrosan y leyendo tus lecturas del fin de semana me han traido algunos recuerdos. El profesor que mencionas, Miguel Mauricio, ¿ era una persona que tenia 4 dedos en una mano? Creo recordar que era la derecha.

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