CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana.

EL BENDITO CINE PALACIOS

 Manuel Palacios

      Capítulo dedicado a Abuelo Atilano, a toda mi familia Palacios, los que quedan y los que se han ido ya, a Teresa Mordijuye, a mi primo Juanito, a Mari Pina, y a mi amigo Federico Volpini, esperando que les guste a todos, se encuentren donde se encuentren.

Carteleras       Nos vamos a trasladar  esta vez  al “Foro”. Finales de los ochenta. Plaza del Carmen. Multicines Madrid. Fui a verla aconsejado por el maestro  Luis de Arnedillo. Acudí con Nathalie  y mi cuñada Marie France. El título no  permitía presagiar gran cosa, pero allá nos encaminamos…sin saber muy bien con  lo que me iba a encontrar yo, en concreto. La película dirigida por  Tornatore era, como bien dijo Don Luis, inmenso personaje al que pienso dedicar un capítulo entero al objeto de presentároslo,  una idea altamente inteligente para hacer cine buenísimo (que me perdonen los puristas, lo prefiero a “óptimo” y a “bonísimo”) con muy bajo presupuesto. Ya sabía yo que era buena , pero creí que íbamos a ver otra cosa. Lo que terminé recibiendo fue una sucesión de  bofetones venidos del  lejano pasado,  administrados, muy sabiamente, y, puede que  a cámara lenta, pero con contundencia irrevocable. Reimos, nos enternecimos y lloramos, como todo el que tenga un mínimo de sensibilidad y humanidad, aún no “quemadas como consecuencia de los atropellos genocidas de los Emperadores Galácticosy sus huestes de soldados imperiales para instaurar un nuevo orden financiero mundial disfrazado eufemísticamente como “globalización” desde su “Estrella de la Muerte”, situada allá por Wall Street”. 

     Aquella puñetera, desquiciante y maravillosa película mutó poco a poco, a inexorable, pero sostenido ritmo, de  “Cinema Paradiso” a “Cine Palacios”. La gente, los protagonistas, los trajes, la historia entera de principio a fin, el paisaje, las situaciones, el patio de butacas. La máquina de proyección se volvió la del Cine Palacios. Alfredo, que tambien empieza por “A” (Philippe Noiret ) se transformó  en la viva imagen de mi Abuelo Atilano. Y ese niño chico, Salvatore, Totò, protagonista, ampliamente inocente, y dotado con  unos ojos negros inmensos, profundos y llenos a rebosar, como platos de sustanciosa caldereta extremeña, expresivos hasta el infinito, bien podríamos haber sido mi primo Juanito o yo, o los dos… Al término de la sesión salimos deslumbrados a la luz que quedaba y al aire libre. No sabía  si me apetecía reir,  llorar,  hablar,  callar, correr ….o quedarme quieto y permitir que el asfalto, la gente, el avanzado y tibio atardecer  de Mayo, los edificios, el precioso azul del cielo, los olores , los ruidos de ciudad viva y trepidante, mis acompañantes y el mundo entero… se licuaran, difuminaran o volatilizaran… poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, dejándome solo, con mi grito  en medio del pecho y mil nudos en la garganta. Me sentía emocionalmente noqueado por un aluvión de recuerdos. Tardé treinta minutos en articular algo comprensible, y eso que se me solicitó varias veces…siempre en vano. Simplemente: yo no era capaz de hablar. Como si se me hubiesen reencendido brasas tremendamente consistentes; rescoldos muy antiguos que yo creía apagados por siempre jamás, y se desperezaran de su entumecimiento en la trastienda de mi tripa. Igual que  si me hubiesen dado el sopapo de aviso para despertar de un somnoliento letargo que duraba ya demasiados inviernos contiguos. Calentitos. Como si yo no pudiese seguir siendo yo, si continuaba escapando a  mi historia real. Como, si , desde el pasado,  la vida que había vivido me llamase, no ya al objeto de enterrarme  definitivamente, bajo su solidez de losa marmórea, sino para que yo tuviera que agradecerle a esa historia, neta y eternamente, mi  existencia y mi presente, formando otro peldaño sólido e insustituible para apoyarme y saltar al futuro con toda la seguridad necesaria al objeto de expandir mi “pequeño Universo particular” y evolucionar como persona.

      El recuerdo tendió sus cuerdas de marioneta desde  mi infancia hasta el presente, como hilos de tela  de araña, sutiles, invisibles, pero reales, fuertes,  incontestables,  e  hizo bailar mis emociones tirando de ellas de una manera que solamente a él podía interesarle. Esa cadencia me retrotrajo, una vez más, a mis primeras experiencias como espectador de cine.

        Logrosán. Domingo. Anochecer. Siempre guinda de la preciosa tarta que era un día de asueto. La tarde bien pasada. Los preparativos, la cena, el trayecto. La gente acudiendo poco a poco. Cola en las taquillas. Caras conocidas. Muchas veces lleno a rebosar. La magia del recinto, el olor a “grande”. Cuando eres pequeño, todo te parece más grande. El porte noble, el color teja precioso  del terciopelo de las butacas caras, que antes habían servido en el mismísimo Teatro Real de la Ópera de Madrid. El espacioso volumen, aquel techo que parecía un colchón inmenso y que aislaba para que el calor de la calefacción no se fuese. La grandísima  viga vista del piso de arriba. La escena, la pantalla de tela blanca. La espera, siempre ansiosa cuando había ganas de ver lo que se echaba. Los timbrazos de aviso, el apagarse de las luces de sala, el primer haz de luz proyectada. El run run  de fondo, fiel compañero siempre existente, de la máquina de proyección. El cric crac de un montón de comedores de pipas, el cuchicheo de otros, la oscuridad, ese humo de cigarillos de competición, y es que  todos los fumadores encendían el primero cuando se apagaban las luces, ese humo que  cobraba una dimensión especial , lechoso, denso  y opalescente cuando pasaba a través del haz de potente luz proyectado desde el fondo, y que atravesaba toda la sala, tabacazo innoble, pero irremisiblemente de moda (“Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda”, firmado: Lafontaine. Casi ná, colegas!!). El flagrante delito me fue revelado por el maestro Arnedillo, se van a escuchar muchas de ese gran maestro  con el que he tenido la suerte de trabajar. Él me contó, como actor de cine en los primeros años del sonoro, que las compañías tabaqueras les daban bastante dinero “extra” si accedían a fumar como carreteros en las escenas que protagonizaban….  El grupo de personas, “personas” es femenino, pero incluye por igual a mujeres que a hombres, aviso para “miembras” poco familiarizadas con el precioso idioma castellano,  que, simpáticas y antipáticas, ricas y pobres, gordas y delgadas, jóvenes y viejas, bellas y feas, listas y tontuelas, se reunía, fiel al consagrado espacio de tiempo para la imaginación guiada, segundo ritual dominical,  el primero era la misa de once, con el fin de  contemplar una proyección en otro tipo de templo,  magia absoluta cuando la imagen cobraba vida, y de cuya historia todos participábamos a la vez, cada cual a su manera.

cine palacio 02       El cine era el espacio de distensión de todos, los niños por niños,  que podían escapar al control de los adultos encontrándose en la misma sala que ellos. La mujer al marido, el marido a la mujer. El amargado a su amargura, el pacífico se transformaba  en  el que más puñetazos daba en la pantalla. La amante reencontraba al amante tras el apagón de las luces; los más inteligentes: los amantes, siempre lo ven todo con el prisma deformante de su amor y les aprovecha cualquier cosa por pobre que nos parezca a los demás. El cine era  pretexto para escapar a la rutina impuesta sin tener miedo a ser detenido por la autoridad competente, que también asistía al espectáculo, y gratis. La oscuridad de la sala difuminaba el rostro del resto de los espectadores y te dejaba muchas veces profundamente a solas con la historia que se tejía momento a momento sobre aquella pantalla blanca. Era la oportunidad de sentirse en la piel de otra persona que decía a una tercera lo que tú no te atrevías a decir… a quien fuese que estuviese al lado, arriesgándote a que te propinaran un sopapo. También era oscuridad que propiciaba caricias furtivas, tocamientos morbosos o lotes en toda la regla, un adulto se me quejó una vez de que la actividad  de una pareja cercana le estaba “poniendo” y, claro, se quejaba porque él, alguien respetable, no podía hacérselo con su mujer, ¿qué habría dicho la gente?. En un cine de Cáceres, un conocido quinceañero se propasó con una chica, y ella le soltó tal bofetadón…. que se escuchó alto y claro, en toda la sala. A continuación, mi conocido, sin amilanarse,  se levantó y dijo en voz alta , asegurándose de ser escuchado hasta en el último rincón del cine, como rúbrica “distinguida”, e intención clara de que constara en acta, antes de tomar las de Villadiego : “¡Eso…por puta!”.

       La Teresa Mordijuyes se quejaba mucho de la progresiva relajación de modos; además, cada vez se cortaban menos, y a la vista de todo el mundo…Mentaba, escandalizada a un trío ocasional: “pues hoy había uno que la mitad del tiempo se ha pegado la paliza con la que tenía a su derecha y la otra mitad… con la que tenía a su izquierda”. Es decir: había dos grupos de espectadores que iban al cine, no para ver ninguna película, ni apreciar ningún tipo de guiones, ni evadirse de nada, sino  para hacer, unos “trabajo de campo”, y otros a observar a los citados,  haciendo con ello una disección etológica del presente moral de la especie humana …en Logrosán, así como diversas conjeturas de futuro que les permitiesen tener ese miedo a la relajación de formas ligado tantas veces al conformismo de la  madurez precoz o tercera edad mental. Esa gente criticona que dan los pueblos y que  necesitan sentirse en el grupo que detenta la  verdad absoluta, al punto de decirle al resto qué era lo que se podía y qué era lo que no se podía hacer…Viva la libertad inherente al nacimiento de la persona. Nos criaron con miedo, nos educaron con miedo, con miedo hemos vivido y el miedo buscamos antes que otra cosa más productiva, el cine “catastrófico” que viene de los infantiles Estados Usados es un gran exponente de esa realidad…errores de educación . No habíamos llegado aún a los desmanes del matrimonio homosexual; simplemente: en Logrosán “gays” no había, esos son tremendamentes más promiscuos, debe de ser por eso por lo que les cayó la “plaga bíblica del SIDA”, pero tienen el récord mundial de gónadas gordas, nunca reconocido por el Guinness Boock, al haber podido “edificar” su templo: el famosísimo CINE CARRETAS, prácticamente enfrente de la DGS de Franco, ahora edificio de la COMUNIDAD DE MADRID, el de las campanadas de Nochevieja, que vendrá a colación en los últimos capítulos: un delirio!!!. Tampoco asistió Teresa a  la permisiva época hedonista post “democracia”, con la que se ha “jartáo de todo” gente que nunca lo habría soñado posible, teniendo en cuenta que pertenecía a generaciones nacidas en los cuarenta y cincuenta.

     Tarde de cine, un jueves. Época gloriosísima hubo en la que llegamos a disfrutar cine también los jueves por la noche . En la película, hecha, seguramente, para ponernos en guardia contra la degeneración de formas al otro lado del Atlántico,  aparecían escenas de un grupo de jóvenes americanos de comuna, drogándose, bebiendo, compartiendo sexo y “depravación”, sin ninguna escena explícita, de eso no había que preocuparse, las películas venían ya censuradas de producción y distribución, y,  si había algún fotograma inmoral,  ya se habría quedado en el bolsillo de cualquier propietario de cine aficionado al “coleccionismo”. La película, cuyo título no recuerdo, era alusión cruda y crítica de la cultura  “hippie” con su moralina aleccionadora para nuestro país, al que el régimen imperante consideraba “la reserva espiritual de Europa”. Llegado el intermedio, mientras todo el mundo se levantaba, consciente, en  parte escandalizados, parte traumatizados, en parte entusiasmados por el libertinaje demoníaco que algún día llegaría de allende los mares, José Enríquez, más conocido como Pepe “Leches”, otro increíble personaje al que siempre he querido un montón, se expresó en voz alta: “!!qué guarrería!!”, a lo que alguien, que salía, como todo el mundo, a tomar una cerveza, fumar un “Celtas cortos” o beber una copilla, le respondió en el mismo registro….”Sí, Pepe, pero…qué guarrería más rica, ¡¡Eh!!??”….Clamor popular:  Ji, ji, ja, ja….

       Si que es verdad que hubo censura en el cine en general  y localmente  en Logrosán. Esto tengo que contarlo porque a alguno le hará ilusión. Abuelo Atilano había comprado los derechos de exhibición de una película super famosa, entre nosotros, debía haberle costado un dineral. Sucedió mucho antes de que yo naciera, la troika del pueblo veía las películas por entonces (un cura parecido al de de “Cinema Paradiso”, un juez, un médico, gente de estudios, no sé muy bien) y decidía qué escenas se cortaban y cuáles se respetaban. Imagínense un personaje importante de pueblo….enmendándole la plana al mismo Fellini y su “Dolce Vita”, decidiendo lo que la gente  podía o no debía contemplar. La troika del pueblo (treika o cuatroika) decidió, seguramente siempre después de verla, que la película “María Walewska” no se podía exhibir en Logrosán porque Greta Garbo había sido excomulgada, o algo así…. Con las mismas, mi abuelo Atilano dejó de ir a misa  para siempre a raíz del disgusto.

      Abuelo Atilano compró ese cine, al  que luego llamó “Palacios”, a Esteban Trejo, propietario del “Cinema Trejo”. Anteriormente, y en la misma situación,  había existido un baile popular, un baile para los “pobres”, desequilibrios sociales de otras épocas, que creíamos  ya pasadas hasta que empezó a caer la que lleva cayendo más de cinco años:  el baile  de Balbino. Por cierto: Logrosán disponía de tres bailes: el de los “ricos” en el Casino de Sociedad, el de los “medianos”, en el piso alto del bar del mismo nombre:  “el círculo”, que luego se llamó “Chapupi”. Y el de los pobres:  el baile de Balbino. Y… que no se le ocurriera a ningún despabilado entrar en un baile que no fuese el que le pertenecía, atendiendo a su clase socioeconómica; siempre degeneraba el asunto y se  llegaba, tarde o temprano, a las tortas. Curiosamente, la primera fiesta en la que se fomentó y alentó la creación de peñas,   ya en época de “gracia” de nuestra “pseudodemocracia”, aparecieron tres: la de los “ricos”: “El Cubata”, la de los “medianos”: “Abstinencia”, mi peña, y la de los “pobres”: “San Mateo”. A mí no me llamaba mucho la atención el asunto de las peñas, que, aparte del indudable valor sociológico y el consecuente aumento de nivel de diversión grupal…o tribal, mírese como se quiera, me parecían una especie de competición entre vecinos y paisanos; que todos somos iguales, hombre. Si ya empezaba a no haber ni ricos ni pobres, gracias a Dios. Pues… hubo “gresca” y piques entre peñas en esas fiestas, que, aparte, todo hay que decirlo, hay que constatar que fueron de las mejores que he conocido. Lo recordamos perfectamente.

     El cine Palacios sigue estando en la calle de Los Maestros al lado de la ermita del Santo Cristo, lleva cerrado mucho tiempo, cerca de cuarenta años. Soy el heredero de ese cine, lo he pateado de mil maneras, lo adoro, me ha proporcionado demasiadas emociones de todo tipo. Lo he aguantado todo lo que he podido, porque no me apetecía que desapareciera como cine, teatro, sala polivalente o …lo que sea, pero siempre ligado a la cultura artística y siempre para ofrecer a la gente la posibilidad de crecer. No creo que sea un adelanto para la Humanidad clausurar espacios que tantas y tantas imaginaciones han estimulado de alguna manera. Agradezco en el alma a la alcaldía de Logrosán que lo haya comprado para rehabilitarlo. Nosotros, en este mundo que nos están imponiendo,  nunca habríamos ganado lo suficiente como para hacerlo, porque nuestro objetivo principal en esta vida, y eso lo tengo muy claro, no es ganar dinero.  El gran hueco de la  original  se había tapiado, creando las dos taquillas, con borde superior semicircular, a los lados se abrieron dos bonitas puertas, que imitaban el semicírculo superior de las taquillas, altas, espesas y enhiestas de tres hojas,  dos de ellas articuladas. La mayor afluencia de público era  por la de la izquierda, que daba acceso  a la entrada  izquierda del patio de butacas, un pesadísimo cortinón de terciopelo que servía para evitar la entrada de luz durante la proyección, a la vez que atenuaba casi por completo los posibles ruidos invasores, se cerraba, separando y  aislaba muy eficazmente el exterior del interior, la puerta derecha, con agujero para mirar, daba a la cabina de proyección y las taquillas. Queda la escalera que subía al “gallinero” y  un guardarropas con puerta a la izquierda, bajo esa escalera. En esa puerta de acceso izquierda se situaba  la señora  Antonia con el fin de controlar las entradas, siempre se colaba algún pícaro. Arriba, en el gallinero,  había una estructura de metal con asientos corridos de madera y sin respaldo, que dejaba por detrás un espacio para deambular. Situándose en ese corredor, y  mirando hacia la pantalla,  a la izquierda existía un “baño” de, aproximadamente un metro cuadrado. Se sabía para qué servía porque tenía  un agujero en el suelo.A la derecha se encontraba el ambigú del piso de arriba , con dos servicios y barra, en el que  la gente tomaba sus vinos, copitas, colines, caseras o compraba helados, polos, pipas, patatas o altramuces en los intermedios (“DESCANSO 15 minutos”).

     En la puerta de acceso de la derecha se solía poner Abuelo Atilano. Por esa puerta  se accedía a un distribuidor con tres entradas: de frente, para el pasillo derecho del patio de butacas, también con pesado cortinón de terciopelo, a la derecha para el ambigú, había que descender dos grandes escalones, el bar “de abajo” , inmenso, largo, con alguna mesa, alguna silla y dos butacas corridas de seis puestos aplicadas contra la pared izquierda, como las que había en el interior, las que no eran de terciopelo, sino de madera con asiento y respaldo parcialmente revestidos de cuero con cierto relleno que los hacían  un poco más “blanditos”, en esas nos sentábamos los niños, eran las que quedaban más cerca de la pantalla, enfrente a esos asientos en el bar, se encontraban  los dos servicios, el de hombres con una canal corrida inclinada por los dos lados  hacia un agujero central a la altura adecuada y el de mujeres, pavimento muy liso de cemento fino con un agujero en el centro y el suelo sabiamente en declive para que todo fuese a parar a ese agujero. Ríete tú de las colas de los teatros, allí podían hacer pis hasta cinco o seis a la vez en un mínimo espacio, lo malo eran los olores, pero un buen cubo de agua con lejía hace milagros. El ambigú disponía de  una barra hermosísima, siempre lo tuvieron Juan Antonio con su mujer Teresina;  volviendo al distribuidor de la derecha, a la izquierda había otro acceso para la taquilla y cabina de proyección.  En la parte superior de la pared izquierda se encontraba el famoso,  potente y anhelantemente esperado timbre que anunciaba que la proyección iba a comenzar. Momentos previos mágicos para todos los que acudíamos en masa al único foco de distracción del fin de semana y en el que todo el mundo se mezclaba sin orden ni concierto hablando de  lo habido y por haber, con un sinfín de muchachos de todas edades correteando por allí. Los descansos servían para comentar lo que había pasado en la primera parte de la película y hacer conjeturas sobre lo que pasaría en la segunda. Si la película era de espadas, los niños jugábamos a pelearnos y matarnos a base de sonidos onomatopéyicos, más fáciles cuando las películas eran del oeste o de guerra, muchos muertos ha habido en ese cine, en la pantalla y secuelas imaginarias en los descansos y finales.  A veces los desenlaces eran inesperados, como cuando aquella señora, que debía estar un poco sorda,  le “gritó” a su marido: “Ooooooyyyyyyy…..y yo que creía que el asesino era el mayordomo” y su marido, sin cortarse ni un pelo, contestó un poco enfadado: “pues claro, coño, eso era lo que creíamos todos!!!”, se sobreentiende el ji ji ja ja que siguió.

      Tras terminar la película, al volver a casa existía otro ritual maravilloso: colocarse delante de las carteleras acompañado de los amigos y amigas para identificar los fotogramas y establecer su orden cronológico, era como ver otra vez lo mismo, pero ahora haciendo comentarios de todo tipo en voz alta y sin cortarse. Siempre había un grupo numeroso de personas comentando.

      Puedo proporcionar algunos títulos de los que más impactaron, se irán desgranando por ellos mismos. Las películas que llaman la atención de los niños, no son las mismas que las que les gustan a los adultos. También depende de la edad del niño, creo que las que más apreciábamos eran las de “romanos”, en ese género entraban todas las épocas desde la prehistoria hasta la Edad Media. Los espadachines venían después de 1492, “Scaramouche”, “Los Tres Mosqueteros”, geniales. Las del Oeste, muy buenas. Las de espías, Jerry Cotton, toda la serie Bond. Nunca me terminé de creer los veinte centímetros de nieve que nos cayeron un domingo en Logrosán el día que se proyectó “007 contra Goldfinger”. Pero siempre están las mujeres para enlazar, simplemente por cariño, los sentimientos de los adultos con esos otros, propios de locos bajitos que no saben nada de la vida. En “Viaje al Centro de la Tierra” aparecía un pato que se llamaba Marcelino, detalles típicos del cine americano de la época, más infantil que una peseta de pipas…españolas. Intenté verla dos o tres veces desde la fila cinco, pero siempre que aparecían los dinosaurios (eran iguanas), así como hacia el final, me entraba canguelo y huía de la quinta fila….y lo intenté siempre que la ví para probarme, pero nunca pude resistirlo, lleno de miedo y vergüenza por no haber podido aguantar,  iba a resguardarme, por si alguno se salía de la pantalla y me comía… , en las faldas de mi madre, penúltima fila del bloque derecho al lado del pasillo. Ella decía que yo siempre me olía los finales, y parece que así era. Nadie se perdía una peli, todos los domingos las mismas personas asistían al mismo cine, muchas veces en los mismos asientos. Es más, había dos cines. Los rollos iban de uno a otro montados en el carrito de dos ruedas de la Teresa Mordijuye. Las proyecciones se coordinaban. Empezaba en el Capitol, y a la hora siguiente en el Cine Palacios, de invierno, o en el cine Avenida, de verano.

     El encargado de escribir en la pizarra no era otro que mi tío Antonio Pina, casado con Josefina, una de las mujeres a las que más he querido, se lo merece todo, Pina lo hacía con mucho cariño, dedicación y primor, se ponían el título de la película, la hora, y la calificación “moral” (otra imposición) en sus versiones  “Autorizada para todos los públicos”, “autorizada sólo para mayores de 14 años”, “autorizada sólo para mayores de 16 años” y el no va más: “sólo para mayores de 18 años”, esas tenían cierto contenido erótico, alguna pierna, algún generoso escote, si no estabas atento te lo recordaba el griterío de los jóvenes y adolescentes, más salidos todos que el rabo de una boina; pero no os creais que se veía gran cosa “X”. La verdad era que los rótulos sobre la pizarra, quedaban muy bonitos y llamativos, en blanco sobre fondo negro, letras grandes, preciosas y de caligrafía impecable. A veces los gamberros “retocaban” los títulos, el más gracioso que ví fue transformar “EL GRITO CHINO AMENAZA LOS CONTINENTES” en “EL PITO CHINO AMENAZA LOS CONTINENTES” creo que se lo tengo que agradecer a Rafa Muñoz, pero no estoy seguro, si no fue él, que me perdone, pero yo me reí un montón. Al lado de la pizarra se pegaban las carteleras: fotos grandes de publicidad de la película en cuestión con los nombres de los actores al lado en otro gran cartelón publicitario: el “paskín”. La fama de algunas películas las precedía. De mi época, la clara ganadora: “Los diez Mandamientos”,  se puso hasta ¿ocho? veces seguidas. A la última representación, que también me la tragué, sólo asistió una familia con seis o siete miembros, “El Cid”, “Lo que el viento se llevó”, “Ben Hur”, “Rey de Reyes” o “La Pantera Rosa”, que lanzó al gran Peter Sellers al estrellato eclipsando por completo a Sir David Niven, a su colega Robert Wagner, así como a la mismísima Claudia Cardinale.

     Continuará…

“CRÓNICAS DE MI INFANCIA”. Publicaciones anteriores de Manuel Palacio.

2 comentarios to “CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana.”

  1. Enhorabuena Manuel, un placer leer tus relatos, sentirlos, transportase a esa época, identificarse, reconocer a los personajes y entender muchos porqués.

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