CRÓNICAS: Lecturas del fin de semana.

Bendito Cine Palacios 2

Manuel Palacios

 Las reacciones  comunes del público eran geniales. Ir al cine no era muy caroSe podía permitir el lujo de verlo todo el mundo.

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CINE PALACIOS 

Entre ellos, evidentemente, los chicos “mayores de 18 años”,  muchos de ellos, de bastante infantiles a adolescentes sin madurez, a pesar de haber atravesado ya su Rubicón particular, eso no debería ser un problema, normalmente los mejores árboles tardan mucho en crecer, y hay plantas que florecen sólo una vez en la vida y necesitan muchos años para hacerlo, respetemos el ritmo de maduración de cada quién y cada cual,  porque todos somos distintos sin remedio, y, cosa sabida es,  los chicos lo hacemos de forma  mucho más lenta, en el caso de que podamos  madurar, que las chicas, y además estamos mucho peor educados. Dicho lo dicho, los inevitables “cortes” de película, normalmente anunciados por rayas y más rayas verticales antes de que la pantalla se quedase “en blanco”nuclear” “, acompañados del encendido de luces de la sala, parece que existía el odio al vacío de la oscura oscuridad, eran recibidos, casi siempre, con silbidos y muestras estentóreas de disgusto y desaprobación bastante malencaradas, y, evidentemente, maleducadas. No se podía culpar a nadie de  aprovechar las pocas ocasiones en que podía manifestar públicamente su desagrado. Si se tardaba un poco más de lo que pudiera desearse para arreglar la cinta, siempre se coreaba el famoso “!Que empiece ya!, ¡Que el público se va!, ¡La gente se marea! y  ¡el público se mea!”. En ese momento si que se desfogaban algunas mujeres, siempre demasiado pocas. Psicoterapia pura y dura, debía ser. Así hasta que se solucionaba el corte, se apagaban las luces, aparecía la  imagen de nuevo y la “bestia” de la masa anónima paraba de cebarse con el operario, al que, seguramente, le importaban un cardo borriquero aquel tipo de expresiones,  recuperando la , por instantes perdida, educación, la serenidad y  la cordura.

     Cada vez que se veían   formas sinuosas o  ciertas cantidades de piel femenina sobre la pantalla…todo se volvían pataleos, silbidos, exabruptos, a cuál más bestia. Bestialidad y hombría, no sé por qué, van de la mano  desde la noche de los tiempos. Clamor  y bullicio cortesano, que arrancaba de las profundas ganas de demostrar lo que algunos se sentían obligados a demostrar a través de  la garganta;  todos los machos reales exhibicionistas y, sobre todo, los simples aspirantes a serlo, y que sintieran ya, en sus entretelas, alguna comezón. Cuando se veía algún tío guapo no se apreciaba “marabunta”, que tampoco había “gays”, las chicas  eran más modositas, por mejor, o más restrictiva  educacion, recordemos que es el sexo más castigado y reprimido desde la prehistoria, y solamente por  ser portador de  descendencia , menos brutanga y muchas menos ganas de llamar la atención; las femeninas manifestaciones consistían en “¡ooohhh!” generalizados,  bastante más discretos, mucho más comedidos y maduros que el salido alboroto machista ante cualquier muslo sugerente . Los comentarios de ellas eran  siempre en voz baja, entre mujeres; o esa que creía tener la suerte de ir acompañada, a lo sumo, le susurraba  a su pavo, y por lo “bajinis”: “qué guapo”,…o el más atrevido:  “qué bueno está”, elocución que debía ser inmediatamente contestada por el maromo en cuestión, normalmente con una frase socorrida y generalizada, muchas veces en voz alta: “pues …¡no sé qué tiene ese, que no tenga yo!”, genial respuesta si no existieran diversos tipos de tamaño instrumental, tanto en longitud como en calibre, como nunca los veíamos, pues tampoco se podían comparar, me refiero a cerebro, inteligencia, alegría, cariño, ternura y sensibilidad de hombre, no seais malpensados.  Y es que, el que mucho presume,  resulta ser siempre, aunque parezca contradictorio,  el que más cortito se queda; el caso es que el hombre siempre se sentía obligado a decir la última palabra, y tenía que quedar muy por encima con el fin de demostrar su “calidad de bestia” públicamente, y a base de fuerza bruta. Yo, sinceramente, tardé mucho en enterarme de la razón de aquel griterío, creo que preguntaba y nadie me quería contestar. Así que …quede claro: Yo sí que era infantil, ¡chacho!, pero…¿¿¿y lo bien que me lo he pasado…???.

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CINE PALACIOS HOY.

       De la misma forma , las carcajadas , en las películas cómicas, se animaban unas a otras, en  un círculo vicioso  de crescendo simpático y empático hasta generalizarse absolutamente. Tú te puedes reir a mandíbula batiente, pero si la escena se comparte con un montón de personas, la risa crece y crece, exponencialmente, hasta lo irracional. Cualquier película que induce a ella es tremendamente terapéutica y muy aconsejable, “¡Uno, dos, tres!” y todas las mudas de la primera época, Charlot, El Gordo y el Flaco, Buster Keaton…

       Los sobresaltos originaban ayes, o gritos de sorpresa de todos los tamaños, casi siempre de ellas;  un hombre no debía mostrarse sorprendido; en ese caso no era digno de ser hombre, la represión no era asunto exclusivamente de mujeres. Y lo que nunca faltaba era el entusiasta, nutrido y larguísimo aplauso general  acompañado de “Vivas”  , cuando, en cualquier situación desesperada, siempre de la nada, e inopinadamente, llegaban  los buenos, para salvar a cualquier persona o grupo de ellas que estuvieran a punto de diñarla o ser dañadas de horrible forma. Ese aplauso cerradísimo y general siempre bendecía la  aparición de los salvadores y el cese del sufrimiento en los espectadores, disfrutando como enanos  de la  venganza, siempre con violencia sin límites, de los buenos (menos mal que eran buenos, porque en ese momento no tenían piedad y se portaban fatal) contra los malísimos. Ahí si que había hombres que también aplaudían a rabiar, incluso puede que algunos lloraran de emoción, cosas de machos machos, deben ser también .

       Los que venían de Madrid ya las habían visto todas, por norma general, y para demostrar su conocimiento anunciaban lo que iba a pasar, antes de que pasara….muy graciosillos ellos. La última vez que me han contado algo parecido a esto ha sido  hace poco, y no con una peli, sino con un libro. Cuando se editó el final de Harry Potter, en el colegio de mi hijo pequeño, evidentemente, estaban leyendo el libro  todos a la vez, han crecido con esa saga, así que  los cutres, que lo llevaban más adelantado o habían terminado, supongo que chicos, siempre con ganas de molestar, se acercaban a quien fuese de su clase, y sin venir a cuento le soltaban …”   Longbottom muere, y también muere Arthur Weasley, Snape y Bellatrix Lestrange….no lo sé, pero seguramente que a alguna chica se lo decían, ellas no serían capaces. Cuando al ser humano, sobre todo si es chico y necesita vengarse,  le da por molestar, resulta penoso y bastante ridículo.

      Normalmente siempre aguanté, a partir de cierta edad, las películas de miedo, pero hubo una que no conseguí ver más de media hora desde el patio de butacas, aunque, por puro morbo, no me fui del cine. Es más: me quedé aislado y solo detrás del  cortinón de terciopelo e intenté dos o tres veces entrar y aguantar, pero no lo conseguí. En el distribuidor de la izquierda había buena iluminación y no se veía la película, pero los gritos daban mucho más miedo. Me quedé hasta el final, preguntándome qué estaría sucediendo en la pantalla. Ahora, en la tele, no impresiona tanto, la he buscado y la he visto, ya mayor. Lo que puedo decir es que  esa noche no la voy a olvidar mientras viva, nunca he oído tanto y tanto grito junto…de ellas, pero creo que  alguno debía haber, que gritaba también en la sala, y sólo por “hacer” más miedo aún. Os digo el título, no nos vamos a quedar sin saberlo: “El Péndulo de la muerte”, de Roger Corman, cuyo protagonista, Vincent Price, debía ser muy parecido a mi maestro Arnedillo cuando era joven, un verdadero galán. Si a alguien le apetece, se encuentra en Internet, y tengo que reconocer que no está nada mal.

     A veces venían unos inspectores enviados por el Gobierno, supongo, a verificar si había niños menores en las  calificadas para mayores. Si tenían la suerte de  encontrar alguno, la multa recaudatoria para los ladrones, que siempre los ha habido, del Gobierno Central, era para que se le cayese el pelo …de todo el cuerpo a “cámara lenta de gas”… al dueño del cine.  Como  nuestras familias estaban al completo en la sala, a alguien se le ocurrió la brillante idea de fabricar un banco alto, para que mi primo Juanito y yo pudiésemos asistir a todo tipo de películas, incluídas, evidentemente, las  prohibidas para nuestra edad, y desde la mismísima cabina de proyección. Nos sentábamos muy calladitos y las veíamos por un agujero rectangular, en el que cabían holgadamente  nuestras dos caras, pegados a la izquierda de esa especie de  monstruo que vomitaba  imágenes por el cañón para reflejarse allá, a más de veinte metros, siempre llevado de las riendas por un adulto, bien Abuelo Atilano, bien tío Gómez, tío Pina o Antonio Palacios padre. El mamotreto de cámara era enorme. El ruido del monstruo  también era mayor, pero, a pesar de todo, se escuchaba perfectamente el sonido de la película. Cuando estaba en funcionamiento, la potencia de la luz que se generaba en su interior obligaba al operador de turno a ponerse unas gafas especiales si tenía que abrir la carcasa.

    Siempre me pregunté después de ver un montón de ellas, por qué las de mayores de dieciocho años eran para mayores de dieciocho años. Los niños no entendemos las alusiones a muchas cosas que no estamos en edad de comprender, porque, al menos a mí, nadie me había explicado nada, y cuando estamos en condición de entender ciertas cosas, la verdad es que no somos ya tan niños y entonces…¿qué importa?.  En las de miedo,  y en la cabina, teníamos un adulto al lado y , de todas formas no os creais, encontrarse allí dentro, te “salvaba”, en cierta manera, de lo que pasaba en la pantalla, se sentía uno ….como… más “resguardado” que en el desprotegido patio de butacas.

     La primera película que recuerdo haber visto fue “El pequeño Gigante”, esa era para niños niños, efectos especiales geniales para la época y …un niño, de todas formas,  se conforma con cualquier cosa. También tengo que citar “Rebelión a bordo” y “el capitán Blood”, la primera película que ví en un cine extranjero, en Cáceres: el Cine Capitol. Enorme, para mí, tan acostumbrado a las dimensiones de “bolsillo” de nuestro “Cine Palacios”. Fue durante mi posoperatorio de apendicitis. Me llevó mi mama Pepita. Fuimos, y volvimos andando, a los cinco o seis días de la operación. Una proeza, aunque estuviera tan cerca. Ir de la clínica San José hasta el citado cine, en el paseo de Cánovas, cuando a mí me tiraba todo lo “tirable” desde dentro de la barriga, pero, a pesar de todo,  con sumo gusto. De una larga lista que haya podido presenciar se  extraen unos cuantos más: “Rebelde sin causa”, “Solo ante el peligro”, “Las aventuras de Tom Sawyer”, “55 días en Pekín”, “King Kong”, en blanco y negro, pero absolutamente genial e impactante, gloriosa. “Dodge City, ciudad sin ley”, “Psicosis”, “Con faldas y a lo loco”, “La gran Evasión”, “Hermanos de sangre”, “El derecho de nacer”, “El señor de La Salle”, “Espartaco”, “Los siete magníficos”, “El tiempo en sus manos”, “La isla misteriosa”, “Maciste el Coloso”, “Ulises”, “Lawrence de Arabia”, “El Gatopardo”, “el hombre con rayos X en los ojos”, “Desde Rusia con amor”, “El profesor chiflado”, “Doctor Zhivago”, “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Centauros en la noche”, “Rio Bravo”, “Horizontes de Grandeza”, “La gran Familia”, “Historias de la radio”, “La ciudad no es para mí” , y un larguísimo etcétera…

     A los niños  nos fascinaban las películas de Tarzán, de Joselito y, a mí, sobre todo, de Marisol: una bellísima chica, …¡¡¡qué lujo!!!: ¡¡¡una chica como heroína!!!, rubia, preciosa y con los ojos azules. En la cabina de proyección del Capitol aún debe haber una foto de esa artista dedicada a Atilano Palacios “con cariño”. Lo que aún no sabía yo, era que, andando el tiempo, terminaría trabajando la voz,  con el mismo maestro de aquellos dos celebérrimos personajes de cine “para todos los públicos” y, de los que él, me contaba detalles que me sabían deliciosos, precisamente  porque eran  mis héroes de infancia. ¡¡¡¡Oooohhh!!!!. De Marisol siempre me dijo que era una chica estupenda y preciosa. Cuando llegaba al estudio del sexto piso de  Mejiá Lequerica (al lado del edificio Uralita en Madrid) si él, por casualidad, no estaba, lo esperaba sentada en la escalera el tiempo que hiciese falta y, por sistema, lo recibía con una sonrisa de oreja a oreja. Marisol siempre me ha caido muy, pero que muy bien, y siento mucho que haya sido explotada vilmente y privada de infancia, como lo fue otro alumno glorioso del maestro Arnedillo: Joselito. A Joselito se lo trajeron al maestro porque tenía dos películas que rodar y estaba cambiando la voz, es decir: había problemas. Con este personaje, parece que Arnedillo recorrió el mundo, concierto a concierto, porque  el ruiseñor de las cumbres lo llevaba a todos lados durante un tiempo para no perder al maestro. Me contó que era un niño precioso. Las señoras lo paraban por la calle, en París, para besarlo, y el gran  Joselito cantaba, por ahí fuera, un repertorio lírico que nunca escuchamos aquí dentro, canciones religiosas y arias divinas de ópera en teatros importantes de Europa. También  me contó que, al crecer, se quedó pequeño y “cabezón”,  ya no les “servía” para hacer cine, por suerte para él, a los que les interesaba explotarlo a perpetuidad. El maestro me enseñaba, tremendamente orgulloso, un reloj de oro de pulsera que tenía grabado en el reverso “a mi maestro Arnedillo, con mucho cariño, Joselito”. Quiero mucho a Joselito, menos que a Marisol, por supuesto, aunque no conozca personalmente a ninguno de ellos, pero me siento tremendamente solidario con cualquier víctima de explotación, puede que porque yo haya sabido inconsciente, y conscientemente, decir NO a los que se me han arrimado, siempre con el fin de utilizarme para sacar dinero. Los odio profundamente, y sé muy bien quiénes han sido, es más: los huelo a distancia.  NUNCA  se me va a olvidar su jeta.

     También dio clase el gran maestro a Sergio de Salas, a los padres de Plácido Domingo, al marido de Montserrat Caballé, Bernabé Martí, a Miguel de Alonso, a Basilio, a Rocío Durcal, a Rocío Jurado, a Jacqueline de la Vega y a Ángela Molina, Andrea Bronston, Sherpa, buen amigo,  compositor y solista de “Barón Rojo”,  a Massiel, de la que me contaba que llegó con unas ganas locas de triunfar, y una fuerza, tales… que no se le pudo escapar el ganar el Festival de Eurovisión, en aquella gloriosa época en la que ese festival era un espectáculo apasionante de la tele en blanco y negro . Al día siguiente de que esa primera española de la historia:  Massiel, ganase, con toda España al completo, incluídas Cataluña y el País Vasco,  celebrando eufórica el acontecimiento, fuimos a la Jira en la furgoneta de la familia Perdigón, detrás,  encabezados  por la entusiasta Felisa y no paramos ni un momento de cantar “La, la, la….” . Una vez apareció Julio Iglesias en la tele, cantando al lado de una especie de “indio salvaje” de una isla perdida vestido como tal, con  vozarrón considerable y comentaba mi maestro: “¿cómo se le ocurre hacer ese ridículo, si Julio Iglesias ni tiene voz ni nada parecido?”. Arnedillo fue el  primero que escuchó en Madrid a Alfredo Kraus cuando vino de las Canarias. De hecho, me contó que fue a saludarlo con gran ilusión por los noventa y tantos del siglo pasado, tras un concierto de Alfredo en el Teatro de la Zarzuela, y Kraus lo recibió sonriente, diciéndole, un poco sornoso, aunque, supongo, sin mala intención, yo sé muy bien que después de un concierto se queda uno… como en las nubes: “Hombre, maestro: ¡todavía estás vivo!”, a lo que el maestro, con diferente educación que el divo, venida de otros tiempos, mucho más pasados que  aquella, que siempre lo fue,  voz portentosa, un poco acidulada, de “carraca”, decían los malos del Liceu, algo nasal, portamentada en cada nota, y de la que hacía gala el “gran maestro Kraus” , se apresuró a responder: “¡Y tú también!, …¡y tú también!”. Andando la vida, resulta que Alfredo Kraus murió, puede que  por casualidad…cinco años antes que el  maestro.

      El maestro Luis de Arnedillo nos tuvo entre sus alumnos a Nathalie y a mí durante tres o cuatro años, de 1989 a 1993. Draconiano régimen: tres clases de una hora a la semana ; según él no podía ser menos, porque una clase a la semana se olvidaba con rapidez. Su edad era absolutamente indefinible e indescifrable, suscitaba apuestas entre los alumnos, puedo decir que nadie la sabía con seguridad. Parece que llevaba peluquín (tortuga),  lo decían con tintes peyorativos, pero a mí no me importa lo que pueda, o  decida libremente no llevar, el que sea,  su aspecto físico, ni su manera de vestir. Lo que me interesa es que esté bien dispuesto hacia mí, que me enseñe algo y que no me “chupe” mucha energía, hay auténticos agujeros negros que absorben toda la que pueden de los que se acercan. No cometáis el error de relacionaros con pozos negros de esos, puede que cuando os deis cuenta sea demasiado tarde para recapacitar. También es verdad que los pozos negros suscitan “de rebote” muchas cosas buenas, pero se pasa mal. Gran verdad es que lo que no te mata te hace más fuerte. El maestro Arnedillo era un ángel de bondad bendito de Dios. Un auténtico caballero de los que se habían extinguido decenas de años antes de que disfrutáramos el impagable lujo de tenerlo como profesor. Y viene a colación este bendito maestro porque, en primer lugar, y como ya he dicho, era actor de cine, al que le interese puede buscar “el milagro del Cristo de la Vega”, en la que hace el personaje del malo. Amigo de Cesáreo González, del crítico Antonio Fernández Cid, de Luis Mariano, de Alicia de Larrocha, y de muchos de  los grandes músicos y cantantes, líricos o ligeros, de su época y también de grandes compositores como Sorozábal o Moreno Torroba. Queriendo saber cuál era su auténtica edad, le pregunté una vez, zafiedad mía, que soy más de pueblo que las amapolas,  directamente, cuántos años tenía, y él, sentado al teclado, zambulló su espíritu fijamente  en un paisaje muy lejano que debía imaginar, entornó los ojos, como intentando hacer un esfuerzo de memoria, y, sin abandonar aquel rictus, que parecía estudiado para la ocasión, ni la mirada perdida en el más allá de su piano vertical, balanceando lentamente la cabeza…me dijo, con voz también perdida en el infinito Universo de su ser: “…Ya no me acuerdo!”. En otra ocasión le pregunté lo qué había hecho él durante la Guerra Civil, a lo que respondió: “¡Mire usted: yo, haya pasado lo que haya pasado, nunca dejé de dar lecciones de canto!”. Y otra, siempre indagando: “maestro: a usted ¿le gusta Carlos Gardel?, su contestación no se hizo esperar, arrancó los ojos del piano, me miró a los ojos, profundamente  perdido en el manantial de su memoria, se le iluminó el semblante, abrió su boca, estirando el cuello un poco adelante y me miró con sus dos ojos de un azul intenso, un tanto desleído , a la vez que indiscutiblemente sinceros, muy serio, pero delirante de satisfacción. Con voz agrandada por gratos recuerdos, me soltó lo que nunca habría esperado: “¿Cómo no voy a conocer a Gardel…?, …¡Si rodé con él “Melodía de Arrabal”!…”.  Lo verifiqué. En una de las primeras escenas aparece fumando como un carretero, de actor secundario, haciendo de  jugador de cartas al que le roban la cartera. Por la época en que nos daba lección, como él lo llamaba, tenía 98 años, lo sé porque tuve que hacerle un certificado médico para que lo operaran. Cuando me dio el DNI, sin lamentarlo mucho, se le escapó un “Ahora ya sabe usted cuántos años tengo”. Murió en una Residencia de Ancianos que le  arrebató, en tres años, lo que cien años de vida, como actor, maestro e  intachable caballero, no habían logrado arrebatarle: la cordura primero y la vida después. Seguro que está en el Paraíso, ya empezó a disfrutarlo aquí abajo, a pesar de la multitud de  impresentables e indeseables de todo tipo que debieron cruzarse en su camino. De esos siempre los hubo en todas las épocas de la Humanidad, y pienso que, por desgracia,  seguirá habiéndolos mientras el mundo dure.

       Con él aprendí muchísimas normas de cortesía y educación, deferencia en el trato y respeto sin límites hacia las personas que se acercan a nosotros porque, de alguna manera, nos necesitan. El detalle de ayudar a los demás a ponerse el abrigo entre otros muchos. Cuando se levantaba del piano y tomaba entre sus  manos mi prenda, yo se la quitaba diciendo: “¡Suelte usted, maestro, por favor!”, me parecía un gesto…como sumiso. Como si yo no mereciese que esa gran persona se “bajara” hasta mi humilde realidad;  y él, sin soltarlo nunca, me respondía: “¡Pierda usted cuidado!, ¡no se preocupe!, yo nunca he sido camarero!”. Tardé mucho en entender aquello. Arnedillo venía de otras épocas, otra grandeza diferente, otra manera de ser, otro “savoir faire”. Como no me explicó nunca la frase, pensé dos soluciones: Bien fuese que , en los principios del siglo XX, los camareros siempre tenían la deferencia de ayudar a los clientes a ponerse el abrigo, y poco a poco se fueron “resabiando”, o bien, el hecho de ayudar a alguien a ponerse el abrigo es una norma de cortesía que se perdió hace muchísimo tiempo y los camareros, claro, tuvieron, progresivamente,  demasiadas cosas que hacer , como para ocuparse de intrascendencias, al menos los que conociese él, yo me llevo muy bien con muchos de ellos, brava gente. Con el maestro aprendí a dejarme ayudar y tener que dar las gracias, así como a hacerlo a otras personas a mi vez, suscitando las mismas reacciones, y con la frase aprendida “como decía mi maestro Arnedillo, no se preocupe usted, yo nunca he sido camarero”. De la misma forma aprendí a tener que fiarme de una tercera persona  más que de mí mismo a la hora de cantar, he tomado conciencia  muy poco a poco, soy muy desconfiado porque me han dado por todos sitios, y uno tiene que aprender a confiar, asignatura pendiente para muchos. Por fortuna hay más gente buena que impresentables a los que tiene uno que aprender a “oler”, y además,  tampoco se puede vivir en este mundo pensando que todo el que te rodea es un indeseable o impresentable de esos.

CRÓNICAS DE MI INFANCIA (colección completa)

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