EL TINTERO DE MARÍA. Mi nacimiento

Soy nieta, por vía paterna, de labriegos y también tenían un horno, por vía materna, de carniceros.

En la Calle del Consuelo, un dieciocho de Julio de mil novecientos cincuenta y siete, nació el primer hijo de mis padres, Cándido e Isabel, mi hermano, nacido muerto.

Este hecho marcó la existencia de mi madre. No la dejaban verlo, pensaban que así el duelo sería más pasajero, pero ella lo exigió, lo tuvo en sus brazos y lo acunó. Aún hoy me recuerda cómo era, un niño precioso y de casi cinco kilos, sus ansias de maternidad frustradas, y un sufrimiento que sólo una madre puede entender.

Un veintitrés de junio de mil novecientos cincuenta y nueve, a las nueve de la noche, nací yo, en lo que es ahora el número 69 de la Calle del Consuelo. Mi madre fue atendida por Dña María, la matrona del pueblo, ¡Una niña! ,lo que mi madre quería, me oía llorar y de su boca sólo salían las palabras: ¿está bien, está bien?, ¡ está viva, está viva!, cuatro kilos y medio de personita.

De pronto, hubo que avisar al médico, mi madre tenía una hemorragia tremenda, se desangraba. Un coche en la puerta para trasladarla a Cáceres. Ahora no era el hijo, era la madre la que podía perder la vida, todo se solucionó, para bien. Hoy gozo todavía de su presencia, el sol que alumbra mi existencia, a su lado todo cobra sentido, todo es amor.

Me cuenta mi madre, que cuando la familia, vecinos y amigos acudían para verme, no podían creer que fuera la recién nacida, con los ojos abiertos parecía no querer perderme nada de lo que sucedía a mi alrededor, sigo siendo así.

Mi padre, entonces, trabajando en el campo, venía a casa una noche sí y otra no, justo la noche que nací él no estaba. Fue entrar por el pueblo, y su hermana Mercedes, mi tía, le dijo: Cándido, ya tienes quién te lave las camisas, jajaja… es hoy día y cuando me “enfurrusco” con él le digo: Cuidadito Cándido, que no te lavo las camisas… él  se ríe.

Por expreso deseo de mi padre, fui inscrita en el Registro Civil y Eclesiástico con el nombre de María, nadie le hizo cambiar de opinión.

Cuando el sacerdote le preguntó (D. Francisco), María…qué?, mi padre contestó: MARÍA…….SIMPLEMENTE MARÍA.

Mi madrina fue mi abuela paterna María Josefa Canas. Me bautizaron en la Ermita del Cristo. Según cuenta mi madre, la parroquia de San Mateo, estaba en obras. Una vez bautizada me llevaron a la Ermita del Consuelo. Sé por mi madre lo que la pidió para mí, PROTECCIÓN Y QUE FUERA SIEMPRE FELIZ.

Lo curioso, mi abuela materna María del Consuelo y yo, compartimos madrina, lo que es la vida. Mi abuela paterna amadrinó a la materna con once años.

Gracias Padre, porque acertaste de lleno. Soy María, tu Mari, tu hija….no podría tener otro nombre, tengo cara, cuerpo, olor, sabor, alegría e identidad , gracias a ti…..YO SOY Y ME SIENTO : MARÍA.

Empecé a perder peso, no mamaba. Todo el día y la noche llorando, me llevaban al médico…..no tenía nada…bueno…. alguno dijo, que quizás un poco de mala leche (lo siento fue así), mi madre pensando que perdía a su niña y mi padre, no sé como no se mató, porque se quedaba dormido encima de los árboles.

Decidieron llevarme a un pediatra muy bueno que había en Zorita, por supuesto “particular”, todo por la niña, diagnóstico: una otitis de caballo.

Cómo iba a mamar con el dolor que tenía, me mandaron unas gotas, que mi madre recuerda llevar siempre en el sujetador, porque había que mantenerlas calentitas. Empecé a mejorar de inmediato, la tranquilidad y la alegría volvió al hogar.

Eran tiempos en los que las mujeres se iban a lavar al río o al helechal y aquí entraban en acción las vecinas, la Sra. Anita Quintana, Juana Millanes, María Josefa, su prima. Mi madre, me quedaba el tazón con el “pan migao” y en la cuna, y ellas pendientes de cuando despertara darme de desayunar, lavarme, lo que fuera necesario , hasta que llegara mi madre, esto era AMOR.

Una especial mención a José Millanes. Pedía permiso a mi madre y me llevaba a los recados con él, tendría unos once o doce años más que yo, me quería muchísimo, tanto, que su abuela se enfadaba porque tenía una prima de mi edad, y no la hacía ni caso, sólo a mí.

Qué daría por encontrarme con vosotros alguna vez…os llenaría de besos… nunca podré pagaros lo mucho que me quisisteis.

Dice mi madre, que aprendí a hablar muy pronto y correctamente, (y por los codos, sigo igual….)

Tendría cerca de dos años, me bajaba de la cuna y subía las escaleras a gatas, las que llevaban a la cocina donde yo oía trajinar a mi madre. El primer día que lo hice, mi madre se pegó tal susto que no dijo nada hasta ver que llegaba arriba, sobre todo por no sobresaltarme a mí y que pudiera caerme. A partir de este momento mi madre habilitó una panera, con un colchón y me llevaba siempre con ella, dice que me entretenía mirando de un lado a otro siguiendo sus pasos.

A los dos años y medio, “ME ESCAPÉ DE CASA”…buueno, escaparse….escaparse…pedí permiso  :mamá, voy a ver a los abuelos, y ella dijo: bueno…..pues yo, al pie de la letra, me fui. Cómo se iba a imaginar ella que yo lo estaba diciendo en serio. Poco rato después, empezó a llamarme, y la niña que no aparece…Una vecina, otra, aquí no está, aquí tampoco…de pronto se encuentra a José Millanes y al verla así , pregunta ¿qué la pasa?, mi madre le cuenta, y éste la dice ¿tu Mari?, acabo de verla llamando en casa de tus padres…

Yo no acertaba a abrir el cerrojo. Después de mucho llamar mis tías descubrieron que era la sobrina la que llamaba. Al oír llegar a mi madre (que venía calle abajo, como un toro garroncheao), me escondieron en el cuarto oscuro para evitarme la bronca…..,no consintieron que me regañase……pero juro……QUE NO VOLVÍ A HACERLO….

Era muy mala comedora y mi madre me recuerda los bizcochos que mi abuela paterna, María Josefa, me hacía en el horno, sólo de huevo….ni eso ni na….gloria bendita que me dieran, vamos lo que se dice en Logrosán “Una galga merendera”.

Igualmente me recuerda, unos zapatos rojos que me trajo mi Tía Antonia, la mujer del hermano de mi padre ,de Cáceres, de color rojo. No los había en todo el pueblo igual.

Mi tía Angelita, mi tío Rafa y Pili Cano y Francisco Aguirre, entonces las dos parejas eran novios, me llevaban siempre de paseo con ellos. Mi tía y Pili, me enseñaron que cuando tuviera ganas de hacer pipí o popó, dijera: Tía me duele el pechito. Mi tío y Francisco se asustaban los pobres pensando que me estaba pasando algo, y las otras, a carcajadas, riendo.

El único requerimiento para el paseo, era que la Mariquilla debía ir de punto en blanco, buena cosa para decir a mi madre que me llevaba siempre como una princesita. Tenía unas manos para coser fuera de lo normal, tenía y tiene. Todavía recuerdo un vestido, ella me dice que cómo puedo acordarme de eso, que era blanco, de esa tela arrugadita y con unos capullos de rosas de color azul, con el cuerpo de jaretas y la falda de vuelo y un cintillo de color blanco, e ir de la mano de mi padre.

Alguna vecina cuando me veía la decía a mi madre: Ya verás cuando tengas más hijos como no va a ser lo mismo. Como ”poleos” nos llevó siempre mi madre a los tres….

Mi amiguita era Mariam, nieta de Alonso Gil, hija de Rafael, al morir su madre, quedó al cuidado de sus abuelos y de su tía Nina.

Podría describir esa casa perfectamente, sobre todo el patio con el porche, y unas escaleras a la derecha donde se subía a un patio de naranjos. Jugábamos a las casitas, era la única niña que entraba en esa casa, según dice mi madre porque era una niña muy buena, tranquila y obediente, no sé por qué, pero siempre he tendido a ir con ciertas personas y no con otras, no me gustaba ir con gente revoltosa. Marian, cuánto me gustaría volver a verte. Cuando me cambié de casa seguimos siendo amigas, luego cada una voló a un cielo diferente.

Ahora entro en la figura paterna. Mi padre me quería con locura, aún me siguen diciendo ambos progenitores, cómo puedo acordarme de ciertas cosas, teniendo en cuenta, que me cambié de casa antes de los tres años y todo esto sucedió allí.

Me sentaba en el umbral de la puerta con él, le hacía una y mil preguntas, mi padre me alzaba con sus brazos y yo reía y disfrutaba como una enana.

Tenía mi padre una manta marrón, que era la que llevaba al campo cuando llovía. En el verano caluroso, la tendía en el suelo para dormir la siesta, y yo acurrucadita a él me quedaba dormida, a su lado era la niña más feliz del mundo.

Yo imitaba mucho a mi madre y por eso mi padre me hizo una escobita de año, y con mi madre barría la puerta. Sé quién me la quitó, pero vamos, que mi madre la recuperó de inmediato, ¡¡cómo se iba a quedar su niña sin su escoba!!. Si fuera hoy..la diría.. déjala madre ,que barra, que barra ella.

Tres años viviendo en la C/ Del Consuelo, cuando paso por allí me vienen tantos recuerdos…..

Nunca olvidaré a esas personas que tanto me amaron y a las que yo tanto amé, daría todo por volver a verlas.

Mi primera infancia, FELIZ AL MÁXIMO, cerca de la Ermita y del Cerro de San Cristóbal, por donde pasa de vuelta la Señora a su casa el día de la Patrona. Tuve que nacer allí, no podría ser en otro lugar, en mi Logrosán querido, qué bonito eres, tu tierra, tus árboles, tu gente…., huele a NATURALEZA VIVA, de la que yo me nutrí, de cuyas fuentes bebí y calmaron mi sed.

Ahí estás siempre esperando al hijo pródigo, sólo el que vive lejos de ti, puede entenderme.

M.C.

Madrid 29 de Noviembre del 2017.

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