Titan Villuerca 18, la crónica.

Un relato personalista de la carrera de los dioses, por Francisco González.

Dos años sin acabar la Titán, esto es lo que se me pasaba por la cabeza cada vez que se acercaba más y más la fecha de la prueba. Otro año sabiendo que no tenía la certeza de acabar, que no lo tenía en las piernas, que era una locura intentarlo. Hasta el Strava me indicaba claramente lo que había, 800 km en todo el año, 160 de ellos en el último fin de semana, donde hice 120 en carretera para ver donde andaba, aunque realmente fue para ir mentalmente preparado, para coger moral que se dice. Y me la dio.

Comprobé que estaba para 4 horas máximo “dándole”, extrapolándolo a la prueba significaba medir cada gramo de esfuerzo, olvidar la competición y hacer una prueba de supervivencia, y aún así no lo tenía nada claro. Temía los dolores de piernas, pero no a los calambres, que al final y al cabo, paras, estiras, descansas y se pasa. Me refiero a ese dolor que llega antes que va incrementándose poco a poco y que entran ganas hasta de llorar, ese dolor maldito que tuve el pasado fin de semana, pero buscado a propósito para ver el límite.

La carrera

Aunque me coloco delante para estar con Oliver y me da tiempo a ver a mi pequeña Carmen y a mi mujer en la salida, animándome ante lo que me espera, salgo muy despacio, sin cambiar el rumbo porque me adelantan todos, más de medio pelotón, pero me mantengo firme en mi plan. La salida es cuando más nervios hay, todos colocándose, a toda velocidad, pulsaciones al máximo, gastas mucha energía y sin darte cuenta se pones un nivel de esfuerzo que sin duda desgasta y no estaba para eso.

Hasta la subida de los Lunares todo igual que en otras ediciones hasta que nos desvían a una zona por encima y que pasa, si no me equivoco, cerca de un tramo de la primera edición. Se suceden tres subidas de mucho desnivel, si empezamos así, ¿En que se va a convertir esto? Comencé a darme cuenta de que este año el nivel de dificultad había subido (luego me dijeron que así se anunció, pero este año he estado tan al margen que prácticamente no me han llegado noticias, mejor).

Hacia Berzocana todo igual, otra vez la bajada sin poder disfrutarla, y menos con un herido que había en medio de la bajada tumbado de costado, clavícula rota parecía, aunque lo que me preocupaba era verle sin casco. Estaba socorrido y la ambulancia resonaba al fondo por lo que los servicios de la carrera estaban actuando con premura. Espero que ya esté mejor y recuperándose de las lesiones. Todos estaban parados mirando en vez de seguir y dejar paso y no entorpecer más, sumando más riesgo al ya inherente de la bajada. A mí se me ocurrió darle ánimos, gritarle que estábamos con él y que pronto estaría bien, no creo que me escuchara, pero era lo único que se me ocurrió.

Pasando Berzocana llegamos a una zona nueva donde ya se desveló lo que venía, dureza y más dureza, rampones que yo no podía permitirme ir montado, si lo hacía no duraba veinte kilómetros más, seguro. ¡Vaya una zona increíble, precioso! El circuito de este año es increíble. Esa zona de hierba, rocas y alcornoques acaba en una bajada muy tendida, cruzamos la carretera y comenzamos a subir pasado Solana, o eso creo, otra zona completamente nueva que entendía que en algún momento llegaríamos a Santa Lucía. O eso andaba deseando, pensando que se me hacía ya muy pesada la zona. Era el kilómetro 38 y las fuerzas estaban intactas, las piernas respondían.

Llegamos al desvío de la Ultramaratón, de ir con mucha gente, me quedo casi completamente solo y desde allí hasta el final vi a bastante gente, pero siempre de uno en uno, en parejas, a ratos iba con alguien a ratos solo, mentalmente la cosa se ponía ya seria. De hecho, hasta empezar la subida hacia las Antenas de Navezuelas, camino por el pantano, ese tramo que es muy sencillo casi llano se me hizo eterno debido a la repentina soledad, ¿Dónde estaba la curva que marcada el comienzo de la subida? Pensé.

En el kilómetro 50 empieza la subida más o menos y veo que no entra el plato grande, eso si que me hundió la moral porque yo voy con un 32×42 (1×11), poco desarrollo, con un 30 hubiera ido mucho mejor, cuidando más la musculatura, creo que tengo mérito con tanto “Eagle” que se veían y platos del 46 y hasta el 50, auténticas paellas que me hubieran venido la pelo, la verdad. Una vez parado me doy cuenta de que se puede meter el plato manualmente y que no hay que forzar el cambio, se ve que hacía tope la roldana con el plato y claro no subía, pero estaba en su posición, por lo tanto “a manubrio” y listo. Recobro la ilusión y sé que en 10 km tengo alguien que me lo puede arreglar, todo bajo control otra vez, me centro en subir lo más cómodo posible sin bajar del 42, “paque” si no había más. Y entonces “tras”, el primer latigazo llega, se me monta el cuádriceps de la pierna derecha, recurrente hasta meta, pero estaba extrañamente contento ya que eso lo podía controlar.

Llego a Navezuelas, kilómetro 60, y sigo el guion, paro, estiro, como, bebo y mientras tanto me ponen a punto la bici y no hay dolor, empiezo a creer que puedo llegar, pero me da mucho respeto la zona del Viejas y la subida hasta el Humilladero. Mentalmente ese era el punto de inflexión entre terminar y no terminar, era la gloria o una lenta agonía hasta encontrar el sitio más cercano para llegar a casa.

Salgo del control de Navezuelas con más moral que el Alcollano y veo dos cuestones impensables que automáticamente mi cabeza asoció a la Cuesta del Cachondeo de los 101 de Ronda, el que ha estado allí sabe de lo que hablo, estos andaluces son sin duda unos cachondos, pues los logrosanos se ve que también. Ni se me ocurre subir montado, peno hasta llegar arriba, pero me dio ánimos saber que la subida al hacia el Viejas se hacía más corta, subida en asfalto que no es de mi agrado, siempre la sufro.

La subida hacia el Humilladero se hace tan dura como se preveía, la conozco muy bien y es de esas subidas que te van minando la moral y las piernas, cada vez más pendiente con peor terreno, hay zonas de andar entre pedruscos. No solo la subo si no que no me bajo de la bici en ningún momento, presentándome en el kilómetro 70 con muchas ganas de acabar la prueba con casi garantías de poder hacerlo, con toda la ilusión truncada años atrás.

Esta vez me llevé un bocata, me lo comí tranquilamente antes de la bajada del Onceno, realmente estaba saboreando muchas cosas, acordarme de Oliver que siempre me dice que me lleve el bocata, saboreando las mieles de un plan bien ejecutado, la bajada que seguía que me encanta, plantarme en un kilómetro 80 que ya olía a mi victoria, acabar la Titán.

Después del Onceno, que disfruté como un niño, comienza una zona desconocida para mí, el Pantano de Guadalupe, una zona preciosa, el pantano a rebosar, zona dura al principio y luego otra bajada que desemboca en el comienzo de la Católica. Allí me pega el tirón más grande, después de la bajada con mucha tensión, aunque me fui conteniendo, pero no me libré. No me pongo nervioso, me paro, lo controlo, estiro y para adelante, ya no hay nada que me pueda parar, nada.

La Católica, kilómetro 90. La conozco tan bien que sólo tenía que ponerme mini metas, paso a paso, rampa dura montado con ratos andando que me llevarían poco a poco hasta su coronación en el Castaño del abuelo.

Bajando hacia el Pantano de Cañamero comienza a llover, me esperaban todavía más de dos horas y la lluvia se hizo diluvio por lo que, acompañado de un corredor, decidimos parar a ponernos el chubasquero. Encaramos juntos la zona del Matadero, le voy indicando como trazar, el terreno estaba muy embarrado, casi intransitable después de tanto corredor y el agua, se me sale la cadena (conté unas 10 paradas por esto, tenía que haber cambiado el plato antes…), un desastre que se pasó rápido.

Ya en Cañamero, kilómetro 100, me siento tan bien que no me importa lo que venga, no me importó subir a pie la cuesta de Dominique y tampoco la zona de barro de alcornocales por encima de donde yo vivía en Cañamero, que no me lo esperaba. Me importó tan poco que me emocioné al recordar las miles de veces que he jugado allí y encima es uno de los cuentos que le cuento a mi hija noche tras noche para dormirla cuando me dice papá, uno de cuando tú eras pequeño y cierra los ojos preparándose para dormir con la música de fondo de mi voz susurrando.

El Kilómetro 110 nos conduce a la parte final, otro tramo nuevo, que como toda la prueba iba a ser duro, aunque con la ventaja de que el día anterior Oliver y yo la reconocimos, ya estaba en mi cabeza, otra vez con mis mini metas hasta llegar por fin a casa.

Meta, 121. Es el año que más emoción he sentido, quizás por los malos recuerdos de no poder acabar, no poder competir por no estar en forma, situaciones personales que todos tenemos y que influyen, cambios en la vida, gente que no los respeta, etc.

Este año no sé cómo felicitar ya a la organización porque creo que han subido el nivel de una manera excepcional, en organización, en como estaba todo de bien señalado, avituallamientos de comida y reparación, el trato, el recorrido, que me ha sorprendido una barbaridad, etc. Mi más sincera enhorabuena a César y a su equipo y a todos los que están detrás, que son cientos de personas desinteresadas que ponen su trabajo para que esta prueba salga tan bien, que sacrifican su tiempo de descanso y ocio por estar horas y horas en un puesto o de un sitio a otro o en meta o donde les toque…

Si que me voy a acordar de mi primo Esteban, mi suegra y otros muchos más que han estado muy preocupados por mí, porque no llegaba, pero es que este año se trataba de sobrevivir, 9:27 según he comprobado, el ciento y algo de sólo 150 participantes que han terminado (300 salieron), posición 35 de M30 pero creo que habrán acabado 40, como digo, esto iba de sobrevivir.

Una mención muy especial para Oliver, puesto 46 de la general, con rotura de cadena incluida, a mi me parece algo excepcional para las horas que dedica, sin duda se conoce y sabe bien como ponerse en forma. Con el nivel que había me parece una pasada. ¡Enhorabuena Oli!

Finalmente me despido mencionando a mi sufridora mujer, que sé que estaba muy preocupada por mí y que le gustaría estar en mejores condiciones, con un embarazo que se nos está haciendo largo y que no estamos disfrutando lo que se supone que deberíamos. Pero así es la vida, seguro que todo sale bien y María nos va a llenar de felicidad, ya verás. Te quiero, gracias por estar ahí.

Hoy puedo decir que soy un Titán y que he vencido a mi cuerpo y a mi cabeza, que se pueden hacer cosas solo deseándolas. Aunque ojo, no se trataba de vivir o morir, he puesto más cordura de la que parece y he sabido en todo momento si podía seguir o no, he medido mucho. Lo digo porque no comparto el “Fanatismo Positivista” casi “Suicidista”, corriente del No gain No pain (del que confieso fui seguidor) que inunda el deporte amateur, que hace flaco favor a la salud y al propio deporte.

¡Hasta la próxima Titanes!

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One Comment to “Titan Villuerca 18, la crónica.”

  1. Además de TITAN por terminar la prueba, eres un magnifico escritor, no lo dejes.

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