LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: La Academia

Por J. Muñoz González (2009) -reedición-

POSTAL LOGROSÁN AÑOS 70 (1)Cuando tengáis algún pleito, -Dios no lo quiera, paisanos-, y tengáis que pasar a declarar por el Juzgado de nuestro pueblo, en medio de la pugna judicial, tratad de escuchar por aquellos pasillos y estancias algún rumor rezagado de años atrás.  Pues allí vivimos muchos de mi generación y aún de las anteriores, disgustos y gozos intensos, y allí quedó explicado por D. Emilio el sistema periódico hasta la saciedad, y las ecuaciones, y la formulación, y allí D. Serafín, nos enseñó los primeros balbuceos del francés, y Dª Antonia nos repitió durante años lo de hervir, servir y vivir, o la rebelión del bastardo Enrique de Trastámara, que pretendía el trono castellano.

Mientras llega y no llega Su Señoría y empieza el pleito, sentado en el banco del pasillo, escuchad. Oiréis ya lejanas las clases de religión de D. Francisco en aquellas tardes de noviembre. Este cura que muchos recordaréis, hombre voluminoso y tranquilo que no llegó nunca a entender muy bien el Concilio, solía extasiarse fumando un eterno cigarrillo Ducados –volutas de humo azul y suave-, mientras nos explicaba misterios ininteligibles que hablaban de tres personas en una y otras cuestiones afines que él concluía resueltas, y nosotros aceptábamos en pos del aprobado.

Era realmente una academia sórdida y oscura. Hasta la clase de gimnasia se celebraba a puerta cerrada, en el mismo aula en que se impartía la La Política –F.E.N., la democracia orgánica y el bien común- o los trabajos manuales de pegamento y medio, tijera y cartulina de colores.

            Hoy, no habrá conserje en este edificio judicial antes Academia. Entonces si lo hubo. Y célebre. Nada menos que el señor Gregorio, quien luego lo fuera del Colegio nuevo y de la Piscina. Por las buenas, y durante las clases fugadas, contaba toda suerte de chismes, chirigotas chistosas y chascarrillos de caza y pesca, por las malas, te arrimaba “la punta la bota al culo” y se chivaba. En el peor de los casos, cuando un tal Tomás -que nos daba las marías- nos arrestaba sin comer en su aula, este ínclito conserje asomaba por la puerta mayormente su nariz poderosa y con un gesto expresivo nos recordaba la vacuidad de nuestros estómagos, mientras el tal Tomás nos dibujaba huevos fritos con patatas, pollos asados y otras viandas humeantes que nosotros apreciábamos con singular realismo en la pizarra y evidente sadismo en el dibujante.

            Recordarán esto sin duda próceres compañeros como Victor Morano, Andrés Cuco, Marchena, José Gabriel Paz, Juan Miguel Astudillo e incluso el recordado Diego Zarzo, con quien escribe.

            En aquella vieja academia, agoterada en invierno, sofocante en verano, oscura en todo tiempo, pasamos sin embargo –los de mi quinta- un solo curso, el primero de Bachillerato Elemental, pues ocurrió que el gobierno nos construyó un nuevo edificio que, ya con hechuras modernistas, pasó a denominarse El Colegio, y luego en un alarde de tecnicismo pedagógico, Colegio Libre Adoptado.

            Esta modernidad, contaba ya con patio, laboratorio, salón de actos con mampara de madera y amplios pasillos, cosa que se echaba de menos en el angosto caserón del barrio de la iglesia, donde el alumnado se apretujaba en las entreclases de manera que, ni aún el Señor Gregorio podía controlar las algarabías.

            El director -y profesor de ciencias y números-, era D. Emilio Peña, quien cada día aparcaba su viejo R6 dentro del recinto, al lado de las escaleras de acceso. Los demás profesores venían andando, excepto Tomás, el de gimnasia, que subía en la Vespa que se compró para ir a ver a la novia, cañameriega ella.

            Y a la vera de la estudiantina fue a establecer su industria la señora Antonia, mas conocida por La Coscurrera, quiosquera con trienios a la que ya conocíamos los muchachos de los tiempos en que un tractor la tumbó un primer quiosco verde en la plazoleta de Madroñero, migrando entonces a la Plaza de la Torre donde, ahora sí, instaló ya un quiosco metálico a prueba de embestidas, y en el que vendía –en franca competencia con el quiosco del Gatino– patatas fritas y pipas en cucuruchos peseteros, y los cromos de La Naturaleza y el Hombre en sobres igualmente de a peseta, en los que, generalmente, encontrabas repetidos los del domingo anterior, que luego cambiabas en clase.

            Aquel quiosco de La Torre, por avatares urbanísticos y conveniencias comerciales, fue pues trasladado por la señora Coscurrera a las puertas mismas del colegio, de manera que al salir, te lo topabas irremediablemente. Lástima que no teníamos nunca, un duro, ni aún una peseta, y cuando la teníamos era Domingo, y no merodeábamos precisamente por el Colegio, por lo que siempre pensé que la susodicha quiosquera, este último traslado no lo pensó bien.

Mas barato era matar el tiempo destrozando a patadas unos pinos recién plantados, con  que la autoridad tuvo a bien obsequiarnos en el pequeño jardín de la entrada al colegio. Pues en aquella época en que el futbol no hacía los estragos de hoy, gustábanos a otros y a mí describir por el aire un gracioso salto, para ir a depositar la parte inferior del talón sobre el tronco de aquellos jóvenes plantones, que, en correspondencia, se inclinaban hacia el suelo paulatinamente día tras día.

Y recuerdo que éstas y otras gestas las teníamos muy a gala algunos compañeros que presumo lo recordarán con meridiana claridad, pues a día de hoy, aún entendiendo el calibre de la gamberrada, no dejamos sin embargo de reirnos ocasionalmente de tales gestas que, sin embargo, prohibimos con vehemente seriedad a nuestros vástagos.

En algún momento que precisar no puedo, incorporose al Colegio Dª Eloísa Gil para impartirnos el francés, un idioma en el que se hablaba machaconamente de la cabra de un tal mesié seguín -inglés aún no se daba-, y recuerdo que aquella señora, a la que reputo a día de hoy excelente persona, no obtuvo fácilmente nuestra atención y entrega, y reconozco que en su clase, siempre se registraba un murmullo creciente de aburrimiento –cosas de la ignorancia y el atraso que nos atenazaba-, si bien hoy lamento no haberle prestado más atención, atendido que el francés me parece una interesante lengua. Aunque bien pensado, este murmullo que podríamos llamar escándalo incipiente o escandalillo, solía repetirse en las clases de sus colegas: No era un alumnado -definitivamente- comparable al de Oxford.

            En aquella Academia nueva, en fín, en la que todos nos enamoramos, y nos peleamos, y suspendimos mil veces, y bailamos durante los recreos en la máquina de discos del Bar de Juan Antonio, pasaron luego muchas cosas que otros podrían contar. Se produjeron fallecimientos como el de la propia señora Coscurrera, o el del propio D. Emilio, y como la parca a nadie respeta, también se nos marchó el de religión, que habrá podido al fín comprender el de la santísima trinidad y otros misterios entre las volutas blancas de las nubes celestiales. Y se fueron marchando alumnos y profesores de manera que, como pasa siempre en el mundo, de aquel Colegio solo quedan los muros.

Hoy, nadie notará la ausencia del R6 de D. Emilio, y menos del quiosco de la señora Coscurrera, con las horas de ganchillo que esta buena mujer hiciera en las largas tardes de invierno, esperando la salida de la chiquillería.

One Comment to “LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: La Academia”

  1. Me ha gustado mucho recordar ese tiempo yo lo viví.

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