LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: Vivir en Logrosán

¡A la una anda la mula! ¡A las dos la coz! … ¡Marcas de tabaco a la velocidad del rayo! ¡Pídola! No lo intentes, te puedes dejar algún hueso en el salto. La edad no perdona.

(Redición ) Por JMGOL. -2010-

El Fútbol I: El Palomar

¿O quizás te son más familiares: furbol, fulbo o hasta furgol? Las enciclopedias y reglamentos de este deporte omiten un detalle esencial: el fútbol se juega cuesta arriba, o cuesta abajo. Y no hablo en sentido figurado. Las tapias son relativamente recientes y no digamos los vestuarios o el agua caliente.

EQUIPO FUTBOL AÑOS 60

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En el inicio, el recinto quedaba delimitado por un alambre, no había taquilla y en el descanso se pasaba la gorra o el platillo. ¿El vestuario, por favor? ¿Ve la carretera, frente al tejar de los Pachones? Mire usted, pues debajo, en el puente, donde cruza el meandro seco que acaba en la charca Parrala: como algún árbitro. Hubo un tiempo que el terreno de juego, por obras, se llevó a la parte de arriba, junto al olivar.

La cercanía de unas cuadras permitió la sustitución del puente frente al tejar por un vestuario más decoroso. Se arregló el campo, pero siguió cuesta arriba, o cuesta abajo. Se construyó una tapia, pero se cayó. Cuentan que la hizo Minuto y se cayó en un segundo. Y por fin se construyó el vestuario. No el actual. Juntos local y visitante. A pesar de las peculiaridades descritas, todavía el campo de fútbol de Logrosán podría ser confundido con algún otro. Un personaje hará esto imposible: La Teresa Mordijuye. Un grito lastimero: penalty, penalty, … ¡Sólo puedes estar en El Palomar! Si además te pide pipas, no lo dudes. ¿Dónde están los protagonistas? por supuesto, en el vestuario, con olor a Tío del bigote, a punto de saltar al terreno de juego, pero esto no ocurrirá.

El Fútbol y II: Las viejas glorias

Con el paso de los años he descubierto lo relativo de la edad viendo partidos de fútbol en El Palomar. En la época de las viejas glorias, al fútbol jugaban hombres. Hoy juegan casi niños. Y sin embargo tienen la misma edad.

Madroñero, de defensa, tenía aspecto de señor mayor la tarde que, en la portería de abajo, detuvo el avance del cura de Pela sujetándole del brazo. El detenido tuvo que ser repatriado a Pela en un 2CV con el brazo colgando. Manolo Calceta era el portero, tenía un traje de portero, negro, con una adorno amarillo en forma de V, desde los hombros, con vértice en el esternón. Los dueños del centro del campo eran Los Leoncios y Diego Pichi La delantera era patrimonio de los hermanos Marisita aunque el 9 caía sobre la espalda de José Luis “El capi” (por su padre, no por el brazalete). Y otros a los que no consigo ubicar en el terreno: Juan París, Casero, Tomás (sí, el de la discoteca). . . Todo esto merecía el mejor de los entrenadores: Emilio 100%, y la mejor de las aficiones: La Teresa, Crespo, Boni, Diego Batalla. . . Muchos otros defendieron los colores (que nunca he sabido cuales fueron) de Logrosán: Chispa, Felipe Pizarro, Sebastián y Fernando Díez, Don Pedro el cura, Miguelete (el del guardia), el hijo de Juan Antonio (el del Bar), Felipe Gallego, Vicente Chichi, Prieto, Bayón, Alfonso Triguero (que si no le nombro le da algo), Manolo y Susi Parrina, Chisco, los primos Pachones, y así muchos hasta que los que jugaban eran como niños. Hasta un servidor, perdón por la autocita, jugó un partido contra Zorita: 1-4 en casa (perdón por el pareado).

Las luminarias

He de reconocer que era excitante. No sabría acotarlo en el calendario, pero aquello probablemente duraba más de un mes. Todo discurría acelerado, sobre todo la tarde: salir del colegio con prisa, merendar atragantándose, ¿estudiar?, hasta Fofó, cómplice de mis urgencias, aceleraba el ritmo de sus canciones desafinadas. Y todo este ajetreo: ¿para qué?. Pues unos días para montar guardia y los más… – Hoy vamos al camino de San Martín. – No, que yo he visto troncos secos más allá del Caño Redondo, a la vuelta de la Sierra. – …. Formar parte de una luminaria era una seña de identidad, casi una religión, que obligaba a seguir un catecismo con fidelidad. Era importante hacer la luminaria más grande. Pero quizás lo que el paso de los años me dejó no fueron los triunfos (si es que los hubo). Me queda la excitación de la actividad, el regusto de rozar el límite de lo prohibido, el riesgo que entrañaba la búsqueda y la custodia del combustible y las noches oscuras arrastrando troncos que pesaban más que los porteadores. El 12: la explosión, más excitación, La Cerquilla, El Cristo, El Arroyo. Me quedo con una; La Fuente; su líder: Pepe Colorín. El 13: los rescoldos y las cenizas. Una sensación de vacío. ¿Que haré por las tardes?: salir despacio, merendar despacio, estudiar; y Fofó, que ya no siente mis prisas, vuelve a cantar a su ritmo, eso sí, siempre desafinado.Hoy lo prohibido se ha convertido en autorización administrativa, nuestro catecismo en reglamento y se subvenciona la participación y la calidad. No lo reprocho, pero me quedo con mi excitación de cada Noviembre y Diciembre.

Vacaciones de Navidad

El último día de escuela ya se hacía poco, de hecho las vacaciones las daban por la mañana y por la tarde a recoger serillitos. Unas veces íbamos por la calle que baja del Granaillo, otras por la calle Escarchaculos. La vuelta solía hacerse por Los Caños con los cubos bien repletos y, ale, a casa a montar el portalito. Algún año se empezó a poner árbol en la plaza. No recuerdo cual. La primera lotería que recuerdo la escuché en una radio con caja de madera y botones para Onda Media, Onda Corta y Onda Pesquera. Ninguna me aclaraba nada, pero la que más me despistaba era la pesquera. Nunca tocó en Logrosán el gordo. Bueno, una vez, pero casi todo a gente de fuera, que trabajaba en la nuclear. En nochebuena íbamos por las casas a cantar villancicos. Cantábamos mal. Muy mal. El grupo lo formábamos cuatro. Reservo en el anonimato los otros tres nombres (hoy son ya personas respetables). La gente no se portaba mal. Siempre tuve la duda de si nos daban el aguinaldo por cantar o por acabar pronto. El fin de año lo llevábamos con discreción: … hasta que pudimos entrar en la discoteca de Tomás. Lo que hacía que las vacaciones formaran un todo eran los escaparates con juguetes: las más de las horas las pasábamos mirando el escaparate de Gabriel González, de Agustín Arroyo y, sobre todo, el de Carrasco. Esa esquina de la plaza conoció nuestras vacaciones de Navidad y nuestras ilusiones más que ninguna otra parte del pueblo. Y así hasta el día de Reyes. ¡Ah! Traicionero día de Reyes, que escondía en su vuelta de calendario el retorno a la rutina: los serillitos ya secos, el aguinaldo gastado y el escaparate de Carrasco repleto de telas estampadas. Una pena.

Las vacaciones,… y después qué?

Tras las vacaciones, ahora las de Navidad, pero ocurría tras todas las vacaciones, los de Madrid se iban. También se iban los de Cáceres pero a mí me dejaban más huella los de Madrid. La consecuencia inmediata de la marcha era la recolocación de parejas. Tras dos días de un insufrible nudo en la garganta, la expectativa de varios meses sin el ligue duramente trabajado durante las vacaciones se alzaba con toda su crudeza. Los primeros días se paliaba a base de furtivas llamadas telefónicas o de cartas que, vistas años después, me parecen de redacción y contenido imposible. El método telefónico no era fácil: no había cabinas, los escasos locutorios no gozaban de la discreción requerida y llamar desde casa tenía tantos componentes de aventura que no todos los corazones estaban preparados para soportarlo. Como consecuencia de la carestía de los medios, la lejanía de las palabras y los resultados poco tangibles, las conferencias se distanciaban tanto, como crecía la atracción resignada que empezaban a suscitar los que se quedaban. El resultado: tras dos o tres semanas, cada oveja tenía su pareja y el pragmatismo de lo cercano se abría paso frente al idealismo de lo lejano. Las semanas siguientes se caracterizaban por la estabilidad que proporciona lo irremediable y sólo algún puente regalado por los caprichos del calendario alteraba tan cómoda situación. Otra cosa eran los previos a las siguientes vacaciones: el desasosiego que generaba la próxima vuelta de los de Madrid, obligaba a estrategias separatistas que permitieran una toma de posiciones sin incómodas ataduras a los que, semanas antes, eran nuestros únicos y obligados recursos.

… y casi todo sin televisión!

¡La guerra se ha acabado! ¡Que pena! No se preocupen los asiduos: no es el inicio de un tratado belicista. La guerra a que me refiero tenía su más sangriento campo de batalla en el Arroyo, no dejaba heridos y normalmente los muertos acababan recogiéndose en casa con el encendido de las luces.

El suelo mojado hacía rescatar rápidamente del cuarto de los trastos el clavo. El Campanario y los patios de Las Parroquiales y Las Escuelas Nuevas vieron pasear nuestra destreza: seis cuadros o islas eran las modalidades y limas, alcayatas y púas grandes cumplían con más o menos decoro la función de clavo.

Ino y Ayo eran los reyes del Aro. Una guía y un aro permitían recorrer el pueblo llevando el entretenimiento puesto. Yo tuve uno, luego se convirtió en canasta de baloncesto. Ya no era lo mismo.

¡A la una anda la mula! ¡A las dos la coz! … ¡Marcas de tabaco a la velocidad del rayo! ¡Pídola! No lo intentes, te puedes dejar algún hueso en el salto. La edad no perdona.

Por la calle de Gabriel ¡Reloj! Por Correos ¡Campana!. Y la horda partía gritando y tratando de confundir al enemigo. Inicios de la guerra de la información.

¿Y la televisión? Pues, si acaso, Felix El Gato. Tampoco había más. ¡Que suerte tuvimos!

Pero el juego supremo, el que entrañaba más riesgo y hacía latir más deprisa el corazón, era tentar a la bobi.

¿Como le explico yo a mis hijos que les hemos robado todo esto?

Primavera

   En Logrosán no hay vallas publicitarias como las de las capitales, donde El Corte Inglés nos pueda anunciar su llegada, envuelta en tonos pastel o parchís. En Logrosán sí hay calendarios. Calendarios que poco ayudan a la hora de encontrarla.

   En esta situación: ¿Como se entera uno en Logrosán de que la primavera ha llegado?

   Su manifestación es traicionera, tiene mil caras y siempre guarda una adecuada a la edad y estado de ánimo del paciente.

   Por la tarde, cuando iba a las Escuelas Nuevas, se hacía notar subiendo por el Arroyo; en el Cristo su cercanía se hacía inequívoca; al llegar al patio de las escuelas, allí estaba, aparecía como un irrefrenable deseo de no entrar en clase, venía acompañada de síntomas inequívocos: una sed que sólo apagaba el pozo de los tejares o un puñado de acereas, variedad estación, a ser posible.    Otros años, el reino animal se me adelantaba. Con absoluta alevosía, la primavera aparecía en una caja de bombones Suchard a granel: los gusanos asumían su papel de emisarios estacionales a cambio de unas cuantas hojas de morécano a las que la Bobi ponía un alto precio. Años más tarde, tomó forma de mujer: también por la tarde, es su hora preferida. Aparecía encarnada en una compañera de clase que, en su evidente proximidad, se había empeñado en permanecer ostentosamente oculta durante el invierno. La primavera, perversa ella, atacaba la vista y el olfato, agitaba el corazón, ahogaba la respiración, encogía el estómago y debilitaba las articulaciones. Un cuadro clínico para el que la ciencia del momento no aportaba terapia adecuada. ¡Afortunadamente!

La Doaldi

Llamémosle La Doaldi para entendernos, pero también podríamos hablar de La Viajera, La Donbenitense, El Coche de Línea y, para mí el alias más ilustrativo: El Coche de Madrid.

Mis primeras Doaldis las sitúo como espectador pasivo en la plaza (o quizás es una foto) y tenían a mi abuelo Eugenio subido en la baca, los asientos de madera: 3 a un lado, 2 a otro; y el motor bajo un morro de época. Después paró (para) en La Torre y fue allí donde me convertí en usuario suyo. En La Doaldi han viajado conmigo la esperanza del encuentro, la angustia de la ausencia y la excitación de lo desconocido. Cuando era yo el que esperaba, allí estaban junto a mí la ilusión por su llegada y la frustración de quien no vino. La Doaldi unía Logrosán y Madrid por estrechuras imposibles, terraplenes con vértigo incorporado de serie, curvas que desafiaban las leyes de la geometría y finalmente caravanas interminables. Su travesía, de tintes épicos, hacen que, todavía hoy, me suenen a leyenda nombres como el empalme de Aldeanovita, los Guadarranques o el cruce de Lucillos y Cebolla. Pero La Doaldi no sólo transportaba viajeros: los jueves nos traía las películas para los cines de Atilano, metidas en cajas de lata cuyo robusto diseño soportaba sin deterioro el impacto de su lanzamiento desde la baca, y que La Teresa M. recogía y transportaba ceremoniosamente en su carro; a diario el Ya y el ABC, que se distribuían en el Bar de Pajote; y, como no, los paquetes que Juanillón repartía con diligencia. Y allá, siempre, al otro lado, el humo, La Estación Sur y Palos de Moguer (Línea 3).

Don Emilio y Doña Antonia

         Existe una generación de Logrosán para la que estos nombres no necesitan apellidos. A otra anterior le ocurre algo similar con Don Manuel. Yo pertenezco a la primera. Resulta cómodo pensar que El Saber se oculta en profundas cátedras de intrincadas materias; resulta (resultó) luego que El Saber, ese saber que identifico en mayúsculas, se alojaba a escasos metros del lugar donde saltábamos a Pídola o donde metíamos los decisivos goles de 1º contra 2º. La ciencia (las ciencias), la letra (las letras) y, lo que es más importante, el amor que por ellas se puede sentir salieron, sin ser consciente de ello, de aquellas aulas que regentaban Don Emilio y Doña Antonia. Sobre todo, salieron las que me han sido más necesarias y útiles en La Vida, al menos en la vida que a mí me ha tocado vivir. También salieron aquellas otras que han supuesto la base sobre la que se cimienta el escaso saber que uno llega a acaparar. Don Emilio, para quien siempre fui el apellido de mi abuela marcando las sílabas, consiguió enseñarme que, tanto en la geometría matemática como en esas asignaturas que no aparecen en los libros de calificaciones, la recta es la forma más corta y sencilla de ir de un punto a otro. De Doña Antonia, que nunca olvidó su Bayona natal y que quizás siempre esperó de mí lo que según mi versión no podía dar y según la suya no quería, aprendí que para ir de un punto a otro a veces es preferible tomar un camino distinto del recto o, quizás mejor y mas gallego, otras veces es aconsejable que nadie sepa que camino tomaste. Don Emilio, allá donde esté; Doña Antonia: Gracias. ¡Ah!, Doña Antonia: no volveré a decir que Don Emilio es el “diretor”. ¡Vd. ya me entiende¡ .

2 comentarios to “LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: Vivir en Logrosán”

  1. En la foto de arriba hay dos jugadores de Berzocana, Juan Pedro Sánchez Rodríguez y Felipe, También está Dn. José Manuel por aquel entonces cura de Berzocana.
    Saludos.

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  2. ……al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca has de volver a pisar…….

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