LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: Una navidad especial

Manuel Palacios“Personalmente, prefiero las historias que me contaron mis padres y mis abuelos: Navidades de otros tiempos, donde el cariño, la conversación y la compañía de toda la familia era el mejor regalo, cuando no había tanto extra como ha habido hasta ahora, tanto consumo, tanto despilfarro, tanta lucecita, con lo que cuestan…”         

      Uno de los coristas más notorios con los que que he tenido el placer de trabajar, Don José Manuel Rubio, pianista y organista aficionado, antiguo catedrático de Derecho en Granada, y preceptor de los hijos de Emilio Botín, cultísimo, latinista fino y melómano impenitente, al que he tenido que llamar la atención unas cuantas veces, porque no paraba de hablar con Enrique García Cao en los ensayos, ya se sabe: ¿los de casa? …¡los peores!, me preguntó en una ocasión si yo me había dado cuenta de que tenía una familia muy navideña.

     La pregunta vino a propósito  de la presentación diferida de un disco nuestro “en sociedad”, disco del que nos sentimos bastante orgullosos: Un concierto familiar en el que participamos los cuatro miembros unidos  en el Café del Infante, la antigua Casa de Godoy, a base de unas cuántas páginas vocales y pianísticas, de las más bellas que se han escrito en relación con el tema que nos ocupa. Intrigado…le pregunté “¿por qué muy navideña?”, y, triunfante, me explicó: El arcángel San Gabriel (el nombre de mi hijo mayor, que actualmente dirige la “PALACE BIG BAND”, orquesta de saxos, toca el piano, el saxo, la trompeta, el trombón y, musicalmente hablando, no para) anunció a la Virgen María, en un acontecimiento que la Iglesia denomina el “Natalitium” (de ahí el nombre de Nathalie, la genial persona, aunque bastante incomprendida por estos lares, e inmensa artista con la que comparto vida, avatares, cariño, música  y armonía a raudales, gracias al cielo…y a mucho estudio), que daría luz a un niño que se llamaría Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”, ese soy yo, Manuel, el que escribe. El día que “nace” ese niño es el 25 de Diciembre. El día de  Navidad, en francés, es “Le jour de Noël”: Noël es nuestro hijo pequeño, que, de pequeño…nada de nada, absolutamente suyo, y viviendo su vida en un plano distinto, como más elevado, desde que nació, es compositor y realmente especial, lo tengo en muy alto aprecio porque sé que tarde o temprano va a parir grandes cosas. En aquel apreciado disco, titulado “20 canciones de Navidad de aquí y allá” cantaba conmigo dos números: “Noche de Paz” y “el villancico del Boticario” de Antón García Abril, tenía once años, y cada vez que escucho esas dos canciones se me ilumina siempre el semblante. Agradezco a José Manuel su comentario, espero que lo sienta en el cielo, donde seguro que se encuentra, y añado algo que él no sabía: mis dos hijos se llevan ocho años y nacieron, Noël, el 16 de Septiembre, , y Gabriel, el 23 del mismo mes. Una semana después. Exactamente trece días después del nacimiento de Noël, el 29, murió Don Benigno Palacios, mi padre…¿Y esto qué quiere decir…?. Pues contemos nueve meses atrás. Lo sabemos muy bien. Los dos se concibieron, casualmente, en la casa de Nathalie, cerca de París, adyacente al cementerio de Villennes sur Seine, y los dos en fechas navideñas. Gabriel comenzó su viaje hacia nuestro mundo una Nochevieja, el día uno de enero, mi santo religioso, y Noël viene de la Nochebuena. Por eso se llama Noël, por eso es tan especial, se llevan una semana de concepción y una semana de nacimiento. Nathalie es como un reloj, y todos nos sentimos muy ufanos de tamaña coincidencia de dos  proyectos de cigüeña encargados en fechas navideñas. El disco está enterito en Internet, por si alguien quiere darse una vuelta…Hay temas muy, muy bien escogidos por la madre y muchos son preciosos.

     Es imposible, para todos aquellos que hemos pasado la infancia en cualquier pueblo, escaparnos, cada año, en el que llegan estos entrañables días, al aluvión de tantos bonitos recuerdos, esos que se graban a fuego, y para toda la vida, en la memoria  de un niño en crecimiento. Aunque, con esta edad que algunos vamos alcanzando,  ya no sea nada… ni medio parecido. Año tras año, cada vez va faltando alguien más a la cita porque han cogido el último tren antes que nosotros. Pero ¡vamos a dejarnos de sentimentalismos nostálgicos!. A la gente hay que disfrutarla en vida y alegrarse profundamente de haber compartido cosas bonitas con ellos, cuando ya no están, que , a mí me da que sí, que siempre están, aunque no los veamos.

    La alegría, en nuestra especie, es profundamente contagiosa. Las reuniones de familia. La presencia de aquellos a los que sólo veíamos en esas fechas, porque estaban lejos y….”volvían a casa por Navidad”, frase, cínicamente robada a la imaginación del pueblo soberano por un “despabilado, interesado por un puñado de lentejas, y vendido al, asimismo vendido, vendedor y esclavizador mercado  publicitario”. ¡¡Olé sus “narainas”!!, ¡¡yyy…su amplio estómago,…ése que a mí me falta!!. Lo pagará, el ya citado, que bien debía saber lo que estaba haciendo,…cuando lo hacía;  …pero tardará demasiado y nadie se  va a enterar, ¡Una pena!.

    Las películas que se pasaban, por esas fechas se encontraban, siempre, entre las mejores del año, además, daba gusto ir al cine, porque abuelo Atilano encendía la calefacción con horas de anterioridad y se estaba bien calentito.

    El achispamiento. El jolgorio general en las cenas señaladas. En mi casa, a partir de las diez… no se salía nunca, pero se sabía que eran esos días por el frío “insufrible”, el Belén, el pino de Navidad y los villancicos. Y un dato muy relevante y feliz: no había escuela, ni colegio.

    El tedioso, y obligatorio trabajo impuesto a los niños, contrario a su esencia, a su realidad biológica y psicoemocional, y que siempre hemos contemplado como algo absolutamente natural porque hemos nacido inmersos en  esa esclavitud y no somos capaces de abstraernos a la tremenda, y palpable realidad, ese componente carcelario que cualquier Escuela o Colegio detentan “de natura”, se paralizaba, durante más de dos semanas, en un catártico paréntesis.

    Los niños disfrutábamos una amnistía general por dos semanas. Una maravillosa tregua. Otro motivo más de regocijo… allende los religiosos. Más tiempo para quedarse en la cama, durmiendo, o, en mi caso, leyendo cualquier cosa, ayudado de una lamparita portátil pinzada a la cabecera de la cama, intentando, al mismo tiempo, que las manos no salieran de debajo de las mantas, porque se quedaban “pajaritas” del frío que hacía en cualquier casa, ¡¡que la mía no era, de ninguna forma, una excepción!! …y se enfriaban en cuestión de segundos.

    Como ya he dicho, mi padre me había quemado, a la ternísima edad de cinco años,  todos mis cómics (cuentos), porque no quería que entrara en casa ningún libro con “santos”. Mi amigo, y compañero de estudios, Juan Luis Roldán, me prestó dos novelas, escritas por  un tal Julio Verne, pertenecientes a una serie que yo no conocía aún,  se llamaba “Colección Historias Selección”. Fascinantes, oye. Pero un malhadado día las vio mi papa, no sé cómo se las arregló, pero las encontró. Con lo bien escondidas que las tenía  porque ya sabía yo, perfectamente, que los “santos”, al menos en mi culturalmente “superevolucionado” entorno, estaban superprohibidos. ¡¡Si él supiera que los “santos”, o “ilustraciones” constituían solamente la vanguardia del audiovisual, perfectamente enlatado y presentado, como producto de consumo masivo, masificado, y que  estaban  comenzando, solamente, su insana conquista sobre  nuestra gran civilización humana y su cultivo espiritual de los últimos tres milenios,… y que, además, esa industria audiovisual terminaría poniendo en peligro, no sólo  la expresión escrita, sino incluso todo tipo de  arte, ya que “el artista que no acepta las asquerosas e injustas normas del Sistema, simplemente pasa inadvertido, condenado sin remedio al ostracismo”, influyendo sobre personas cada vez menos formadas, cada vez más fáciles de seducir, sobresaturadas de imágenes y sonidos, que no de libros, aborregando hasta extremos nunca imaginables a los miembros de  nuestra especie, esa que se tiene por inteligente, y, muy sabiamente manipulada, esa industria, por  perversas mentes ansiosas de cualquier tipo de beneficio…¡¡y pooodeeerrr….!!. ¡¡miii tesooorooo!!…

    Pues, con el miedo que yo tenía …de que mi padre las quemara y no pudiese devolverlas, asistí al rápido hojeo de los libros, por su parte, con aire, me refiero a mí,  de corrupto imputado en el Juicio Final. Observé su comportamiento con acendrado pánico interior, intentando no delatar mi abrupta preocupación, absolutamente resignado a lo peor que podía suceder, la quema inquisitorial…

     Pero…esa vez, ¡Oh, Albricias!,  ¡No!, ni hubo gritos ni aspavientos. Mi gran interior profundo soltase poco a poco a un éxtasis de alivio.  De cierto aire,  medio desdeñoso, medio comprensivo, tras el somero vistazo dijo, de modo,  a duras penas aprobatorio, como algo indispuesto por no haber tenido la ocurrencia él mismo. Él, que, por sistema, y sin alternativa posible, era el que tenía que tener todas las ocurrencias para su microentorno, …hasta ese momento, ¡Je!, ¡Je!, exclamó en voz alta: “¿Julio Verne?…¡ah!, ¿lees a Julio Verne?, bueno, pero no leas solamente las viñetas, te dejo leerlas (¡gracias, papá!), pero solamente podrás mirar los “santos”, después de que hayas leído todo el texto escrito en las hojas anteriores. Las viñetas de cómic eran una página de “santos”, intercalada cada dos hojas de texto escrito.

   Y prosiguió sus quehaceres, pensando, …como si lo viera, porque lo sé: “Uf, menos mal que lo he advertido a tiempo, si no, mi hijo hubiera sido  capaz de empezar a leer otra vez “cuentos”, que son más fáciles para los niños, en lugar de leer los textos escritos, para lo que se necesita un esfuerzo intelectual mucho mayor”.

    De esa colección, colosal y archipopular idea, propiciada por la editorial BRUGUERA, que mezclaba el texto auténtico con el cómic,  resumen “edulcorado” para niños más pequeños…. a lo que tenemos actualmente en la caja tonta, y  hablo de productos finísimos como el “Sálvame” y “La isla de los famosos” o “Gran Hermano”, iban a pasar solamente cuarenta y cinco años. El miedo de mi padre estaba muy justificado y era, flagrantemente premonitorio…

    La Navidad, las fiestas “blancas”, a veces sin más blanco que lo que pudiese ser una eventual  helada mañanera, y, muchos más amaneceres, ni siquiera eso; siempre han consistido, durante mi infancia, en esos  gloriosos días de vacaciones que disfrutábamos jugando en la calle todo el santo día, cuando se podía salir, que era casi siempre. O en alguna casa, al generoso y lindo braserito, viendo películas con los amigos y los primos, cuando hacía mal tiempo. Lo del brasero es un fastuoso  invento, que no podrán entender aquellos que nunca lo disfrutaron, entre ellos los extranjeros. Y algunos de ellos dicen, …”inorantes”, como dirían Doña Antonia o mi abuela Catalina, que produce varices, pero no es verdad, en absoluto, lo que produce varices, y muchas cosas peores, es la inactividad física, peor, si se acompaña del eventual exceso, tanto de  comercio como de  bebercio…al braserito.

     Las familias, por aquellas épocas, se  unían, sola, y exclusivamente, en  distendida distensión, a comer y a celebrar cualquier cosa, alrededor de la tele, como si el  aparato, genocida progresivo de cultura, fuese motivo de  adoración, situado en una especie de  altar mayor, a veces con ruedas, para poder ser mejor adorado,  vomitando las imágenes y sonido que no sé quiénes se arrogaban la decisión de que se vomitaran por la pantalla, las mismas para todos los hogares (no el mío) desde que empezaba la emisión hasta que terminaba.

    Todo el mundo podía disfrutar de su execrable mediocridad, que entonces nos parecía “el no va más”…excepto las geniales mujeres. Muchas han escapado a la época del atontamiento televisivo gracias a ser mujeres, ya que siempre andaban  ocupadas preparándolo todo…cuando,  ni uno sólo de los demás poníamos, nunca,  en tela de juicio, tamaña injusticia, ya que en todas las casas cocían habas , y a nosotros, los niños, directa y sinceramente, nos convenía demasiado esa injusticia. De los “adúlteros” (por “adultos”, es un chiste, en ninguna manera una constatación) machos al braserito, mejor no  hablamos.

    Personalmente, prefiero las historias que me contaron mis padres y mis abuelos: Navidades de otros tiempos, en las que el cariño, la conversación y la compañía de toda la familia era el mejor regalo, cuando no había tanto extra como ha habido desde mi adolescencia hasta ahora, tanto consumo, tanto despilfarro, tanto evento, tantísimo regalo, tanta lucecita, con lo que cuestan la luz y las lucecitas,  y eso todos los Ayuntamientos lo saben, tanto adorno, hasta el punto de que negocio…o pueblo, o centro comercial “sin adorno”… llega a ser mal visto. Trabajo para ponerlos. Trabajo  para quitarlos después. La cumbre del derroche, y el  máximo ejemplo, en España, siempre ha sido El Corte Inglés, megalómano de nacimiento, ostentoso y, para muchos, entre los cuales me encuentro, el mayor revulsivo del hiperconsumo que nos ha conducido, de la mano de los “listos más listos que nadie”, a nivel mundial… a una crisis, como la que estamos capeando, en la que alternan el exceso total de los  participantes en un criminal juego “¿¿¿a ver quién es el que tiene más estómago para quedarse con más dinero del sudor de otros..???”, con el hambre, el dolor y las miserias de mucha gente que, a lo peor ni vien en España, ni conocemos, y ni siquiera sabemos… si tienen ganas de festejar algo, o, en realidad, qué es lo que van a hacer para llegar al fin de cualquier mes, que éste Diciembre ni siquiera ha sido una excepción.

     Es fácil imaginar, antes de la luz eléctrica, a toda una familia junta, el día de Nochebuena, en el molino del Río, alrededor de un buen fuego, bebiendo vinito y cantando villancicos de todo tipo, o bien… dando vueltas por el pueblo, “arrecíos”,  con cuatro instrumentos improvisados y un par de botellas de cualquier cosa…en Navidad las estrellas siempre fueron el anís “del Mono” y el “coñá”, berreando alegremente beodos y haciendo todo el ruido necesario….para pedir el aguinaldo. Todas esas manifestaciones populares se vinieron abajo, en gran manera, cuando apareció la música enlatada, y, sobre todo, cuando aparecieron la imagen, acompañada de la  música, enlatadas y difundidas. ¿Para qué vas a cantar si los de la tele lo hacen mejor?, ¡dejadme escuchar!, ¡vosotros lo haceis muy mal!!. Y la gente dejó de cantar, y la gente dejó de expresarse, que ya había dejado de hacerlo cuando triunfó el Sagrado Movimiento Nacional. Y el Movimiento no se refería, de ninguna manera, al meneo de nalgas de las mujeres macizas bamboleándose al compás de lo que fuese, y que abundaban por doquier, aunque los niños pasásemos de largo, sin advertir absolutamente nada …y la gente, también dejó de bailar bailes de salón, que armonizarse con una pareja es demasiado complicado y nos gustan los asuntos fáciles, ¿¿quién quiere aprender cualquier cosa, con lo agusto que se vive en la ignorancia??. Y empezamos a bailar “suelto”, que es un baile mucho más difícil que el “agarrao”, cuando el “agarrao” es, en teoría, indispensable, para poder soltarse a improvisar por libre.

    Se repetía, todos los años, la suculenta (con niños nunca es “sucurápida”) rutina de subir a la Sierra para coger “serillitos”, preciosas placas de musgo reluciente y verde. El más esponjoso y bonito, se encontraba alrededor de la pequeña cueva en la falda Norte de la Morra, encima del Toril, que ha sido ya citada, con tia Josefina, tía Dolores, mi madre, Juanito, la prima Mari, la prima Mari Loli, y bajar los  cestos llenos a rebosar de vida verde desubicada a perpetuidad. Los serillitos daban para montar inmensos belenes. Montañas hechas con placas de corcho. Desiertos con arena y palmeritas. Figuritas de todo tipo, preciosas, de barro, muchas de ellas hechas a mano, que se rompían cada dos por tres, y había que pegarlas con pegamento Imedio. En los últimos tiempos ya empezaron a venir de plástico (malditos plásticos para toda la vida y mucha más eternidad, es un material inhumano), irrompibles, pero sin espíritu. Luces por todos sitios, el castillo de Herodes iluminado de rojo, el interior del portalito amarillo claro o blanco. El Nacimiento, el buey, el burro, San José, la Virgen María, el niño Jesús,  zagales, lavanderas, el odiado Rey Herodes, como figura opresora, representante del Imperio Galáctico invasor, sus soldados, brazo armado que se mancha las manos  ejecutando órdenes asesinas cuando hay que dar un escarmiento a la gente de bien, el angelito de la Anunciación colgado del corcho del portal. La estrella que guió a los Reyes, que no podía faltar, el pescador , con un pececito plateado al extremo de una caña, en un trozo de serillo, alzando esa caña sobre un espejo que, lo mismo podía hacer las funciones de lago, que de río, atravesado por un puente de palos, precioso de sencillo, hilanderas, borreguitos, bueyes y oficios diversos, panaderos, carpinteros, herreros….. Las familias, sobre todo los niños, niños y más niños, los que  disfrutan a tope de esas fiestas, bajo la batuta de unos cuantos adultos, aprendían y entonaban villancicos de todo tipo, casi siempre gritados y con balbuceante e incierta afinación , aunque eso tampoco importaba lo más mínimo. El caso era pasarlo bien. Tita Josefina, siempre presta, siempre dispuesta a hacer cantar a la tropa infantil, sin quedarse ella de ninguna manera atrás, igual que, casi dos generaciones más tarde, hacen ahora Consuelo, su ex-nuera, o María, la hija de Charo Morano, con un porrón de muchachos bajo la familiar ala protectora.

    El pino, adornado con preciosas bolas de colores y formas variadas. No sé de qué material estaban fabricadas, pero  se hacían añicos,… simplemente mirándolas. El ritual consistía en   acompañar a mi padre, que conducía, sentado en el asiento trasero del Cuatro-Ele al pinar, para elegir un pobre, y desgraciado pino de tamaño adecuado, cortarlo por la base, el de la Plaza lo ponía el Ayuntamiento, debía costar más cortarlo, porque  a veces medía tres y cuatro metros de alto, otro desgraciado pino, mucho más grande que el nuestro,  traerlo a casa para colocarlo y adornarlo en el sitio de siempre, dejando el pasillo de entrada, que también funcionaba como sala de espera, preparado para la Navidad.

    El pino era una costumbre nueva importada de otros países situados más al Norte, igual que nunca vimos en Logrosán, por aquel entonces, a ningún Papá Noël y, mucho menos, a San Nicolás, más escandinavo aún. Pero, claro, la televisión y el cine traían imágenes de otros sitios, y, una vez más, en el mundo del consumo que se abalanzaba poco a poco, legiones extranjeras invisibles e  imprevisibles compuestas de  ávidos depredadores en busca de nuevas presas fáciles de cazar con el objeto de  devorar su dinero, el mundo del consumo para el  que se nos empezaba a adiestrar en vistas a fabricar fáciles incautos que cayeran como moscas en sus redes febriles de consumo, muy hábil y estratégicamente situadas por esos vendedores letales…de todo. Y el hiperconsumo se empezó a cebar a las mil maravillas, y sin ningún tipo de reticencia social, en la, profunda y ancestralmente envidiosa sociedad española, funcionaban maravillosamente los reclamos televisivos. Otra vez viene a cuento el refrán más sicalíptico, obsceno, lascivo, calentorro y pornográfico de la lengua castellana,  que siempre se les ha soltado a los niños de cualquier edad sin ningún tipo de rubor o problema de conciencia: “culo veo, culo quiero”.

      Volviendo al portal, las figuras de todos los belenes, a veces, tenían comportamientos extraños,  cambiaban de sitio a su libre albedrío de un día para otro, como si tuviesen personalidad e iniciativa y tremendas ganas de moverse durante la noche, cuando nadie las estaba viendo, como si el Belén cobrara vida en ausencia de las personas. De repente aparecía la lavandera en la montaña lavando sin agua al lado de un soldado con lanza, el pescador encima del Portalito, o mucho más irreverente, que de todo habremos visto: el Rey Herodes en la cuna del Niño Jesús, adyacente…o, simplemente sustituyente, el niño Jesús a las puertas del palacio y la virgen con el panadero….la imaginación infantil no tiene límites, algún niño precursor de corrupto actual, se quedaría también con alguna figurita en el bolsillo, que de todo hay en la viña del señor. Travesuras que duraban hasta que algún “adúltero” se daba cuenta y lo solucionaba con una sonrisa de comprensión dibujada en su bendita cara.

   Ahora, a ningún niño se le ocurría nunca jugar con  los Reyes Magos, por si se vengaban. Melchor, Gaspar y Baltasar (he conocido a gente con los tres nombres, uno era tío nuestro en Logrosán, y vendía vino) con sus camellos, o dromedarios y pajes. Con cada día de la Navidad se acercaban más al portal, y todos los días, religiosamente, todos los niños movíamos a los Reyes, al menos los que tuvimos la suerte de disfrutar un “Portalito”,  para que llegaran a ver al niño el día seis de Enero, supongo que los regalos que los Reyes llevaron al Niño Jesús eran, en alguna forma,  una especie de recompensa por haberse portado bien y no haber llorado en exceso durante su circuncisión, que debe doler de narices, era sin anestesia.

     Los Reyes Magos la gran fiesta infantil de la deprimida España de los sesenta y setenta…

      Durante todos esos días de vacaciones, veíamos los escaparates de las tiendas que exhibían juguetes para pedir a los Reyes Magos. El Supermercado de Perdigón y la Ferretería de Rojas, eran mi referencia preferida, y pasábamos largos ratos juntos, ensimismados, mirando con fruición y delectación todo lo que se exhibía tras las vitrinas, comentando: “me pido eso”, “y yo eso otro”, “no puedes, eso ya me lo he pedido yo”. Es más, ibas a verlo cien veces, cuando un juguete te gustaba, como para disfrutar más el día que lo trajeran los Reyes. Entonces, en la carta siempre decías: “Queridos Reyes Magos de Oriente: Me he portado bien y bla, bla, bla, y ….quiero tal juguete que he visto en tal escaparate”. Más tarde llegó la publicidad, en la televisión, y entonces sería…”me pido lo de tal anuncio”, sin que nadie reparara siquiera en que los honrados y honestos fabricantes de juguetes que no tuviesen dinero para pagar el inmenso costo, que suponía un anuncio en la tele, se iban arruinando poco a poco,  permitiendo el paso a grandes corporaciones que, año a año, pugnaban por  hacerse las reinas del mercado, ese mundo falso, injusto, insolidario y acaparador,  que, insidiosa e insistentemente,  nos engañaría hasta traernos, como regalo de Reyes de 2008, esta crisis total de todo, que andamos aún atravesando. Este año 2013 muchos niños se han quedado sin Reyes, y ya sabemos que los Reyes Magos, desde hace demasiado tiempo, traen a los niños pobres…las facturas de los niños ricos, porque son sus padres los que las tienen pagar aunque no tengan dinero.

    Y, justo al final de la libertad provisional escolar, el penúltimo día de las fiestas, cuando se volvía con inminencia a la disciplina carcelaria de la escuela, venían los Reyes Magos con los regalos. Si se hizo Cabalgata en Logrosán, yo no me enteré, creo que no había. Luego he acompañado a los reyes, e incluso un año he hecho de Melchor, al lado de mi primo Jacinto, de Baltasar, con la cara pintada de negro y Miguel Gómez de Gaspar. A los Reyes que traían los regalos nunca se los veía, aunque te esforzaras en quedarte despierto, cosa imposible, siempre que fue intentada, al menos en mi caso. Y al día siguiente, cuando te despertabas…en el salón estaban los juguetes que habías pedido en tu carta, u otros diferentes, que daba igual. Supongo perfectamente que los Reyes, aunque siempre traían algo, nunca eran las mismas cosas para todos, ni en calidad, ni en cantidad, no eran iguales en todas las casas, ni los mismos juguetes, ni la misma alegría, y los había que recibían regalos “de provecho”, prendas de vestir y cosas parecidas. Los que nunca olvidaré fueron “el Mago electrónico”, un juego de conocimientos, y un libro del Reader´s Digest “Festival Juvenil de Selecciones”, que conseguí desgastar de tantas veces como lo leí, al derecho y al revés…

    Juguetes para uno o dos días, el “paseíllo” triunfal a las casas de los familiares, siempre acompañado por mi inseparable primo Juanito, la alegría en cada sitio, ¿esto?…me lo han echado en casa de mi tita Dolores…y así sucesivamente.

   Es mi deseo …que la Navidad nos siga llegando arropada de música, cariño, ternura, solidaridad,…y repleta de  las canciones de toda la vida, en familia, no de música enlatada, que  sintamos que los que faltan siempre se encuentran con nosotros, porque, aunque no se puedan ver con los ojos de la cara, siempre se podrán percibir con las ternuras del corazón y los repliegues del alma, cuando somos capaces de hacer el sitio necesario, que hay mucho mucho sitio siempre por hacer en el gran interior de cada uno. En nuestras fiestas, ahora, ya no falta nunca nadie, ni siquiera la Teresa Mordijuye, ella es de las preferentes.

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