LECTURAS DEL FIN DE SEMANA: Luminarias de todo tipo

Manuel Palacios             Hace ya unos cuántos años tuve la suerte de volver a pasar una noche del doce al trece de Diciembre, en Logrosán.  No es buena fecha. Demasiado cercana a  la Navidad para desplazamientos de los que vivimos fuera.

Sentí que, hacía más de treinta años, había perdido, irremisible y absolutamente, junto con mi dulce niñez, a mi impagable Santa Lucía con sus luminarias, y sentí que la había perdido, sin haber sido consciente, aquel  último año en cuyo festejo participé, de que la perdía sin remedio para mucho tiempo, habida cuenta de que, para mí y para muchos más, era la fiesta popular más entrañable y de la que más enamorados nos encontrábamos. Fuimos acompañados de Bautista, llevé a mi hijo Gabriel a ver las hogueras. Y sentí una profunda y embargante nostalgia.

luminaria

 

    Una vez más, embriagado, mitad a causa del picante calor radiante, y otra mitad de la  rica panceta asada en las brasas y bien regada con aquel vinillo de pitarra que  nos ofreció, muy educadamente, el amable patriarca de todos los Costa, en el pocito, volví a sentirme ecuánimamente agusto y feliz, en buena compañía, con toda mi familia. Es que allí, en Logrosán, seguimos siendo todos familia, aunque no seamos parientes. Sujetando los hombros de mi hijo Gabriel, aún niño,  dirigí mis ojos al cielo como buscando muchos otros ojos, testigos eternos, desde la noche de los tiempos, que me corroboraran que aquello estaba sucediendo realmente. Con la vista perdida hacia esa fiesta sin fin  de  estrellas en la que se transforma el cielo al caer la, casi invernal, noche mágica de Diciembre. Hay muchas, millones, pero las de nuestro pueblo solamente se ven desde Logrosán, y no son las mismas desde ningún otro sitio…Todo aquel batiburrillo de estrellas me llamaron hacia allá arriba y  me señalaron una vez más el placentero y sereno camino cuesta abajo hacia gratos recuerdos….Nueva caida hacia la realidad de otro tiempo, bien acompañada por la toma de conciencia de rigor, de ese tiempo que pasa, sin que, casi, nos demos cuenta….

      Y, de repente, ahí estábamos, hace más de cuarenta años, recogiendo, afanosamente, leña, y cualquier tipo de cosa que se pudiera quemar, desde dos o tres semanas antes, junto a  todos los chicos del barrio, incluyendo a mis nuevas adquisiciones del cole, y que vivían en la parte de abajo de la “calle empinááá”:  José y Agustín Sanromán. Tan diferentes, ambos dos, que eran como  cara y  cruz de la misma moneda. José era saladísimo, con  personalidad fuerte, bien  definida, y muy divertido. Se reía hasta de su sombra…de una risa altamente personal, desternillante y contagiosa. Un viaje de vuelta a Logrosán no paramos de reir, inspirados por su desternillante actitud, y solamente con una viñeta de página entera, extracto de un cómic que entonces no sabíamos que se llamaba Astérix y Obélix.

       José era muy activo. Alto. Seco. Atrevido. Absolutamente desinhibido. Desprovisto de todo prejuicio, especialmente en terreno sexual, bendito él. Su hermano Agustín era más bajito, más comedido, más cercano,  más temeroso, más respetuoso, más parecido a mí, más amigo mío. Gordito como yo. Sensato. Sensible. Muy cariñoso y asequible. No se metía en líos porque era de naturaleza pacífica y pacifista. Vamos, que cualquiera de los dos éramos las antípodas de José.

      Agustín siempre estaba reconviniendo a su hermano , incluso siendo, como era, más pequeño que él, andaba sistemáticamente haciéndole de conciencia, ésa de la que Agustín pensaba que su hermano estaba bastante desprovisto, cuando creo que, en  realidad, José andaba diez pueblos por delante… en madurez de todo, hasta pasado ya de madurez.   Agustín insistía diciéndole lo que debía o no tenía hacer, lo que debía o no tenía que decir y cómo había que comportarse. Ni que decir tiene que a José, mayor que Agustín, y  absoluto revolucionario de nacimiento, todas las recriminaciones de su hermano pequeño le entraban por un oído y le salían por el otro, ni lo provocaba, ni lo contestaba, ni tan siquiera lo escuchaba, y mucho menos, lo tenía en cuenta.  José Sanromán iba , cuando estaba con nosotros, los demás niños, simplemente, “a su bola total” y “pasaba” ampliamente de todo, sin importarle un pimiento el qué pudiera pensar el chico que lo oyera. La verdad es que yo lo veía adulto, maduro, más hombre que nosotros, y me hacía mucha gracia su atrevimiento para todo. No se le ponía ninguna cosa por delante, ¡¡¡oye!!!. Es más, me da la impresión de que siempre ha sido el mismo , desde que lo conocí. Y, de toda la vida, me gustó su forma de ser, aunque, a mis neuronas, bien educadas y adiestradas para ser “un niño bueno”, muchos de sus exabruptos y salidas de tono, reiterada y obsesivamente de tipo obsceno, rayando con frecuencia en la procaz escatología más vulgar, me ponían colorado de  vergüenza, amén de escandalizar lo indecible a mi manipulada alma de beata recatada (lo siento, no puedo evitarlo, en el pueblo, profundamente machista , de un conocido cercano, dicen que las mujeres son de tres tipos: sin catar, catadas y recatadas. Que me perdonen las mujeres, pero el chiste también sirve para los hombres). En ese aspecto se parecía a mi amigo Sandalio, de Cañamero, que hablaba de sexo puro, vulgar y duro, hasta el extremo de cerdo, disfrutando a tope de  escabrosas descripciones, a su tierna edad,  todo  con una facilidad, sencillez y  naturalidad, pasmosas, cuando a mí, que comenzaba a sentir todo tipo de rica comezón en la cosilla, me resultaba aquello  que se me andaba desperezando entre las piernas y que me involucraba profundamente el resto del cuerpo y, ¿por qué no?, del espíritu, algo tan grande … que nadie se tenía que enterar (hipocresía aprendida por “infusión”)…pensaba yo, para mis adentros: “¡¡¡figúrate cuando te toques con la primera chica!!!….¡¡¡¡qué vergüenza al día siguiente cuando la veas!!!”.  ¡Menos mal que los adultos, muchos de ellos muy recatados (ja ja ja), se cuidaban  de hablar del tema y no nos contaban nada, no sé qué hubiera pasado si nos lo hubiesen contado todo!.

      Más tarde, ya estudiante de cuarto curso de Medicicina, he sido  solicitado para hablar de sexo a un grupo de chicos, y alguna pareja de chicas, explicarles de qué iba, las precauciones que había que tomar, y responder a un sinfín de preguntas. Esas preguntas que a todos, …a todos los adolescentes y preadolescentes se les caían por su propio peso y a ningún adulto se atrevían a preguntar, primero por el “zumbío” que, con seguridad recibirían y segundo, porque mucho me temía yo que el “zumbío” denotaría en gran parte la incapacidad absoluta del adulto para pergeñar, con mediana fluidez, una respuesta medio en condiciones. Con mucha mayor razón, supongo que se evitaba hacerle la pregunta al padre, y mucho menos a la madre, eso lo aprendí rápidamente, con mi madre no se podía hablar de eso, y con mi padre, directamente no hablaba, porque solamente hablaba él. Un niño me dijo una vez: es que esto te lo enseña la vida….y yo, niño,  seguí esperando que la vida me enseñara, y podía haber seguido esperando, de los adultos, esos que se arrogaban , desde mi nacimiento, el derecho de enseñármelo todo, hasta el día de hoy, siendo, como ha sido en la Historia, y muchas veces sigue pasando en la actualidad, que un montón de féminas de todas las épocas han entregado sus huesos a la tierra sin haber disfrutado nunca las mieles vulgares y corrientes de la vida debido a una sutil, y obstinadamente perversa educación que convirtió a la mujer en el animal más sexualmente reprimido de nuestro Universo, obviando, claro está, los animales de compañía cercanos, sujetos a las mismas, y rígidas hasta el esperpento, normativas morales de orden sexual, imperantes en los países de larga tradición cristiana, católica o, peor aún, protestante, y en prácticamente  todas las épocas posteriores al advenimiento del Mesías. Normalmente, fruto directo de la cultura judeocristiana. Y… a lo peor, de una cultura judeocristiana muy mal interpretada por viles sujetos, muchas veces desconocidos. Y todo a causa de una pésima y malhadada traducción del arameo original de los textos sagrados. Un redomado capullo, nunca sabremos si a sabiendas, o inconscientemente, donde debería haber traducido “chica”, por María, la madre de Jesús, tradujo “virgen”…Resultado a la vista: No están nada mal dos mil años de indecente y malignamente perversa represión sexual, dicen que la peor perversión sexual es la represión, no soy yo, son los psiquiatras y psicólogos, a causa de la deficiente traducción de una sola palabra, colegas.

     Siempre recordaré vivamente una  tarde  que comenzaba a mezclarse con la noche. Temperatura agradable, y  ánimos distendidos…La primera visión sicalíptica de la revista pornográfica que un coleguita, cuyo nombre ahorro, había escamoteado a su padre. La  abrió bajo nuestros ojos y nos la enseñó, enterita y vera, sentado en el umbral de una puerta secundaria del cine Avenida, por debajo del bar de Juan Antonio (ahora se llama “El Cazador”). Me encontraba con Juan Francisco, Antonio Palacios, Simbi y el dueño del “juguetito”. Las fotos eran desnudos, sexos de todo  y actitudes claramente procaces y viciosas, látigo de adorno, alguna prenda íntima de cuero, sado ligerito. Un grupo de personas, tíos y tías. No era sexo explícito al cien por cien, pero se podía imaginar de todo, que es peor, casi.  La contemplación extática me produjo, mediada por  mi candoroso e infantil cerebro, una, para mí poco conocida sensación, la más cáustica, efervescente, e irremisiblemente progresiva excitación  que había sentido yo hasta aquel momento. Evidentemente, muy bien acompañada de todo su cortejo sintomático, aceleración de la velocidad cardíaca, enrojecimiento facial, subidón total, por no decir un calentón de p.m., entrecortamiento de la respiración….difícil distinguir qué porcentaje había  de vergüenza pura por escandalizarme y qué porcentaje de excitación natural, o si, lamentablemente, era todo inmensa y sana lujuria … Cuando comenzó a enseñárnosla, Simbi comentó entre risas, jocoso, chistoso y gracioso de toda la vida: “¡¡ Anda, una revista de éstas!!…¡¡verás, ahora se van a empezar a poner  los pitinos tiesos!!”. Pues fue a ser…que sí. Volví a mi casa totalmente enfebrecido… a hacer lo único que naturalmente cabía hacer para que la calentura se mitigara…aunque, desde entonces,  nunca se mitigó al completo. Andaba perdiendo  la primera capa de mi inocencia infantil, como todos y todas, aunque muchos no lo confesáramos de pura vergüenza. No puedo decir que fuera un trauma, las cosas buenas de la vida no pueden ser un trauma, pero eso lo digo analizando la experiencia desde mi grado de maduración actual.

       Entonces me sentí culpable. Profundamente culpable….de qué???, pensarán muchos en este momento. Lo sentí como “ser malo” o “guarro cochino profundo”, la primera puñalada trapera de la existencia, que llega a grandes zancadas, y nunca llama antes de entrar, esa nebulosa de la que nunca me habían hablado, el primer puñetazo en el bajo vientre , que no te enterabas, Manolín. Una llamada animal de la Tierra pura y dura, un timbrazo de la Vida, en busca de sí misma, que se recrea  utilizándonos como instrumentos para perpetuar la especie….Con el tiempo digo: ¡¡Qué bueno y qué rico!!, pero entonces…yo oía y oía a los demás, sin nunca hablar de ello. Debía ser para no gastarlo “antes de tiempo”, a ver si no me fuera a durar esta ricura hasta el fin de mi vida, sea lo larga que esté destinada a ser. O, como decía un “disidente católico practicante”, barítono italiano amigo: “Se Dio mi ha dato la gioia del sesso, la chiesa non mi la può rubare”. Permítaseme una traducción libre: “Si Dios me ha dado el gozo del sexo, por qué la Iglesia se arrogaría el derecho de robármelo?”

     Pues, prosiguiendo con  Santa Lucía y sus hogueras, largamente esperadas por la chiquillería de todos los barrios, tengo que citar a mi padre. Él me contó que esa fiesta, y su hoguera, comenzaron a hacerla para que las familias pudientes tuvieran la ocasión de desembarazarse de muebles viejos y todo lo que pudiera quemarse. Santa Lucía es la patrona de la vista debido a una leyenda en la Edad Media que decía que, cuando Lucía estaba en el tribunal, aun sin ojos, seguía viendo. También es patrona de los pobres, los oftalmólogos, los ciegos, de los niños enfermos y de las ciudades de SiracusaVenecia y de Pedro del Monte. También es patrona de los campesinos, electricistas, choferes, fotógrafos, afiladores, cortadores, cristaleros y escritores. Su martirio, se adivina, consistió en arrancarle los ojos, se ve que la tortura ha existido en todas las épocas de la Humanidad, a pesar de que los hombres son los primeros seres que deberían ser humanos por nacimiento y naturaleza. A la tortura física se le puede añadir la psicológica, menos mala pero, a veces, más perversa. Con esa se sigue torturando en muchas casas y en muchos países, y las víctimas son hombres y mujeres.

       A nosotros, el origen de esa noche mágica de luminarias, nos traía al fresco, lo importante es que andábamos acarreando leña y acumulándola bajo las ventanas de la fachada Norte de mi casa, y a veces en la tinada de al lado, para que no nos la robaran los de otros barrios. Es que cada barrio tenía una. Y muchas veces la Fuente Arriba, junto con El Pocito hemos tenido la más grande del pueblo. Tenía fama, por aquel entonces, la luminaria de nuestros barrios. En los últimos años ví que había dos, una en el Pocito y la otra en la Fuente. Y quiero recordar que, en los tiempos a los que me refiero, los Costa, de los que ya he hablado, recogían leña con nosotros y disfrutábamos de la unión de barrios, en vez de la competición, tipo “parche pedrás”, que poco tiene de solidaria. Miguel, José y Blas, buen compañero de sufrimiento todos los años de Colegio y de todas las alegrías de  la infancia en aquel barrio….anda, que no habremos jugado al fútbol en la calle de la Pepita!!!, y al burro, y a pídola, y al “un, dos tres, ….escondite inglés”, y al “esconder”….

     Nos afanábamos en buscar leña gorda, que era la que mantenía ardiendo la luminaria más tiempo. Toda una ciencia montar la pira. Eso de llevarnos unas cuantas noches, después de las ocho, cortando una viga maciza de madera de 25 cms de diámetro o más, de una casa derrumbada enfrente de la panadería de Chichibú, turnándonos con un hacha, para acercar los dos trozos después a donde los íbamos a quemar…no tiene precio. La verdad es que penamos para traerlas, pero terminamos dejándolas bajo las ventanas de mi casa.

       Un año fue José “Carota” el que la construyó, no había recogido leña, pero si que la encendió…listo!. las llamas comenzaban a alzarse justo antes de oscurecer, a partir de ahí todo eran juegos,  risas, conversaciones de los vecinos, arrimarse al calorcito, cháchara, jolgorio, niños corriendo y jugando por todos sitios. Eso sí, en aquel tiempo y en la Fuente Arriba, sólo vi cigarrillos, no ví vino, ni alcohol, ni porros, ni panceta, ni morcilla ni pan….al menos en las  que yo guardo en mi memoria. Pero todo evoluciona y no para. De repente apareció un pequeño tumulto de personas jóvenes  subiendo por la calle del embarcadero con panderetas, cantando y, a la cabeza, un joven al que nunca habíamos visto por allí. Me llamó la atención porque no lo conocíamos en el pueblo, era apuesto, guapo, y arrastraba un grupo bastante numeroso,  rendido a su persona, era  como si, haciendo uso de un carisma bastante natural, los manejara sin esfuerzo. Entre los jóvenes recuerdo muy claramente a Chelo Merino, guapísima, como siempre. El personaje, en cuestión, era Don Pedro, un nuevo cura, el que fue luego gran amigo de nuestro grupo de adolescentes, aquel sacerdote que hablaba de política, se mezclaba con los jóvenes divirtiéndose con ellos como uno más, y empezaba a abrirnos nuestra cerradilla sociedad al mundo nuevo que  llegaba desde fuera a través de la radio, las revistas, las pantallas de televisión, las películas y el No-Do. Con él tuvimos alguien que suscitaba  discusiones, moderador  impagable en reuniones de pandilla que hacíamos en su despacho, y guardo muy buen recuerdo de todo, excepto de que la habitación era pequeñita y tooodooos fumábamos como carreteros. El aire tenía que ser irrespirable de todas todas. Ha muerto hace poco, y yo quiero agradecerle desde estas páginas lo que hizo e intentó para conducir a un espacio más abierto y con aire más fresco, a aquella sociedad prematuramente envejecida de la posguerra tardía que necesitaba caminar hacia un modelo más dinámico y ágil. Tengo muchísimas cosas que agradecerle, por citar una de ellas,  el haber conocido, por su mediación, un disco clave en el pop español con el que nos hemos deleitado y reido, y nos seguimos riendo aún: “Desde Santurce a Bilbao, Blues Band”, esa banda tenía como alma mater a Moncho Alpuente, acérrimo crítico ,  puro ácido corrosivo, inteligente como él solo. Inolvidables todos los temas, para resaltar alguno, “la canción del vampiro”, parece mentira que se escribiera eso hace cuarenta años, “el hombre del seiscientos”, “Supermán”, “El ídolo”, “La mujer” , “los fantasmas” “la de los monos” y algunas más. Si hay alguien curioso, que busque en Youtube. El disco entero, de canción denunciante y reivindicativa de profundos cambios, sinceramente, no tiene precio, aún más en los tiempos que nos han tocado.

     Durante la Santa Lucía los niños teníamos permiso para quedarnos un poco más tarde disfrutando de aquella noche mágica en cuyos preparativos habíamos participado activamente. La abuela de Madalena, era mujer, y se preocupaba de su nieta, salía a meter a su nieta para casa y tenía que andar corriendo detrás de ella, sin ninguna ayuda de su marido, Reyes, que ya estaba en casa, porque la chica no se quería ir nunca a la cama. Eran otros tiempos. Pero el espíritu pienso que sigue siendo el mismo, y me alegro mucho de que no se haya perdido la costumbre y se siga haciendo todos los años, siempre ha habido niños y siempre ha habido ilusión. Que no se me pregunte si prefiero Santa Lucía a la fiesta de Halloween, importada de países anglosajones, lo mismo que tampoco se me debe preguntar si prefiero Los Reyes Magos a Papá Noël, que para los dos habrá, y eso que el que escribe esto sí puede decir que es papá de Noël, mi hijo pequeño se llama Noël, no sé si nos lo ha terminado de perdonar, pero espero que lo haga antes de tener, a su vez hijos, ellos seguro que sí lo van a llamar “Papá Noël”.

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